Zola Jesus – Okovi (Sacred Bones, septiembre 2017)

 

Su visión sintetizada e híbrida entre goth, música electrónica y elementos neoclásicos revestidos de noise merece ser explorada en su totalidad y sin forzar una dirección en concreto.

Desde su primera publicación discográfica en 2009 completamente sumergida en una música goth con tintes electrónicos y elementos noise, Zola Jesus ha ido poco a poco cubriendo un terreno más amplio y mainstream (sin que sea mi intención que esta calificación suene negativa), con intenciones declaradas de romper el techo de cristal impuesto por el nicho en el que se la había colocado y llegar a un público mucho mayor mientras conservaba su particular personalidad. ‘Okovi’ supone, sin embargo, olvidarse de esa tarea en favor de la dirección natural de su música y rescatar las raíces para llevarlas un paso más allá. Este sexto álbum supone un regreso al sello que la vio nacer, Sacred Bones Records (su anterior trabajo, ‘Taiga’, se había publicado en Mute en 2014), y una completa aceptación de que su visión sintetizada e híbrida entre goth, música electrónica y elementos neoclásicos revestidos de noise merece ser explorada en su totalidad y sin forzar una dirección en concreto.

‘Okovi’, cuyo significado en la mayoría de idiomas eslavos es grilletes, cadenas o prisiones, nace al mismo tiempo que Nika Roza Dalinova (nombre real de la artista) llega a la conclusión de que, para poder encaminar su recuperación durante un brutal brote depresivo, ha de priorizar su salud mental y decide volver al Wisconsin rural donde pasó su infancia, donde comprenderá cómo lidiar con sus propios grilletes para, así, poder ayudar a otros a hacer lo mismo. En compañía de la naturaleza surge la espina dorsal del álbum, el cual fue completado después junto al antiguo colaborador en directo Alex DeGroot, el productor/músico WIFE, la cellista/músico noise Shannon Kennedy (Pedestrian Deposit) y el percusionista Ted Byrnes. La propia artista afirma que se trata de un trabajo catártico y “heavy, oscuro y exploratorio, alimentado por esta vuelta a las raíces y varios traumas muy personales”.

Aunque la composición de este trabajo acompañó a la artista durante su recuperación o, al menos, los primeros pasos para llegar a ella, está escrito desde el otro lado, desde la luz al final del túnel de la cual emerge una mano tendida a todos aquellos que la puedan necesitar. Su mensaje incide, además, en que la recuperación es un proceso, que todo en la vida está siempre en movimiento y contiene tanto luces como sombras, y que tener éxito en ella significa navegar a través de ambas con las riendas bien sujetas por nuestras propias manos. Así es este álbum también, con sus notas y canciones más luminosas dentro de un ambiente general bastante tenebroso: no puedes tener lo uno sin lo otro, así como es irreal pensar en poder vivir una vida únicamente cargada de alegrías que no supongan el contrapeso de una oscuridad presente en absolutamente todo lo humano.

Del mismo modo que Zola Jesus aparece recubierta por una sustancia oscura y pringosa (excepto su penetrante mirada), este álbum te envuelve y se adhiere a ti con sus pegadizos beats sintéticos y un nivel vocal que sitúa a la artista en su mejor momento. Las raíces siguen ahí: las influencias electrónicas de los 80 y el goth rock, los hipnóticos pasajes noise y los elementos neoclásicos que contrastan y resaltan más todavía ese estilo tan personal de la vocalista y productora. Con una producción impecable, encontramos piezas como “Exhumed” o “Remains”, las cuales te harán sudar todos los males en la pista de baile al mismo tiempo que defiendes como nadie el pintalabios negro. Además, no podemos olvidar los elementos clásicos que siempre han estado presentes en la carrera de la americana, más evidentes en algunos momentos que en otros, pero que conforman temas más cinematográficos y ambientales como el final “Half Life”, la apertura de la última ventana que deja, por fin, entrar la luz.