Wiegedood – De Doden Hebben Het Goed II

Wiegedood – De Doden Hebben Het Goed II (Consouling Sounds, 2017)

Lo único que sabemos seguro es que, con álbumes de este nivel, la salud del black metal – incluso en sus derroteros más tradicionalistas – está garantizada.

Me resulta incluso cómico tratar de rememorar las palabras de Colin H. Van Eeckhout, alma mater del popular colectivo flamenco – que no por seguiriyas (o al menos no literalmente), sino de los Países Bajos – Church Of Ra, al ser preguntado por Wiegedood. “¿Qué es lo que hace Wiegedood?”, preguntó ingenuamente el periodista. “Black metal”. Fin. Y tras eso, un silencio tan sepulcral como el que envuelve al enigmático colectivo en cuestión. Lo cierto es que tampoco es una mala descripción de lo que en sí es el grupo: no hay que ir mucho más allá tratando de describirles, y tampoco seremos nosotros los que generen etiquetas farragosas e innecesarias.

Lo cierto es que en esto del black metal hay muchas perspectivas desde las que enfrentarse. El trío holandés formado por Wim Sreppoc y Gilles Demolder de Oathbreaker y Levy Seynaeve de Hessian y Amenra prefieren optar por lo sobrio, la reducción a la mínima expresión del concepto, sin necesidad de ornamentaciones particularmente excesivas o virtuosas. No se puede negar, sin embargo, su destreza y la garra con la que enfrentan este segundo episodio en su discografía, De Doden Hebben Het Goed II – o entre nosotros, “los muertos lo tienen bien”, algo que ya nos puede dar buena cuenta de la eterna recreación de estos músicos en los conceptos de dolor y ultratumba en sus sucesivos proyectos.

La particular fórmula por la que se opta en esta ocasión aboga por una línea continuista en la que la contundencia queda comprimida en su brevísima duración, bien recreándose en episodios lánguidos en los que sus estructuras tienden a una obstinada repetición de los mismos riffs, tan densos como penetrantes. El resultado es, sin embargo, curioso: el carácter casi paisajístico de los temas, que podría ser leído en cierto modo desde los paradigmas del tan recurrente post-black metal de estos últimos tiempos, no traiciona ciertos principios esenciales del género y logra generar un discurso cohesionado y homogéneo en el que los temas evolucionan de forma natural, sin incurrir en el efectismo del cambio radical de registro de una estructura a otra.

Pero del mismo modo, podría decirse que esta es precisamente la flaqueza del álbum. La redundancia de “Cataract” no logra ser compensada hasta la aparición de los drones del tema homónimo “De Doden Hebbet Het Goed II”, que dotan de un mayor sentido a la monotonía de sus cinco minutos iniciales, excesivamente enfocados en repetir una misma idea. Afortunadamente este podría ser señalado el único punto tedioso del álbum, claramente desmarcado del descomunal cierre con “Smeekbede”, en el que las tensiones seleccionadas por la banda se desarrollan a partir de un sincretismo minimalista sencillamente sorprendente, ejemplificado en sus punteos centrales. Sumado al descomunal alarido del final, embellecido con la fuerza de un preciso y precioso silencio, podríamos encontrarnos fácilmente con uno de los temas más intensos de los últimos tiempos en su estilo. Pero esto ya lo dejamos a la opinión de cada cual. Lo único que sabemos seguro es que, con álbumes de este nivel, la salud del black metal – incluso en sus derroteros más tradicionalistas – está garantizada.