We Stand On Guard

Este verano concluyó la que es la última obra de Brian K. Vaughan en nuestro país. Se trata de la miniserie de 6 números We Stand on Guard, publicada por Planeta, en formato grapa, que también es la encargada de editar Paper Girls, a la que ya le dedicamos una entrada en esta web, y la multipremiada Saga.

Esta miniserie arranca con muchas menos pretensiones, sobre todo por extensión, que otras obras del autor de Runaways o Y el último hombre, lo que no quiere decir que esta sátira bélica no esconda valores positivos que hagan de ella una obra interesaste para el público, ya que sin duda alguna es la herramienta que usa Vaughan para poner el dedo en la llaga y realizar una crítica muy dura de la política exterior de Estados Unidos.

El proyecto se fraguó en la cabeza de Vaughan por la necesidad de mirar al futuro, de generar un nuevo escenario geopolítico y enfrentar a dos naciones, Estados Unidos y Canadá, que comparten una de las fronteras más grandes del mundo, para construir una historia con la que poder analizar algunos de los aspectos que un conflicto de estas características desencadenaría entre la población y ejércitos de ambos países.

Puede que fruto de la casualidad Vaughan haya colaborado con varios dibujantes canadienses a lo largo de su carrera. Fiona Staples, Pia Guerra y Adrian Alphona a los que se les une para esta ocasión Steve Skroce, al que pudo conocer durante el estreno de la película El Ascenso de Júpiter. Este autor, apartado del cómic durante muchos años por estar volcado en el mundo del cine realizando los storyboards de las producciones de las hermanas Wachowski, decidió volver a encarar un proyecto para el noveno arte, pues no hay que olvidar que su carrera despegó en los comics Marvel, recuperándolo de esta forma para un medio que le ha echado de menos.

Decir que este cómic es un cómic político no es decir nada. Vaughan es un escritor con un gran interés por la política y obras tan relevantes como Leones de Bagdad o Ex Machina, están ahí para dejar clara muestra de ello. Sin embargo, We Stan on Guard, se aleja de los planteamientos de estas dos obras y apuesta más por una visión más cruda, más visceral y más ácida de un conflicto político de gran nivel. Una guerra que para nada esconde los grandes intereses del autor, que son la familia y la identidad personal, como núcleo duro de sus historias. Política, temas sociales, conflictos armados, familia y la búsqueda de la propia identidad son las señas de identidad de este autor en sus obras, que diseña de tal forma que el lector las perciba como algo nuevo y diferente dentro de la producción de Vaughan.

La acción comienza con una guerra abierta y cruda en suelo canadiense en la que Estados Unidos pretende hacerse con el control de los recursos acuíferos de su enemigo. El conflicto, tal y como nos cuenta magistralmente al inicio del cómic, empezó tras un atentado terrorista a la Casa Blanca, del que las autoridades norteamericanas culpan a Canadá. La respuesta a estos acontecimientos, que nunca quedan de verdad claros, es contundente y Estados Unidos bombardea los núcleos urbanos más importantes matando a los padres de la protagonista, Amber. El tiempo pasa y la superviviente de aquel primer bombardeo entra en contacto con los últimos combatientes de una célula canadiense que sigue negándose a doblar la rodilla frente al invasor estadounidense.

Vaughan es un autor que precisa de espacio y recorrido para poder dar forma a sus personajes, construir el armazón sobre el que va a desarrollarlos, para luego ir generando el conflicto necesario que permita analizar alguno de sus temas recurrentes. En We Stand on Gard ese espacio es muy reducido, solo seis números, por lo que Vaughan aplica un ritmo muy intenso a la historia para retratar de forma muy rápida a los protagonistas, generar interés por ellos y entrar de lleno en los aspectos importantes de la trama.

El personaje de Amber es tal vez el más interesante, no solo por ser el de la protagonista, sino por como retrata en su persona un mundo lleno de grises, donde su forma de actuar y ver el mundo está muy alejada de la visión perfecta de una heroína al uso. El lector empatiza con ella pues conoce su pérdida y su dolor, pero la forma en la que Vaughan la describe resulta incómoda en todo momento. Amber está desgarrada por dentro, libre de remordimientos y su obsesión va mucho más allá de la simple venganza o de ganar la guerra. Amber es una figura extrema que le permite a Vaughan abordar con tino la idea del terrorismo, marcando claramente un escenario sobre el que no deja nada a la libre interpretación del lector al que le cuesta posicionarse a favor o en contra de alguno de los dos bandos. Vaughan retrata a los Estados Unidos como la policía mundial con el deber moral y cívico de pacificar, al precio que sea, cualquier zona que pueda resultarle útil, con el despliegue de una ingente cantidad de armamento como principal baza estratégica. Precio que al final es demasiado elevado, pues ese es el final al que Vaughan nos quiere llevar, la sinrazón de la guerra y la venganza, donde no hay ganadores, donde los muertos son los que salen ganando ya que abandonan un mundo roto por las ambiciones humanas.

Esta miniserie tiene dos valores visuales que hay que valorar de forma muy activa. El primero es el más evidente y es el extraordinario trabajo que realiza Steve Skroce, cuyo estilo se ha refinado mucho respecto a sus primeros trabajos y su narrativa, motivada por su experiencia cinematográfica, ha mejorado de forma increíble. Su capacidad para contar mucho a través de las imágenes es tan grande que llega a aturdir. Sus lápices construyen un mundo denso, cargado de detalle y fuerza, con diseños que resultan extravagantes, pero que funcionan a la perfección. Naves voladoras, robots gigantes, nada nos resulta extraño, nada parece estar fuera de lugar cuando los dibuja Skroce.

Y lo segundo es el color que aplica Matt Hollingsworth que conjuga a la perfección una paleta de colores de tal forma que los cálidos, los fríos y la sangre más roja se fusionan en un todo armónico que embellece todo el conjunto de la obra. Normalmente no se habla mucho de la labor de los coloristas, pero Hollingworth destaca por potenciar el dibujo de Skroce, elevándolo a nivel visual y añadiendo textura a ese mundo despiadado que nos ha retratado Vaughan.

Esta obra se lee de forma intensa, se digiere lentamente, pues tiene un poso nutritivo más elevado del que a primera vista puede uno suponer, pero está mucho más guiada, más conducida en cuanto a lo que los autores quieren que el lector piense de este trabajo y de las ideas que en el se desarrollan. En definitiva, deja menos espacio para la interpretación personal, quedándose más en un producto cerrado sin mucho más que debatir de lo que ya se nos ha contado.