“Siempre he pensado que la serie de circunstancias que han jalonado mi vida (pobreza, norte de Londres, escuela pública, vivienda de protección oficial, mujer) predisponían mi nula preparación para triunfar”

 

Existen mil y una maneras de reivindicar el rock’n’roll. Una de ellas es, desde luego, escribir sobre él. Elije una época y dale barniz. Mitifica, pontifica, exagera, fantasea. Y sabe dios que si hay un movimiento sobre el que no cabe contar nada nuevo es sobre el Punk londinense. Pero, fíjate en un detalle; contempla tu colección de libros punks, y lee los nombres de los autores: Jon Savage, Greil Marcus, Nick Kent, Johnny Green, Chris Salewicz…sí, efectivamente, todo hombres. Hacía falta una visión femenina de esta conmoción sísmica cultural, y por suerte lo tenemos por fin en nuestras manos. Ropa, música, chicos editado este año por Anagrama y escrito de manera soberbia por Viv Albertine, otrora guitarrista de las iconoclastas The Slits y ahora cronista nada complaciente de unos años en los que todo cambió, pero no tanto.

Ropa, música, chicos no es un libro sobre música, sino una historia honesta sobre ser mujer y artista, y lidiar con ello. Lo de la honestidad no es gratuito, si hay algo que distingue este relato de las miles de autobiografías de “yo estuve allí, me metí de todo, hay que ver lo que follaba…” es la fragilidad que Albertine no se preocupa en ocultar, es todo tan brutalmente sincero que en ocasiones resulta embarazoso o estúpidamente hilarante, no imagino a Paul Weller (por poner un ejemplo aleatorio) abriéndose de tal modo. Esa falta de filtro en lo personal se refleja felizmente en lo externo, y esto convierte a Albertine en una cronista sobresaliente, si quieres observar a Mick Jones o a Sid Vicious desde un prisma nuevo, aquí lo tienes. Leí el libro después de que lo hiciese mi mujer, intrigado por sus carcajadas y sonrojos, “tienes que leer esto, es REAL”, y en efecto lo es, los errores se solapan con las pequeñas victorias y no mitifica, pontifica, exagera o fantasea.

El libro se divide claramente en dos mitades, la primera, basada en infancia y juventud en plena eclosión punk, termina con la abrupta separación de las Slits, y la segunda parte se centra en los agobios de la mujer adulta y su ahogo familiar. Y no te equivoques, tan interesante es una como la otra. Nacida en un hogar austero de posguerra, padre abusivo y madre frustrada, un entorno que no invitaba a la creación, sino a la supervivencia más plana. Una joven sin estudios, sin dinero y sin habilidades destacables en los años 60, se deja arrastrar por la vorágine hippiosa, descubre a T Rex, primeras experiencias sexuales y con las drogas, escuela de arte. Lo típico, pero no. La visión que Viv ofrece de estas experiencias se aleja del tópico porque no están adulteradas, sientes que es en realidad la adolescente la que habla, no una adulta recordando su adolescencia y filtrando, censurando sensaciones. En esta escuela de arte conoce a su primer novio, Mick Jones, futuro Clash. Y entonces se precipita al universo punk rocker. Malcom McLaren, Sex Pistols, Sid Vicious, Johnny Thunders…todos desfilan por las páginas de Ropa música chicos desde una óptica nueva, no son los mesías, sino unos adolescentes confundidos, desplazados y miserables. Aquí deviene necesaria una visión femenina de esta etapa, porque además Albertine no se conforma con ser una mera espectadora del asunto, se rebela ante la concepción histórica del rocknroll y decide ser parte integrante del movimiento artístico, no solo la musa. Y para ello decide (sin tener ni puñetera idea de cómo) que va  tocar la guitarra. Y aquí aparece uno de mis momentos favoritos del libro, no se centra en qué modelo quiere, ni marca, ni, que sé yo, las pastillas que lleva (¿a quién en su sano juicio le importa qué pastillas lleva una guitarra?)  si no que se pregunta “cómo sonaría yo si fuese un sonido de guitarra”. De modo que si quieres saber cómo era Viv Albertine nada mejor que escuchar su trabajo con The Slits, la primera banda completamente femenina del punk. En el funcionamiento interno de la banda también vemos diferencias notables con sus colegas masculinos, los egos y las rivalidades se analizan de manera más intuitiva y emocional. La pugna con Ari Up, cantante de las Slits es examinada de un amanera honesta, en ocasiones cándida, pero como decíamos más arriba, la sensación que recibes es que fue exactamente como nos lo está contando.

Formar parte de un grupo de cuatro chicas en un ambiente tan cerril como es el rockero no le dio muchas satisfacciones, y el hecho de mantener una relación con una de las súper estrellas del momento como era Mick Jones no le permitía alejarse de su alargada sombra, seguía siendo “la chica de” y se sentía cohibida y agotada (“nunca tuve un momento de gozo durante esos años”). Las Slits duraron siete años y le dejaron exhausta, pero su separación le afectó en términos que no esperaba.

La segunda parte del libro comienza a principio de los terribles años 80 (sí, terribles, estamos en UK) con Viv Albertine soltera, sin banda y sin ningún lugar a donde ir. Empieza aquí su carrera laboral tradicional, en el mundo de la televisión y el cine, que le reporta estabilidad económica, pero poco más. Si la juventud punk es un ejercicio de honestidad y cero autocomplacencia, el relato de su vida de familia multiplica esa visión hasta límites abrumadores. A los treinta y pico años decide ser madre, y pasa un auténtico calvario hasta que lo consigue, desestructurando su matrimonio y su carrera en un proceso que le conduce a una depresión y la práctica perdida de su identidad. Añade un cáncer de útero y te haces una idea. En sus momentos más bajos vuelve a aflorar el espíritu contestatario e irredento y decide retomar su carrera artística ante la incomprensión (primero) y el desprecio (finalmente) de su ex-marido. Albertine llega a convencerse de que anularse como mujer y como artista es la manera de llevar adelante su matrimonio y su maternidad, de convertirse en alguien “normal”. En esta segunda parte reina el descontrol y la locura, por eso no es extraño que el catalizador del cambio sea Vincent Gallo a partir de un romance epistolar (¡!). Las últimas páginas nos traen la reconciliación de Viv Albertine consigo misma y con su carrera musical, y uno respira aliviado, porque a lo largo del viaje sufres con sus agonías, disfrutas de sus logros y aplaudes su valentía.

Un relato sumamente adictivo, clarificador y atrevido, narrado con un sentido del humor lo suficientemente oculto para no ser paródico ni ridículo, y con una introspección digna de admiración.

“Da miedo salir delante del público a cantar y tocar, esforzarse de continuo para conseguir conciertos y dinero. Si se me presentase la oportunidad de tener una vida doméstica feliz, probablemente  me aferraría a ella y no la dejaría escapar. Pienso en lo que me decía mi madre la semana pasada cuando me lamentaba de mi soledad:

-¿De verdad quieres volver a ser propiedad de alguien?”

 

Ropa música chicos (Anagrama)

Viv Albertine

ISBN: 978-84-339-2615-9

528 págs.

24, 90 €