Hace unos meses, Rock I+D estrenó su primer número en papel. En él incluimos un texto cuya  autoría pertenece al mismo que hoy escribe estas líneas. Dicho texto era una reivindicación de las incursiones artísticas de Niño de Elche, en las que siempre ha demostrado una inusitada habilidad en amalgamar la transgresión formal a través del carácter transversal de sus creaciones y su arraigado compromiso político. De hecho, asume en su figura una concepción estética que para muchos, por obvia que parezca, es ajena: que la dicotomía entre fondo y forma es una falacia y que no es posible una manifestación artística sin una profunda revisión de su carácter político. Las provocadoras fórmulas que aborda en su flamenco – del que cada día se distancia más – son siempre producto de una profunda meditación sobre la contemporaneidad y el estado del sujeto en la sociedad, para lo que siempre ha tenido diversas fuentes que han ayudado a fortalecer su discurso.

Ya hace algún tiempo que su mediática figura captó todos los focos, pero para los moradores de los maltrechos senderos de la música rock es prácticamente un recién llegado. “¿Quién es este intento de Morente y cómo osa pisar tan sacra tierra? ¿Cómo Toundra se ha prestado a esto? Oportunistas de mierda; ya han aprovechado el aniversario de Omega para sacar tajada”, dirían los más reaccionarios. En lo personal, casi prefiero el bando de los más impresionables, quizá por inexperiencia o quizá porque de verdad estoy convencido de que, más allá de las odiosas comparaciones, Para Quienes Aún Viven trae algo nuevo sobre lo que hablar precisamente por lo dicho antes: por la total comprensión del volumen que puede llegar a tener una obra y la relevancia del contenido aportado en un determinado contexto.

Las similitudes sonoras serán obvias para muchos, y quizá esa nostalgia es la que atrajo a algunos curiosos hasta el Auditori de Barcelona el pasado viernes. Pero creo que más allá de la resurrección alla Shelley de un disco de hace veinte años, el magnetismo de Exquirla va más allá por una sencilla razón: la impresionante capacidad de gestionar sensaciones como el dolor, la pasión, la culpabilidad o la rebeldía castrada a través de su música. Los mensajes de la dañina poética de Enrique Falcón siguen haciendo mella en un momento en el que más de uno sigue pensando que eso de que “Europa está muda” es una asquerosa realidad más que – por desgracia – un canto que pasó de moda hace décadas. Son esa rabia y esa impotencia las que vomitan sobre el escenario Exquirla. Son esas crudas emociones las que les han permitido un cómodo sold out en diversos escenarios españoles.

Sin embargo, me pregunto si el canal elegido para transmitirlo es el más adecuado. A pesar del precio más que accesible del recinto, ¿es un auditorio el lugar adecuado desde el que articular un intento de reflexión política profunda? ¿El espacio de una rebelión virtual debe ser el mismo que ocupa la música de cámara de Schubert? Puede que roce lo extremo plantearse en qué medida una cómoda butaca puede ser el punto de partida de una revolución, pero no podemos perder de vista que, por muy experimental, vanguardista o iconoclasta que sea una propuesta, los espacios significan, y me pregunto si realmente existen otros más privilegiados para articular con cierta consideración una discursiva tan demoledora como la de Falcón sin caer en el deje aburguesado que encierran dichos espacios.

Sería un error pensar que, en un momento dado, es una cuestión baladí; ¿transgrede más la programación del Liceu o la de Salamandra? ¿Y qué hay, por ejemplo, de Rocksound o Upload? ¿A qué público se aspira y con qué finalidad se escoge un sitio u otro? Y lo que es más: ¿en qué medida es justo ser exigente solamente con propuestas con un claro perfil politizado? ¿Qué grado de responsabilidad tienen los programadores en todo esto?

Sea como sea, no son estos motivos para desmerecer algo que rozó lo histórico. Porque lo cierto es que su ejecución fue sencillamente asombrosa. El fantasmagórico recitar que acompañó a la introductoria “Canción de E” dio paso a grandes dosis de emotividad sobre el escenario y al otro lado de éste. Es muy difícil criticar la contundencia de “Destruidnos Juntos”, el duelo de “Europa Muda” o la furia de “Hijos de la Rabia” cuando su puesta en escena se lleva con semejante maestría. La imponente técnica vocal del ilicitano se erige con una fuerza monstruosa sobre las más que evidentes tablas de Toundra, que dieron paso a otros momentos de mayor recogimiento, como el de la acústica “Contigo”. Es entonces cuando uno se percata del helado mirar de Francisco Contreras, el que se esconde bajo el archiconocido seudónimo, tan lleno de sabiduría como de aflicción aparente, que contrasta con la contenida pasión que por momentos desboca en sus quejíos.

Pero no sólo de quejíos fue la noche. También fue de llantos e incredulidad. La interpretación de “Un Hombre” dejó con el corazón en un puño a muchos de los ahí presentes, paralizados ante los espeluznantes chillidos de horror que simbolizan la tortura descrita en el poema homónimo, que pronto vinieron seguidos por el cierre con “Canción de Amor de San Sebastián”; un cambio de temática que, sin embargo, supo mantener la tensión en el ambiente gracias a los poderosos versos de T. S. Eliot y la pasión extrema de unas voces que por momentos rozaron lo gutural, enfatizando la bestialidad de los últimos versos del poema: “Me amarías porque yo te habría estrangulado / y a causa de mi infamia; / yo te amaría porque te habría mutilado / porque ya no serías hermoso / para nadie excepto para mí.”. Y quizá sean esos los que expliquen el por qué Exquirla serán recordados para siempre: por su capacidad de encontrar voluptuosidad en el sufrimiento; por ser el oxímoron que esta generación necesitaba.