Todo bicho viviente tiene momentos que le marcan la existencia. Instantes particulares, que por uno u otro motivo, quedan grabados a fuego para los años venideros. Me refiero a la clase de experiencias, que acaban forjando personalidades y con el tiempo se recuerdan con una sonrisa, o con un escalofrío. Suspiros de nuestro singular devenir, sobresaliendo del infinito océano que tendemos a llamar rutina. 

 

Personalmente siempre tendré presente el día en el que tuve la ocurrencia de fumar mi primer cigarro o en el que, aun imberbe, tuve la fortuna de tener ante mis ojos, la acojonante estructura  de la torre Eiffel. Experimentar el síndrome de Stendhal por vez primera y comprobar como viajar es lo más grande que puede hacer el ser humano. Sentirse pequeño dentro del Panteón de Roma, publicar tu primer artículo en un medio de tirada nacional o esa mirada en concreto que te devolvió una mujer de la que te enamoraste perdidamente. Todos tenemos ese tipo de marcas en el alma. 

“Me topé con unos Savatage en estado de gracia. Una banda que me regalaría el concierto de mi vida, el recital definitivo, en mis más de veinte años debajo de los escenarios”

Una de mis cicatrices más profundas, se produjo en Wacken 98, en el famosos festival que hoy en día ha terminado convirtiéndose en el Dysneyworld metálero por excelencia. Antes de que las masificaciones hubieran llegado hasta aquellas campas del norte de Alemania, pudimos vivir en primera persona lo que significaba un festival internacional de alto copete. Esta experiencia a mí me pillo con dieciocho añitos recién cumplidos, por lo que me serviría en lo sucesivo para poder comparar con todo lo que iría pillando por delante, en materia festivalera. Allí mismo, de la misma forma que unos se encuentran con la virgen en Lourdes, yo me topé con unos Savatage en estado de gracia. Una banda que me regalaría el concierto de mi vida, el recital definitivo, en mis más de veinte años debajo de los escenarios. 

 

Venían presentando el Wake of Magellan cuando aquello, un trabajo que me había resultado un poco menos impresionante que sus anteriores redondos, pero que seguía manteniendo el fenomenal nivel que la banda llevaba trenzando durante los noventa. No tocarían demasiados cortes del mismo para dejar que sus mejores cortes incendiaran Wacken. Así comenzarían con “Hall of The Mountain King”, una cabalgata perfecta que solo se detendría cuando “This is The Time”nos dejó frotándonos los ojos, para comprobar lo que habíamos vivido. Coincidirían una serie de factores, que harían de aquel un bolo imbatible, como el emocionante entorno que era Wacken según iba cayendo la noche, el bestial sonido que escupían los altavoces o el espíritu de banda maldita, que desprendían los artistas sobre el escenario. Integrantes de una orquesta perfecta, que tenían en Jon Oliva, al comandante definitivo. El carismático rey de la montaña, que prefería esconderse en uno de los laterales, mientras daba protagonismo a sus  brillantes soldados. 

 

Inolvidable sería el punto en el que atacaron “Chance”, siendo capaces de interpretar a seis voces las partes más complejas, sin necesidad de recurrir a colchones grabados. Emocionante resultaría la manera en la que Zachary Stevens, se hacía con los cortes más viejos, y gobernaba con suficiencia los temas de los noventa. Indescriptible acabaría siendo, el instante en el que Jon Oliva tomó las riendas de la nave, para marcarse un “When the Crowds Are Gone” de poner los pelos de punta. Con el corazón en un puño, y la lagrimilla queriendo asomar, el maestro decidió mentar a su hermano Chris para que hiciese acto de presencia, y dedicarle un sentido -y póstumo- “Believe” sobre Wacken. Ni la muerte pareció suficiente en aquel momento único, en el que la voz de Jon se desgarraba. Miles de almas al unísono quebrábamos,  mientras compartíamos un suspiro de profundo respeto. 

 

Como quien no quiere bajarse de la montaña rusa de sensaciones, Savatage empuñarían su ballet del arroyo, volviendo a retomar el ritmo electrificado, pero sin dejar de lado el gancho emotivo que siempre les hizo destacar. El tema sería cantado a dúo por Jon Y Zakk, mientras agitábamos melenas, emocionados ante lo que estábamos viviendo. La orquesta seguía en pie y aun tendrían correa como para lanzarnos a las fauces de las Sirenas, en medio de un escenario que se iluminaba con cientos de bombillitas diminutas. Un final ciertamente irreal, para una actuación absolutamente perfecta. Una noche que sin duda, recordare durante todos los años que me queden de vida.