Apuesto a que cuando Margaret Atwood escribió en 1985 The Handmaid´s Tale, no imaginaba ni por asomo la repercusión que iba a tener su historia en nuestros convulsos días, ni  imaginaba que la adaptación televisiva, que aquí podemos disfrutar a través de la plataforma en streaming de HBO, iba a suponer uno de los mejores estrenos de lo que llevamos de temporada, ni imaginaba que, en tiempos de lucha activa contra el patriarcado aún imperante y de reivindicación del necesario empoderamiento de la mujer, su libro iba a ser una metáfora corrosiva acerca de los roles que la mujer desempeña en muchos países subdesarrollados y no tan subdesarrollados, y eso que la señora Atwood, paradójicamente, puede presumir de tener una imaginación portentosamente especulativa.

The Handmaid´s Tale es una pesadilla distópica (muy en la línea de la serie “Black Mirror”), que se desarrolla en un futuro muy cercano, en unos hipotéticos Estados Unidos que, tras sufrir una serie de catástrofes medioambientales y biológicas que dificultan la posibilidad de que gran parte de las mujeres se queden embarazadas, van a verse gobernados por una vertiente fanático-religiosa de la sociedad que va a instaurar una teocracia moralista y puritana, de dudosos métodos, en la que se va a relegar a las mujeres estériles a la esclavitud física y a las fértiles a la esclavitud sexual; además de condenar a muerte a homosexuales o a cualquier individuo de la sociedad que no encaje en sus patrones bíblicos y elitistas.

Ilustración de Luiki Alonso

En mitad de este terrorífico escenario se encuentra June, el eje conductor y narrador de la historia, una ex editora que sufre el asesinato de su marido y el secuestro de su hija en el golpe de estado, y que, por ser fértil, tiene la “suerte” de ser la criada de un comandante y su estéril mujer para el que hace todo tipo de trabajos, soportando todo tipo de abusos, el más recurrente: la violación, que se disfraza de rito de fecundación, mediante el cual la criada puede dar un hijo a esa pareja para asegurarse de que siga predominando la clase dominante.

La serie, que ha estrenado ya siete episodios, generan una serie de sensaciones totalmente contradictorias, y eso se refleja hasta en la forma de rodarla, en su estilo visual; su perfecta fotografía y su belleza formal impactan contra lo grotesco de lo que narra y su violencia explícita, pero porque nada es gratuito en “El cuento de la criada”. Al fin y al cabo uno de los mensajes más claros que da es precisamente ese, el de la oscuridad y la perturbación que hay detrás de una perfección impostada e impuesta, y es un mensaje que se transmite en cada fotograma, en cada puesta en escena.

Aunque el reparto de la serie en general es portentoso, destacan, por un lado Ann Dowd, la villana fumadora y sectaria de The Leftovers y que aquí se mete en la piel de la fanática adiestradora de criadas y, por otro, Elisabeth Moss (Mad Men) como June/Offred (su nombre de criada), papel por el que le están recibiendo críticas positivas (espero que también los premios) y que ha hermanado a todos los espectadores en la opinión de que a través de su extraña belleza es capaz de transmitir con naturalidad pasmosa cada uno de los pensamientos y sentimientos reprimidos de la protagonista, haciéndonos partícipes, removiéndonos en nuestros sofás, removiéndonos las entrañas.

En mi opinión cabría destacar que lo verdaderamente acongojante de esta ficción es el uso de los flashbacks, un recurso que bien usado siempre enriquece la narración. Los flashbacks se desarrollan en nuestra actualidad, en escenarios comunes a todos, que destilan la cotidianeidad de nuestras vidas y nos llevan a pensar en varias preguntas, varias de las reflexiones que se hacen los personajes y sobrevuelan todo el conjunto del relato, ¿en qué momento hemos dejado que ésto suceda? ¿cuánto tiempo hemos estado mirando para otro lado?, ¿cómo hemos podido estar tan ciegos?, ¿nos acaba pareciendo normal lo que a priori vemos aberrante?

Poco más quiero añadir para no reventar el efecto sorpresa. Os aseguro que apenas he dado un par de pinceladas, pero sí me gustaría que hiciésemos examen de conciencia, reflexionáramos sobre ciertos comportamientos que tenemos, ciertas injusticias que dejamos que pasen a diario, ciertas decisiones que tomamos en nombre de pueblos y naciones enteras; pensemos que en cualquier momento, lo que parece la distopía de una mente llena de creatividad puede hacerse real, que no es tan descabellado que este cuento de la criada acabe siendo otro cuento que no es cuento.

La moraleja os la dejo a vosotros.