El Death Metal es ETA, chavales. Ni el IRA, ni el GRAPO, ni el GAL. Es ETA. Eso nos cuenta el amigo Eduardo Jordá, desde la tribuna que le otorga el Diario de Mallorca. Uno de los periódicos más leídos de las islas baleares.

Puede que la idea haya sorprendido de primeras, a muchos de los que habéis leído semejante burrada, pero no deja de ser un evidente reflejo de lo que opina un porcentaje elevado de ciudadanos. Me estoy refiriendo, claro está,  a la cuota de población que continua identificando los pelos largos con los kinkis de los ochenta y los sonidos metálicos con la estupidez congénita de quien escoge escuchar rebuznos silvestres, frente a melodiosas harpas celestiales.

No creo ser el único que, muy de vez en cuando, sea interrogado sobre la música que escucha, con la inevitable voz de pito (o voz gutural, dependiendo del gracejo del andoba) que pretende emular los clásicos clichés del Heavy Metal. Ya sabéis, la clásica conversación de cuñado, en la que uno amablemente enumera grupos que escucha, frente a un interlocutor de gesto condescendiente, casi paternalista, que no deja de repetir gestos manidos (los cuernos son el más socorrido) y sentencias de andar por casa.

En esos momentos, uno tiene frente a frente una de las caras más representativas de esta España nuestra. La del que se descojona de la diferencia, la que tiende a pecar de elitista de barrio,  y habitualmente, hace gala en público de su ridícula perspectiva de la cultura. No ya por la idoneidad o no del tipo de expresión artística que disfruta, sino por la grosera forma que tiene de referirse hacia lo que no entiende.

En la cúspide de este montón de gente irrespetuosa y carente de empatía, estarían los que podríamos llamar los más listos de sus portales. Esos que esgrimen las mismas ideas pueriles que los anteriores, pero las tratan de elevar en forma y sentido, gracias a unos conocimientos adquiridos a traves de los estudios y la lectura. Tristemente, los libros, nunca han evitado que alguien pueda acabar siendo un completo imbécil.

En el caso concreto que aquí nos ocupa, se ha tildado todo un género musical, con décadas de existencia y millones de seguidores en el globo, como “una pesadilla sin paliativos, un horror indescriptible, una murga que solo puede interesar a alguien que no esté bien de la cabeza” o simplemente, como “esa clase de música que suena como una taladradora en manos de un adolescente psicópata”. Ambas sentencias suficientemente abochornantes, como para no tener que entrar en análisis rigurosos.

Lo más preocupante del texto mencionado, por desgracia, no es la opinión que el autor vierte sobre el Death, sino la comparativa infame que traza con una banda terrorista, que mató a cientos de personas. Una comparativa que retrata el carácter político de nuestro protagonista, a la vez que saca pecho en nombre de miles de cuñados patrios. El orgullo del que se burla de los catalanes porque hablan diferente, de los animalistas porque tienen la ocurrencia de no comer carne, o de los metaleros porque han escogido un tipo de música, que nada tiene que ver con los márgenes establecidos. El orgullo del cuñado, que enuncia el terrorismo gutural, como si de un mal chiste se tratara.