Sangra, baila y muere, zorra: la inexorable críptica de Jenny Hval

Todos tenemos una determinada forma de enfrentarnos al fenómeno musical a lo largo de nuestras vidas. Habitualmente, la evolución de nuestros gustos tiene que ver con factores que, más allá del obvio peso del contexto que nos rodea, responden a una necesidad vital. En mi caso me atrevería a decir que se trata de no caer en la monotonía, yendo en la constante búsqueda de aquello que me sorprenda y me pueda ofrecer sensaciones ajenas a las que ya he interiorizado una y mil veces. Y estoy seguro de que en eso, más allá de aventurarme en prejuicios, Jenny Hval y yo podemos parecernos. Ambos partimos del metal; en su caso, de varias bandas goth de su Noruega natal. Y ambos hemos acabado tomando derroteros retorcidos y eclécticos a lo largo de los años; sendas en las que las clasificaciones empiezan a volverse absolutamente estúpidas e innecesarias – llámese esnobismo o prepotencia, pero lo cierto es algo que termina por tener un sentido particular en la forma de enfrentarnos a la música.

Yo a duras penas me considero compositor, pero en los últimos años, la vocalista ha logrado explorar las áreas más inhóspitas del synthpop escandinavo. Y para más señas, su último álbum, Blood Bitch. ¿En qué punto surrealista se pueden encontrar ideas tan dispares como el lo-fi, la menstruación, Virginia Woolf, el pop más plástico y la estética horror de los setenta? Todo esto nos da una buena cuenta del personaje tan complejo que visitó el Caixaforum de Barcelona el pasado viernes en este nuevo capítulo del ciclo DNIT, programado por Delicalisten.

El lector más aventurado se habrá percatado de las licencias que me tomo, el uso y abuso que hago del enfático “yo” en esta crónica. Pero en realidad no creo que exista una forma humana de definir objetivamente su actuación – y no lo digo de un modo precisamente halagüeño. Podemos dar una serie de datos objetivos, por supuesto: unas intensas luces ensangrentadas tiñeron violentamente el escenario a la aparición de la artista nórdica y su acompañante Håvard Volden, ambos envueltos en unos ropajes vaporosos de color rojo. Correcto. A partir de aquí, ¿qué diablos – y nunca mejor dicho – sucedió en el escenario?

En primer lugar, en lo musical, una sorpresa total y absoluta: todas esas toneladas de lo-fi que envuelven a su producción se desplomaron. Y quizá en los primeros instantes, en la mente de muchos cabía la posibilidad de trazar una línea directa hasta el final del concierto con melodías karaokeras y estructuras predecibles. Claro que eso habría sido pecar de una tremenda ingenuidad: ni Sacred Records – sello del que parte – ni Delicalisten se caracterizan por una selección de artistas convencionales. Su pop se recreó en la languidez de temas evolutivos y cambiantes, de una tónica global enigmática y sombría aunque siempre sosegada. O al menos, así fue hasta el ecuador de su concierto, donde las percusiones más electrónicas y  los pasajes más abruptos y experimentales hicieron su aparición, tales como los de “In The Red”. Pero por alguna razón, sencillamente no funcionó.

No es que se tratase de una actuación mediocre. El problema principal es que, más allá de ser técnicamente irreprochable, los códigos de Hval resultan excesivamente complejos para un contexto como lo que habitualmente entenderíamos como “un concierto de música electrónica más”. Hay que agradecer su intento de no caer en los tópicos ni buscar el aplauso fácil sobreexplotando recursos basados en beats bailables ni drops propios del más detestable “productor” de EDM. Sin embargo, su discurso global es excesivamente críptico como para ser expuesto en el marco de un mero concierto. Su uso de la performance y su siniestra interacción con el público parecían más propios de un festival de teatro contemporáneo que de lo que propiamente sería un concierto.

Y en el fondo, tampoco creo que sea algo necesariamente malo, porque en cualquier caso contribuye a la erosión de los límites de las artes. Pero no creo que el plan ideal para un concierto de un viernes noche sea el de ver a una intérprete noruega hablando con sus intestinos o bromeando sin ninguna gracia aparente sobre la muerte. Sencillamente, no era ni el modo, ni el momento ni el lugar de tratar de jugar a los acertijos con sus jeroglíficos musicales.

Fotos: Fernando Acero