Creo que debería comenzar con una advertencia; si nunca has rebuscado en cubetas de discos de vinilo de segunda mano, ensuciándote los dedos y resoplando, no vas a disfrutar de esta reseña. Y mucho menos de ‘En Busca de los Discos Perdidos’ la odisea de Eric Spitznagel para intentar recuperar los discos que vendió en su día para sobrevivir en una época en la que el vinilo estaba ya muerto y enterrado.

Leyendo el (espléndido) libro de Spitznagel los que vivimos las épocas de tránsito vinilo-Cd-mp3-spotify no podemos sino reflexionar acerca de la importancia que tiene el formato. Luego que se lamente el que quiera; hoy sin ir más lejos he escucha vinilo y Spotify; maldita sea, también he puesto una cinta de casete. El caso es que hay un elemento vital en el fondo de la soflama de Spitznagel: la posesión. Poseer un pedazo de música, algo que es tuyo, que es íntimo y tangible. Yo le doy valor real a MIS discos, quiero cuidarlos, que duren, hay una relación estrecha entre mis emociones y un pedazo de cartón y de vinilo (con los CDs me pasa, pero mucho menos) Intento convencerme de que no hay esnobismo en ese ritual que supone colocar la aguja sobre una disco negro; aunque ahora que lo pienso, mis discos están la altura del suelo y me tengo que arrodillar para buscarlos. Sí, adoro mis discos, y no concibo la idea de desprenderme de ellos. Por eso, y a pesar de sus evidentes taras, aprecio y apoyo a Spitznagel en la distancia y me sentiría bien si me enterase de que ha recuperado su copia de Let It Be con aroma a porro.

El viaje del autor a través de ferias de discos, sótanos de coleccionistas (en uno de los momentos más maravillosamente hilarantes del libro), festivales punk, o casas de ex-novias sirve como marco para una reflexión sobre la experiencia musical: reconoce que ya no escucha la música como lo hacía antes. Y a mí me pasa lo mismo (posiblemente a ti también) ¿Por qué? Bueno, ojalá tuviese el tiempo que tenía en la adolescencia, especialmente en relación con la cantidad de música a la que tenemos acceso. No puedo evitar que la memoria sea nostálgica cuando recuerdo la experiencia formativa que teníamos a través de la escasa información de la que disponíamos en la era pre internet. El autor británico Simon Reynolds (en su recomendabilísimo ‘Retromanía’ publicado por Caja Negra) sostiene una teoría muy interesante y es que la abundancia de acceso a los consumos culturales actuales, en realidad, restringe y resta peso a la producción de algo nuevo y al disfrute de dichos consumos. Entiendo que para alguien nacido en los 90 o posteriormente esto suene a divagación de un abuelo gagá, pero si analizo objetivamente el tiempo que dedico a un nuevo lanzamiento hoy y el que le dedicaba hace veinte años el resultado es dramáticamente significativo.

Contextualicemos ‘En busca de los discos perdidos’; Spitznagel es, básicamente, periodista freelance y ha trabajado para multitud de revistas en EEUU (Playboy, Esquire, Vanity Fair, Rolling Stone…); en su post adolescencia, en la era dorada de la eclosión del formato CD, el bueno de Eric, en un movimiento típico y (mal que me pese) comprensible se deshace de su colección de vinilos para sustituirlos por ese sucedáneo manejable y compacto. Años más tarde, mientras entrevista a Quest Love (batería de The Roots) éste le aturde al contarle que tiene una colección de más de 70.000 discos, y que se acuerda perfectamente del primero que compró (Rapper’s Delight, ahí lo llevas) Cuando Spitznagel le comenta que vendió toda su colección sin darle demasiada importancia percibe el desprecio de Love y, justo ahí, sucede: La Epifanía. Comprende que tiene que recuperar SUS discos. Desde el primer momento somos advertidos de que la empresa está destinada al descalabro, pero astutamente combinada con una galopante crisis de mediana edad, Spitznagel lleva al lector a través de una búsqueda que a muchos les parecerá ridícula; es una búsqueda imposible y destinada al fracaso más absoluto pero con un ímpetu casi existencialista, el autor se embarca en un extraño viaje. Intenta recuperar NO los discos que vendió, sino las copias EXACTAS, con sus marcas características, con sus arrugas, con rotuladas advertencias a su hermano, con saltos en determinadas canciones y, sí, la copia con pestuzo a marihuana del Let It Be de los Replacements. En un momento dado, comenta que la se acostumbró de tal manera a sus copias con sus saltos que no concibe escuchar ‘Androgynous’ sin ellos. Leyendo esto no podía sino recordar que durante años mi copia (grabada en casete) de ‘Ritual de lo Habitual’ se cortaba abruptamente en pleno éxtasis en ‘Three Days’ con Perry Farrell aullando cual chamán enloquecido, y a día de hoy, cuando escucho la canción estoy siempre esperando la interrupción. Y todavía me resulta chocante no escucharla.

Volviendo al relato y a pesar de la improbabilidad de éxito, nos embarcamos en un viaje que es a partes iguales reflexivo e hilarante; la habilidad de Spitznagel reside en que simpatizas con él y a la vez entiendes la postura de los que le rodean y toleran con amargura (su esposa, bendita sea) Incluso a pesar de la presuntuosidad inherente a su condición de crítico cultural, le perdonas y le deseas éxito, porque es el primero en criticar sus acciones por impulsivas y (ejem, sí) ridículas. No todo el libro produce la misma sensación, en algunos momentos la tensión decae, pero se resuelve felizmente con la coda final, la explosión de nostalgia definitiva; una reunión con su hermano y amigos de infancia en la casa donde creció para escuchar discos punk durante toda una noche.

Claro que el grado de empatía que produce Spitznagel no reside en la quijotesca búsqueda, sino en el sentido de abrazar el recuerdo asociado al objeto. Y la necesidad de viajar literalmente atrás en el tiempo. No solo es la música, sino el formato. Porque esos recuerdos se pueden escuchar, y tocar, oler incluso. Y eso es algo que no te da Spotify.

 

En Busca de los Disco Perdidos (Editorial Contra)

304 págs.

15 × 22 cms.

Rústica con solapas

ISBN: 978-84-946527-1-4

1ª edición:
marzo de 2017