El pasado 3 de noviembre de 2016, el periódico El Correo de Andalucía publicó un interesante artículo escrito Horacio Raya, con el título “Haciendo ruido sin prejuicios en la urbe inmovilista”. Periodista que acostumbra a informar a sus lectores de la actualidad musical sevillana y andaluza, Raya realizó una especie de dossier para preguntarse las razones por las que  Sevilla, en la última década, ha sido tan prolífica en el ámbito de la música urbana de vanguardia. Basta ver la gran cantidad de artistas y bandas que han grabado y han estado activos en dicho contexto. Los puntos suspensivos que Raya escribe al final de una primera lista de artistas, o no, son casuales; existe un largo etcétera de músicos y proyectos con fuertes convicciones de inventiva original y arriesgada. A cierto punto, surge la pregunta: ¿Existe una escena? La respuesta no deja de ser llamativa, negando que exista “una escena” o que resulta “raro” llamar esta situación de este modo. Hay bandas con intereses comunes, una sala como la Holländer (que permite realizar conciertos de gran calidad a bajo coste) y un sello discográfico (en este caso, Knocturne Records) que distribuye o publicita la mayor parte de la música de estas bandas; pero no se tiene una idea de “escena”. Sin embargo, “fuera del micrófono” (ya sea tomando un café en la sobremesa o una charla con cerveza), muchos de estos músicos sevillanos no vacilan en pensar que un sello como Knocturne representa un elemento aglutinador entre estas bandas, una especie de entidad que los aúna y aporta cierta idea de coherencia. En cualquier caso, la palabra “escena” resulta incómoda, y ésta es la reflexión que este dossier quiere aportar a lectoras y lectores, siendo quizá el primer escrito (o eso al menos espera este redactor) de una serie de artículos que pretenden explorar poco a poco esta cuestión.

Para empezar, es conveniente hacer una primera introducción teórica (si bien, breve) del concepto de ‘escena’. El término nace precisamente en el contexto periodístico, cuando en la década de los 40 del siglo pasado describían el bohemio y marginal mundo del jazz. Luego, ha tendido a usarse cada vez más en décadas posteriores como un recurso para definir un conjunto de artistas y músicos en un cierto contexto y bajo el signo de un estilo concreto; tanto por periodistas como por los seguidores de ese tipo de música, conformando así cierto mecanismo de identidad. Este último hecho ha servido para ir forjando, en cierto modo, una distinción frente a lo mainstream; por lo que no resulta extraño que el momento álgido de este término fuera a finales de los ’80 y principios de los ’90, en pleno auge de las diversas culturas underground y Do it yourself en el mundo occidental. Por ello, tampoco resulta extraño que en el mundo académico, especialmente los sociólogos, empezaran justo en esta época sus investigaciones sobre las escenas. Muchos han tratado de ver en ellas cuestiones relevantes sobre identidad o redes de relación, así como la creación de subculturas; pero apenas se han detenido realmente a reflexionar sobre el concepto mismo de ‘escena’, como han tratado de hacer algunos estudiosos anglosajones como John Shepherd, Will Straw, Andy Bennett o Ian Rogers entre otros. De hecho, Shepherd y Straw empezaron a construir el marco teórico del concepto en el momento en que vislumbraron cambios en la industria musical y su consumo, gracias a las tecnologías. Esta transformación tecnológica, cada vez más influyente a medida que llegamos a la actualidad, ha ofrecido mayor autonomía a los músicos con una mayor accesibilidad no solo a equipamientos de grabación, sino también a vías más baratas, e infraestructuras informales para la comunicación y difusión de su música. De este modo, ‘escena’ se forjó como un término en el sentido de “espacio cultural” (especialmente a nivel local) que, a diferencia de una “comunidad” o una “subcultura”, daba cabida  prácticas musicales coexistentes y que interactuaban entre ellas dentro de una variedad de procesos de diferenciación.

Naja Naja, Orthodox, Blooming Látigo, Malheur en el Centro De Las Artes De Sevilla.

Cuando hablamos de ‘escena musical’ (al menos, para Andy Bennett) hacemos referencia a situaciones donde músicos, seguidores e instalaciones (o servicios, o entidades) se unen para un fomento colectivo de la creación musical para su propio disfrute. La escala de esta realidad puede ser diversa: local, translocal o incluso virtual. En el caso de la perspectiva local no se trata simplemente de un proceso de creación en la vida diaria de una comunidad específica, sino que se trata de observar los factores sociales comunes que aúnan a un conjunto de bandas, así como comprender su papel en un espacio de creación múltiple – es decir, la coexistencia con otras escenas más consolidadas (indie, electrónica, heavy metal, etc.). Pero lo local no se limita a esto, ni a la relación entre música y la historia local de un enclave. Actualmente, existe por parte de los grupos emergentes una apropiación de los flujos de información y de redes globales, para construir una narrativa particular de lo local e integrarla con otros elementos de cultura local; una tendencia que, además, tiende a traspasar sus fronteras. Además, en estas redes también se han integrado los fanzines que, siendo la forma de comunicación y conformación de gustos comunes desde décadas (en formato papel), ahora toma mayor dinamismo en la web y en las redes sociales.

En cierto modo el caso de Sevilla podría encajar técnicamente como escena siguiendo los factores comentados en el artículo de Raya. En resumen, existe una serie de bandas que se mueven independientemente y se interrelacionan, además de contar con espacios y entidades accesibles (como ya hemos mencionado anteriormente, sala Holländer y Knocturne Records, o la plataforma El Rancho, la Red Van, entre otros ejemplos). ¿Entonces hablamos de escena sevillana? Hay tres partes que actúan en la conformación de la misma y que plantean ciertos problemas: los músicos, el público y los medios de información. Empecemos por el público, puesto que lo que llamaríamos ‘escena underground sevillana’ no parece llenar grandes salas. De hecho, los entrevistados en el artículo coinciden que “el público siempre ha fallado” y que se dejan llevar por las modas o por todo lo que resulte gratuito o excesivamente festivalero (en el sentido puramente festivo). Esto último conlleva, según Joaquín Aneri (Happy Place Records), a una situación en la que no se valora realmente el trabajo de los músicos; por no hablar de un exceso de oferta (especialmente en el género indie) que, en palabras de Emilio Rodríguez (Miraflores) podría llevar a un “paro cardiaco” del panorama musical sevillano. Con todo, esta aparente carencia de una masa de público estable, más o menos numerosa, puede ser un indicio de esa falta de sensación de escena; aunque no podemos negar la comunicación y asistencia de los seguidores con los músicos.

La segunda cuestión estaría en los medios que, como ya se ha mencionado, es el ente que crea realmente las escenas. Apenas encontraremos una escena que comience desde una clara autopercepción de los músicos, sino que nace básicamente por una construcción periodística y luego es alimentada por los seguidores. La Movida puede ser un ejemplo interesante de conformación de una “escena musical” a posteriori gracias a las revistas y la televisión. Surgida a finales de los setenta, se trataba de un hito socio-cultural de creatividad en todos los ámbitos más allá de la música (moda, cine, fotografía, pintura). No conformaba una estética o un proyecto unificado u homogéneo, sino que destacaba por la gran heterogeneidad de creaciones y discursos, sustentadas en las ideas de desinhibición y hedonismo bajo el signo de la liberalidad y la libertad sexual. Aunque se tomaban prestadas la estética punk y elementos de la cultura underground peninsular, Jorge Marí (North Carolina State University) habla de una “Movida sin movimiento”: un fenómeno “amorfo, descoyuntado, sin dirección ni ideología política”; incluso que se negaba a sí misma como generación o movimiento. Todos estaban metidos o haciendo “una movida”, pero eran todas diferentes entre sí en búsqueda de frescura: una forma de escapismo, mezclada y adulterada con las drogas. Sin embargo, apenas pasados unos años, a mediados de los ’80, la Movida ascendió desde su subsuelo hacia una normalización y, más tarde su institucionalización, no excento de un aura de mito. No vamos a entrar en más detalles de este proceso final de La Movida, cuando entraron en juego las grandes discográficas y la política, ya que necesita de un amplio espacio aparte para escribir sobre ello. Aún así, lo que debemos entender es que el concepto de Movida quedó en la crítica cultural y en el imaginario como un movimiento concreto de la mano de Tierno Galván y los grandes medios de comunicación, quedando ahora el discurso celebratorio, nostálgico o crítico. Los propios artistas no reconocieron una situación de “escena” o “grupo”, y muchos de ellos quedaron eclipsados por los grandes estrellatos mediatizados.

La Metamovida. Foto de David Tombilla (Fan de Baiona)

Por último, la falta de autopercepción de los músicos puede deberse a no verse reflejados con la realidad descrita por los medios o las redes, o incluso debido a la complejidad (como es en el underground) que ofrece la multiplicidad de ideas y particularidades, sin compartir realmente un género común. Sin embargo, se pueden encontrar casos que rompen con esa idea, a través de asociaciones que se identifiquen o coincidan con una escena. Un ejemplo actual a destacar (y contrastable con el párrafo anterior) es la Metamovida, un colectivo gallego que reúne bandas como Cró!, Unicornibot, Why go, Buogh!, Guerrera, Es un árbol, Durarará, Pálida y Trilitrate. En este caso, sí que existe una idea de comunidad, con objetivos, en el que ellos mismos se encargan de encontrar sus propios espacios y momentos para crear eventos y actividades que les posibilite manifestar su arte. Asimismo, constituye un modo de generar una promoción y de editar su música fuera de los “géneros dominantes” y mantener su “personalidad lejos de los circuitos comerciales”.  En este caso, sí existe una autopercepción como colectivo o comunidad; porque ellos mismos lo han proyectado, “dentro de la escena alternativa a la que podemos llamar underground, independiente o simplemente ‘otra’”. En definitiva, más allá de la individualidad y particularidad artística de las bandas, han sido las inquietudes en común las que han permitido estas interrelaciones, conformando una identidad.

Tratando de finalizar este primer acercamiento, podemos decir que el concepto ‘escena’ suele ser una creación periodística; pero no se descarta la flexibilidad de su significado y conformación en la intersección entre los músicos, los medios y el público. La autopercepción, ya sea por una cuestión de cómo definir el término subjetivamente o de entender una idea de coherencia, puede ser un elemento influyente pero muy cambiante, tanto en la construcción como en la negación. Igualmente dependerá de factores como las escalas (local, regional, nacional, etc.) en que se quieran entender estas realidades o la implicación de entidades e infraestructuras. Lo que sí está claro es que podemos encontrar una comunidad de músicos (y seguidores) que se interrelacionan y representan una continua (retro)alimentación de la creatividad. En otro orden de cosas, cabe preguntarse hasta qué punto los medios facilitan la comunicación y visibilidad de esta actividad cuando hablan de “escenas”. Sería interesante ver si supone una forma superflua de abarcar toda una serie de individualidades; o si, en cambio, refuerza realmente una identidad y una comunidad de artistas. No sólo es la ya mencionada intersección, o la perspectiva de los agentes en el espacio musical urbano; se trata de una cuestión de interrelación entre ellos y las divergencias entre sus diferentes realidades y ambiciones. En fin, seguiremos explorando en los términos para encontrar aquello que se amolde a dicha realidad. Mientras tanto, lo correcto sería hablar de un panorama underground sevillano; aunque, puesto a ser creativos e inspirándonos en la Metamovida, sería divertido plantear una ‘meta-escena’, yendo más allá del uso convencional de la palabra o de la percepción de un colectivo.