Mano de hierro, guante de seda: Pan Daijing en Caixafòrum

La vuelta al recinto barcelonés del Caixafòrum el pasado viernes 26 de enero me llenó el cuerpo de sensaciones muy contradictorias. Por un lado no podía evitar rememorar las diversas ocasiones en las que Delicalisten ha hecho apuestas sumamente arriesgadas a la caza de la auténtica vanguardia: de Ben Frost a Roly Porter, pasando por Grouper, Vatican Shadow, Jenny Hval Tim Hecker o Holly Herndon, la línea de sus eventos siempre pasa por captar a los artistas más transgresores de la electrónica experimental. Eso es algo que, visto el páramo cultural que representa la capital catalana más allá de sus macroeventos, la melomanía patria agradece, entre la que un servidor se encuentra.

El sentimiento de contrariedad aparece cuando sabemos qué problema hay con estas propuestas: que son más salvajes y desafiantes de lo que su asistencia, los pintorescos hipsters de la zona, fingen entre cervezas y cejas arrogantemente arqueadas. El concepto musical tiende a desdibujarse y con él su potencial artístico. En ello concederemos que el potencial subversivo de cualquiera de estas manifestaciones performativas o sonoras hace aguas por culpa de la nula voluntad de colaboración por parte de aquellos a los que sencillamente les interesa el status que brinda la propuesta, no la propuesta en sí.

Claro que en ocasiones se produce el milagro. Difícil olvidar, por ejemplo, la sorprendente propuesta de la virtuosa Holly Herndon, que causó estragos entre la – reconoceremos, apollardá – audiencia, ultrajada y bejada por sus propies compinches de guateque. Me preguntaba si iba a ser así con Pan Daijing y su inquietante noise, del que da buena cuenta su más reciente trabajo “Fist Piece”. Y es que mucha era la polémica rodeaba su actuación. Que si ópera-noise – maravilloso concepto de colorines del que cualquier musicólogue desconfiaría -, que si performance… ¿De qué iba esto?

La primera impresión que tuvimos al llegar al hall: un frame congelado de un rostro oriental marchito. Luego negrura; el rostro seguía ahí. Una fina voz reverberada se cuela entre el público. ¿Es un sample o realmente hay alguien cantando? Pienso en la siniestra declamación de Chelsea Wolfe. Cuando definitivamente aparece sobre el escenario en penumbra, su figura inicia un hipnótico contoneo. Difícil entender qué sucede. Cada movimiento es delicado pero firme. Su expresión hierática tensa aún más el ambiente. Entran samples después. Y no puedo dejar de pensar en Chelsea Wolfe. Ahora lo visualizo: el álbum “The Abyss”, y todas esas distorsiones industriales y esa filia por la disonancia microtonal. Pero no. Esto va más allá. ¿Música concreta? La mente baila más rápido de lo que ese ambiente pesado puede sugerir. Cuando me percato, el silencio es extremo.

Hay algo de incredulidad en las expresiones ajenas. Todo se vuelve plomizo y cardíaco. Las proyecciones cobran vida, y la tensión es brutalmente dolorosa e irresoluble. Sábanas blancas que vuelan, fruta despedazada, sangre – o la idea de la misma -, feminidades decadentes y abandonadas… O sombras de las mismas. La agresión simbólica de la artista china viaja mucho más allá de lo expresable en palabras. Se recrea morbosa pero implícitamente en el carácter intrínsecamente violentado del “ser” mujer, tanto en su música como en sus proyecciones. El concepto de ópera-noise empieza a cobrar sentido: la prima donna languidece discretamente entre sus paisajes desolados y sus amanerados pero significativos gestos. Mano de hierro, guante de seda. Su cuerpo es el frío campo de una batalla sin fin. No hay salida.

Vuelve a erigirse el silencio, esta vez sobre el escenario. La obra bipartita entonces se vuelve más agresiva. Une partenaire apoya la acción performativa de Daijing. Dos cuerpos en choque brutal se recrean en su inerte impacto. Ciegan las luces parpadeantes. La asfixia se intensifica cuando aparece el primer elemento melódico reconocible en la obra: un arpegio sintético que conduce hasta el final de la obra la mecánica coreografía del dúo. Tras apenas 45 minutos de performance, el nudo no desaparece. La sensación de angustia no se extingue hasta pasados varios minutos. “¿Qué ha significado esto?”. Todo lo que sé es que la confusión flotaba entre el público. Costó discernir en esa discreción la auténtica victoria simbólica que representaba dicha actuación. Rehacerse o no de ello iba ya más allá de lo meramente personal.