Lullavy – Ruina

Lullavy – Ruina (Autoeditado / 2017)

“Ruina es un ejemplo de madurez en el DIY”

 

La carrera de Lullavy, como la de muchos artistas del underground español, es una historia de un lento pero perseverante proceso de búsqueda de una identidad sonora. No es simplemente una cuestión de elegir un estilo por simple gusto, como comprar una cazadora o una camiseta, sino de hacer propio, identificativo y reconocible una música. Lullavy empezó siendo un proyecto personal de Saúl Ibáñez, viejo conocido en el indie-folk sevillano, dispuesto a moldear un nuevo ciclo de su creatividad musical en Barcelona. Siguió en solitario aunque, sin prisas, empezó a hacer banda. Entre entradas y salidas, se conformó el tándem actual, con casi un lustro de convivencia. Ahora no es un proyecto de Saúl Ibáñez, sino también de Guillem Bonet y Ernest Gómez. Esa conjunción ha necesitado un largo proceso de madurez, de selección de canciones y de muchos conciertos para que tomara finalmente una lógica y esa identidad. El producto de todo ello es su primer LP autoeditado, Ruina.

Una pregunta interesante es definir la música de Lullavy. Saúl siempre dice que es una banda de rock; “pero, claro, es obvio que no somos Bruce Springsteen”. ¿Es post-hardcore? No es un grupo que suene a Fugazi o Minutemen; no tiene ni su velocidad ni los tipos de riff. Aún así, sí hay furia (sutil, no fácilmente obvia) y una rotunda batería que recuerda a bandas del estilo. ¿Es grunge, noise? No, tampoco suena a Nirvana, Hüsker Dü o Sonic Youth; pero tiene la oscuridad y esa sonoridad ruidosa y a menudo disonante que quiere dañar los oídos (con cariño, según Saúl). Probablemente me atrevería a comparar Lullavy con Come y los proyectos relativos a Thalia Zedek; aquella rara especie de rock-blues proveniente del indie underground de inicios de los noventa, llena de dramatismo y de una tenebrosa y depresiva atmósfera. Aún así, encuadrarlo de esa manera no llega a satisfacer del todo. Hay mucha personalidad más allá de la inspiración en las susodichas bandas, así como en otras que no he mencionado (escuchando “Lluvia”, por ejemplo, me viene a la cabeza Sunny Day Real Estate). Existe, más bien, una interesante convergencia de visiones y gustos de cada uno de los miembros, fruto además de esa lenta maduración a la que me refiero.

Saúl Ibáñez siempre ha dado mucha importancia a sus letras como el creador literario que es; un aspecto notorio en composiciones anteriores con prevalencia de la poesía sobre la música, a veces con un carácter recitativo no fácil de encajar. En este LP, sin embargo, ha conseguido con sus compañeros alcanzar un equilibrio notable a nivel formal y estético: la poesía inspira a la música y viceversa. Saúl no necesita una gran voz, ni tampoco gritar como un cantante de emo o hardcore al uso; le basta con su expresividad y el modo natural en que se quiebra su voz para aportar las sensaciones que quiere transmitir. Hay desolación e inconformismo en su música; una confrontación de las emociones más íntimas antes las fisuras en los sostenes sentimentales de la vida y de las relaciones. Eso provoca una rabia que es notoria en los afilados acordes de “Intruso” y “Nunca un arma”, unida también a la melancolía de “Hambre” o “Molina”. Pero la furia también lleva a la guitarra a construir un muro de sonido junto al bajo de Guillem, hundiendo en una profundidad confusa la voz en canciones como “Este silencio” (un verdadero single, en el buen sentido). De Guillem, precisamente, habría que destacar un particular papel de bajista casi solista, incluso melódico, frente al rol más rítmico de la guitarra. A ello añadimos también añadimos la manera de condensar el aire en el colofón machacón de “La Contención”. Finalmente, el baterista Ernest ofrece una gran contundencia y energía. Su aportación no es una simple base rítmica: dialoga con los otros instrumentos, con un estilo firme que exprime todas las posibilidades de una batería con lo mínimo (probablemente lo que más me guste del disco y de los conciertos).

En resumen, Ruina es un ejemplo de madurez en el DIY: hacer tú mismo tu propio concepto de banda, así como alzar una actual voz de existencia y resistencia desde un resquebrajado estado de los sentimientos y la realidad.