Los discos, no sólo la música

Un formato físico que acumular, que tocar, que oler, que cueste discusiones acerca del espacio que ocupa, que inicie conversaciones sobre la mejor manera de organizarlo, que te haga plantearte una mudanza como una tarea digna de Hércules, que te haga sentir que vas de compras gratis cuando encuentras (buscando otro) un disco que olvidaste que tenías, discos que olvidas que tenías y que vuelves a comprar y que te acaban solucionando el regalo para un cumpleaños inesperado. Son todo ventajas, caramba. Pero eso es sólo un aspecto romántico del tema, como lo es el ritual que supone desde la compra (un buen dependiente de una buena tienda de discos te puede dar tardes gloriosas y acabar con tu paga en unos minutos) hasta la rebusca, hallazgo y escucha entre la colección. Romanticismo, algo que no puedo creer que no importe a cualquiera que ame la música.

La calidad del sonido es algo que siempre sale a debate en estos casos, un debate que parece político o religioso en el que nadie cambia de postura y que me resulta de lo más aburrido. Lo único que tengo claro es que un disco bien cuidado tiene una vida muy larga. Tengo discos que están a punto de cumplir 100 años que aún se escuchan bastante bien y también tengo discos duros llenos de archivos corruptos u obsoletos y reproductores de cd que no paran de decirme “No disc” a través de un mensaje en unas letras de un azul horrorosamente robótico, y eso es un hecho.

No todo el mundo estará de acuerdo, lógicamente. Creo que cualquiera que esté leyendo estas líneas pensará que lo importante es la música, las canciones, y no seré yo el que se atreva a enmendarle la plana. Por supuesto que eso es lo importante pero los discos, amigo, son fundamentales.

Vivimos tiempos muy curiosos. Hace unos años, en los tiempos de Napster y Soulseek, eran habituales las conversaciones acerca de la cantidad de música que la gente se descargaba en cuestión de días, discografías completas de grupos que llevaban ahí toda la vida (los grupos, no las discografías comprimidas en unos y ceros), los últimos discos del último hype. Descargas, algunas, con escasa o nula información o incluso información errónea. Descargas masivas que nunca serían escuchadas, a veces ni siquiera oídas y por supuesto jamás asimiladas. Archivos que se irían perdiendo por los cambios de formato, por la obsolescencia de los equipos y componentes o por la desidia que supone la tremenda facilidad con la que fueron conseguidos; no merece siquiera mención el inexistente apego que alguien podría tener hacia una colección de mp3 en cualquier dispositivo.

Y de repente el disco vuelve y todo el mundo quiere recuperar el tocadiscos del que se deshizo y los discos que vendió a la tienda de segunda mano. El disco vuelve de una manera bastarda y absurda, necesaria y engañosa. El disco vuelve en el formato de siempre pero siendo, en algunos casos, una mera presión de un formato digital, un objeto decorativo para gente que ni siquiera va a utilizar (lo he visto, conozco a personas que acumulan discos precintados en estanterías sin tener siquiera dónde reproducirlos, lo que es aún más absurdo que la contemplación de individuos cargando reproductores de discos portátiles para que los viandantes los vean mientras toman sus batidos de césped). El disco vuelve como una moda impuesta, como todas, por la necesidad de que el negocio de la música vuelva a ser rentable para unos pocos. Nunca han desaparecido del todo las discográficas que han mantenido este formato en las estanterías a precios más que razonables por el buen precio que suponía prensar, sobre todo en el centro de Europa; discográficas que reeditaban trabajos que habrían caído en el olvido o recopilaciones de artistas que sólo habían publicado en 7” destinadas a un público que no sólo no había dejado de adquirir dicho formato si no que no había dejado de trabajar con él. Ahora son las mutinacionales las que de una forma masiva inundan los centros comerciales con reediciones, directos, piezas extra y ediciones extendidas a precios abusivos y, en ocasiones, con un sonido deleznable. Y la gente, claro, los compramos, igual que acudimos a páginas de internet a comprar discos de segunda mano a precio de sangre de unicornio, los mismos discos que hace sólo un par de años casi te regalaban por el simple hecho de entrar en esas mismas páginas.

Y esto afecta a todo el entramado de la industria musical, desde lo más bajo. Y es que no hace mucho si una banda quería prensar su trabajo en un disco buscando un poco de exclusividad frente a la tiranía casera de la demo (ahora se llama demo, prefiero el término “maqueta”) en disco compacto, no hacía falta que empeñara sus instrumentos y la silla de ruedas de su abuela tras la grabación ya que las empresas dedicadas a tal fin daban toda clase de facilidades y precios. Ahora la lógica vampírica de la oferta y la demanda ha elevado los precios y por lo tanto disminuido las tiradas del formato para los grupos menos conocidos o menos apoyados por la industria. Esto a su vez alimenta el mercado de segunda mano, un mercado, como hemos dicho, cada vez más proclive a la especulación salvaje.

Tener una colección de discos se está convirtiendo en un vicio caro y si tienes la mala suerte de dedicarte, haberte dedicado o querer dedicarte a ganar algo de dinero sacando a pasear tu colección por las salas o pubs, estás jodido. Pero de la serie de catastróficas desdichas que supone ser pinchadiscos en tiempos como los que corren hablaremos en otra ocasión; sólo me voy a detener a apuntar al respecto (creo que es una ocasión ad hoc) que apenas quedan salas con equipos de sonido habilitados a tal efecto, que las salas nuevas prácticamente no tienen espacio para el dj y si lo tienen no han contado con el que ocupan los discos necesarios para amenizar tres horas de música.

La industria nos engaña para sacarnos el dinero, la gente confunde modas con cultura y romanticismo con estatus pero cuando todo esto se pase debemos recordar que, es nuestra obligación desde estas páginas recordar que los discos son importantes, tan importantes como los jeroglíficos egipcios o que El Quijote no fuera escrito en una barra de hielo. El formato físico es importante para que el trabajo de todo artista perdure en el tiempo y tipos raros como los que escribimos en esta revista o los que la leéis tengamos la oportunidad de seguir aprendiendo cómo se hacían las cosas antes y por qué ahora se hacen las que se hacen. No nos engañemos, el plástico es mucho más perdurable que un montón de unos y ceros vagando por el aire.

 

Este artículo (o editorial o intento de mini-ensayo) ha sido escrito escuchando “Your funeral… My trial” de Nick Cave y “Almost Blue”, de Elvis Costello en glorioso disco de vinilo.