Poco importan los años que pasen en este rollo, las millones de bandas que nazcan y mueran, o los tropecientos estilos que los redactores nos vayamos inventando, para tratar de explicar los nuevos sonidos que llegan hasta nuestros oídos. Siempre han existido y existirán los dictadores de lo true, los generales de lo cool, los maestros de lo metálicamente aceptable. Esos que se descojonaban hace más de tres décadas, cuando Metallica incluía una balada en su segundo disco o clamaban al cielo porque Saxon aflojaban con su “Innocence is No Excuse”. Los mismos, que años más tarde, protestaban contra el Nu Metal, abogando por la pureza máxima de una cultura, que no debía dejarse corromper por unos titiriteros con chándal.

A día de hoy, a pesar de la supuesta madurez emocional que uno hubiese esperado encontrar entre los aficionados, con miles y miles de datos con los que informarse, millones de archivos en los que confrontar pensamientos enfrentados e infinidad de posibilidades para no tener que abogar por el viejo y clasista sentimiento true, muchos son los que continúan perpetuando esas mismas inquietudes elitistas. Las mismas viejas sensaciones de toda la vida, pero con diferentes dianas a las que poner a caer de un burro.

Los dictadores de lo true señalan estos objetivos y muchos otros menos notorios, asociando en la mayor parte de los casos éxito con vulgaridad, triunfo comercial con derrota artística.

Ahora, por ejemplo, esta fenomenalmente visto meterse con las espadas de cartón piedra que lucen los Amon Amarth, con las evidentes líneas pop que descansan bajo la mayor parte del sonido Ghost o con los pasajes post rockeros que Deafheaven gustan de incluir en casi todos sus temas. Los dictadores de lo true señalan estos objetivos y muchos otros menos notorios, asociando en la mayor parte de los casos éxito con vulgaridad, triunfo comercial con derrota artística. Esa parece ser siempre la clave para lo verdaderos entendidos de la pomada. Todo aquello que logra sacar la cabeza del panorama underground no es de fiar.

Este fenómeno ocurre en todas las vertientes de lo que podríamos catalogar como rock, importando poco la dureza o potencia de la banda en cuestión. De la misma forma que unos pueden achacar la supuesta bajada de pantalones, que los In Flames llevan padeciendo durante los últimos quince años, otros afilarán sus dardos hacia los pausados discos en solitario que vienen sacando Fito o Robe desde que no son antisistema, equiparándolos a todos en un gigantesco saco de cosas, que no es “respetable “escuchar.

Si estas contra ellos, de una manera u otra, te caerán reveses más o menos justificados, tendrás que preguntarte a ti mismo si realmente haces lo correcto, malgastando tus minutos con artistas que supuestamente han prostituido el arte, con vendedores de humo, con trileros de la música moderna, llegándote a plantear una y mil veces qué cojones será lo que tendrás que escuchar para complacer a todo el mundo en el proceso. Obviamente, ¡lo que te salga de la punta misma del capullo!, deberás concluir sin demasiado problema, ya que las imposiciones de los dictadores de lo true, suelen ser demasiado estrictas como para tener que tenerlas en consideración suma.

Para terminar y una vez que hemos identificado meridianamente a los protagonistas del artículo tocaría darles a regañadientes, la parte de razón que nadie puede quitarles, ya que cuando se critica indiscriminadamente, con una línea editorial tan férrea, alguna bala siempre acabe cayendo donde merece. Es decir, que de tanto apuntar a ésta y a aquella banda, sin ton ni son, es fácil que también se acaben señalando, carencias importantes de combos que verdaderamente tienen poco que aportar, de conjuntos que han bajado notablemente la calidad de su propuesta, aunque no tenga que ser por los motivos que se señalen desde la atalaya. Desde esa bendita atalaya, que gobiernan unos cuantos dictadores de lo true.