Lorde – Melodrama (Universal Music New Zealand Limited/2017)

“Con todo, Melodrama representa el verdadero punto de partida de la identidad de Lorde”

Hace unas semanas tuve un acalorado debate en las redes con alguien que decía creer que la música pop era mierda salvando – cómo no – al rey, Michael Jackson, y cabe suponer que algo tendría que ver el hecho de que hubiese colaborado con Steve Lukather, Eddie Van Halen o Slash. Y es que no puedo dejar de pensar en ello: ¿qué tendrá el pop que cause tanta repulsión entre los seguidores del rock? ¿Y en relación a qué surge tal rechazo? The Assassination of Julius Caesar de Ulver parece erigir un nuevo precedente en el que el pop es aceptado por las beligerantes y casi maniqueas mentalidades habituales del público rockero; pero sin embargo, el nuevo single de Steven Wilson, “Permanating”, de un corte más conservador, no ha logrado cosechar semejante aceptación. Sólo tengo una duda: ¿por qué?

Más allá del obvio constructo elitista que suele construirse alrededor de estas ideas – es aceptable amar una obra constitutivamente compleja y oscura en lo conceptual, pero no lo es un simple canto alegre de amor a la vida –, me da por pensar en la fortaleza de los constructos de género, donde la clásica dicotomía entre rock y pop – cada segundo que pasa un poco más ridícula – reserva un espacio a los constructos binarios: un hombre se reafirma a sí mismo mediante música contundente y afirmativa, mientras que una mujer no tiene más opción que hacer composiciones – si es que las hace, porque parece que aquí sólo cuentan esos chamanes diabólicos y conspiradores llamados productores – melosas y dulces sobre sus amoríos.

Si partimos de esa base, la jovencísima Lorde no es precisamente un alarde de originalidad. ¿Qué puede haber de especial en una muchacha de 20 años que hace pop? La mejor respuesta a esta pregunta es probablemente su último álbum de estudio, Melodrama, que más allá de caer en los estereotipos del género – y de género – busca una explicación profunda al sentido de su vida a través de una obra conceptual de fuerte calado psicológico y emocional. Y es aquí donde empieza a resquebrajarse el prejuicio que pueda haber contra la etiqueta – si es que acaso sigue teniendo alguna validez después de todo.

En primer lugar, no parece que en un primer momento estemos hablando de una figura que podamos asociar con lo que algunos fundamentalistas denominarían “títere corporativo”; porque más allá de su obvia fama internacional y el apoyo de una major – que podría ser motivo más que sobrado para desconfiar –, la neozelandesa ha colaborado con algunas de las figuras clave en la vanguardia electrónica de los últimos años, tales como Disclosure, Son Lux o Flume, quien produce su peculiar tema “The Louvre” en este segundo trabajo de estudio y ayuda a engrandecer sus turbias – aunque bailables – composiciones junto a Jack Antonoff, figura clave para entender el desarrollo de este trabajo que no fusiona un downtempo melodicista con arraigadas influencias experimentales en sus matices, bebiendo de campos tan amplios como el ambient, el art pop o la propia música trap.

¿Pero qué es lo que la hace especial? Quizá en un primer momento no haya más de donde rascar que de lo obvio: que es una suerte de Lana del Rey con ínfulas intelectualoides y melodramáticas – y nunca mejor dicho. Y a grandes rasgos, no es ninguna mentira. Pero una visión global de este trabajo podría confirmar que más allá del tono sarcástico y burlón que caracterizó su debut Pure Heroine en 2013, hay una clara intención de progreso más allá de las categorizaciones. Ya no sólo encontramos una ridiculización de las tediosas falsas apariencias de su cotidianeidad, sino que se nos muestra a un personaje complejo en busca de su propia identidad partiendo de su – probablemente – prematura independencia. “Melodrama” nos arrastra a un páramo de brújulas rotas, de corazones rotos y noches de alcohol, resentimiento y sexo furtivo. Del caos emocional de quien se aboca a una adultez incierta, llena de temores y dudas.

“Green Light” arranca el álbum como un auténtico espejismo aplastado por la contundencia lírica de “Sober”, el desenfado de “Homemade Dynamite” o el ambiguo divagar de “Hard Feelings / Loveless”, que pronto desemboca en la lacrimógena y orquestada “Sober II (Melodrama)”, punto álgido del álbum únicamente igualado por el más agrio que dulce final con la “Perfect Places” – “…what the fuck are perfect places anyway?”. Con todo, Melodrama representa el verdadero punto de partida de la identidad de Lorde, quien ha empezado a sorprender – y seguramente seguirá sorprendiendo en direcciones imprevisibles – a través de su cruda aunque lúcida visión de una cotidianeidad que trasciende mucho más allá de lo aparente.