“Vete de Facebook”: Holly Herndon deconstruye Barcelona

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Las producciones de Delicalisten llevan seduciendo al público catalán desde hace varios años, y ya no sólo por el exótico emplazamiento de sus espectáculos – el vestíbulo del museo Caixafòrum de Barcelona –, sino por la valentía de sus programaciones, que logran situar la vanguardia en el territorio español más allá del sota, caballo y rey que puedan representar Sónar, MIRA y algún que otro ente esporádico con cierta amplitud de miras. Tim Hecker, King Midas Sound, Vatican Shadow, Grouper, Ben Frost o Nosaj Thing son algunos de los nombres que han desfilado bajo el manto de transgresión de la agencia.

Podríamos lamentarnos puerilmente de lo que esto conlleva, que es, claro está, que la mano “nada invisible” de la caja de ahorros a la que nos referíamos emplee espectáculos musicales y exposiciones la mar de modernas para lavar su imagen. Las obvias contradicciones éticas que esta cuestión entraña podrían dar para un largo artículo en el que, una vez más, nos defecaríamos fútilmente sobre el capitalismo y lloraríamos por el hecho de no poder disfrutar de la cultura desvinculada de los órganos de poder tanto públicos como privados. Pero aquí hemos venido a hablar del espectáculo de Holly Herndon del pasado viernes 31 de marzo; y en el peor de los casos, eso es todo lo negativo que podríamos decir sobre el aura que envolvió al show.

Quizá también podríamos quejarnos, dadas las experiencias previas, del halo de frivolidad y pasividad que habitualmente desprende el público de estos conciertos, más atraído por los aires de brillo y farándula posmoderna – y los bajos precios de las entradas, todo sea dicho – que por lo que son los conciertos en sí. Lo cierto es que Herndon dio sobradas razones para que, por una vez, el público quedase absorto con su propuesta audiovisual, a todas luces marciana para muchos de los ahí presentes.

La productora de Tenesse explora con su música los terrenos más abruptos e inhóspitos del IDM en una fusión inquietante con el glitch y el art pop: cortes repentinos que chocan con dulces harmonías vocales, música de baile de pulsación inabarcable y ambientes tan opresivos como impredecibles; una catarata infinita de sonidos que danzó siniestramente con la propuesta musical y visual de su último lanzamiento, Platform, apoyada por Colin Self y su dinámica performance más allá de la cuarta pared y por el animador Mat Dryhurst.

Sería bueno hacer un inciso en la presentación de este último personaje, puesto que su presencia, más allá de basarse en la superposición de imágenes al tuntún amparándose en cualquier chorrada sin sentido, fue vital en el cambio de actitud del público. Los primeros minutos de actuación se inundaron de las miradas condescendientes de la grada local: cervezas, intransigentes parloteos insustanciales y demás razones para abrazar la misantropía como dogma de fe. Claro que ninguno de los ahí presentes pudimos siquiera llegar a imaginar el acto de terrorismo conceptual que llevó a cabo Dryhurst en vivo; una auténtica performance llena de significado que sirvió para llevar al límite la idea de la fragilidad de nuestra intimidad en las redes.

Bastó con que éste se introdujese en el evento de Facebook del concierto con su ordenador portátil y empezase a abrir delante de todo el mundo los perfiles de gran parte de los asistentes durante los macabros juegos vocales entre Self y Herndon, dejando en evidencia la sobreexposición de cada individuo ante la masa. Tras la estupefacción de la audiencia, el artista se limitó a escribir en una esquina de su ordenador la frase “consider leaving Facebook”.

La reverencial gesta sirvió para mantener la tensa atención del público sobre las surrealistas estampas audiovisuales del trío, llegando a un culminante tema final en el que el silencio coronó definitivamente la actuación entre las improvisaciones de la productora, quien desconcertó del todo al público con su manejo de las técnicas de sonido cuadrafónico. Y quizá fue en ese momento cuando todos lo entendimos: no sólo se trataba de música, o de imágenes; era una actuación milimétrica destinada a la desnudez de ese momento, a la deconstrucción de las identidades y a la conclusión de la imposibilidad de definir nuestras identidades, tanto colectivas como individuales. La nada se hizo sonido. Y todos, por fin, logramos ser el silencio. Y hoy, mañana y el último día de nuestros días seguiremos siéndolo.