Los hombres y mujeres olvidados de nuestro país ya no serán olvidados“, proclamaba, chulesco, Donald Trump en su victorioso discurso tras ser elegido presidente el 9 de Noviembre de 2016. Mientras, todos nosotros (sí, tú también) nos frotábamos perplejos  las legañas leyendo la noticia. Una vez más, los pronósticos electorales saltaban por los aires y un tipo con un discurso xenófobo y (venga, voy a usar la palabra) populista se encaramaba al sillón presidencial. Nuestra percepción de EEUU como nación también se veía seriamente modificada; los analistas políticos, los intelectuales progresistas, los medios de New York se habían equivocado; ¿cómo puede ese orangután peli-pajizo detentar la presidencia de la Casa Blanca? Amigos, hubiésemos leído Manifiesto Redneck (Dirty Works 2017) antes, quizá no nos hubiésemos sorprendido tanto.

A la clase obrera le sobran los motivos para estar cabreada. Por desgracia, solo se da cuenta de ello la clase obrera” cacarea cabreado Jim Goad, autor de este manifiesto. Goad, menudo elemento; por un lado no se le puede negar su acierto y mordacidad en muchos de las críticas socio políticas que realiza, pero cae en contradicciones evidentes y articula su discurso escupiendo bilis en todas direcciones, lo cual resulta, una vez más, descacharrante y discordante al mismo tiempo. Goad fue editor en los noventa de la revista Answer Me, un escupitajo subcultural plagado de entrevistas con buenas personas como Anton LaVey, Timothy Leary, Russ Meyer, los Geto Boys o artículos acerca de la pedofilia en el cine de Spielberg. Al cuarto número les metieron una querella por obscenidad y les cerraron el chiringo. Sí, los tiempos de juicios tipo Ulises no han pasado, pero no es en el espejo de Joyce donde se mira Jim Goad; su estilo es de gancho corto, un vociferante predicador mesiánico alimentado por Wild Turkey 101 y speed; preciso, iconoclasta e hilarante; Hunter Thompson de vuelta de Las Vegas escuchando a Hasil Adkins. Y es un bocazas, claro. Cabreadísimo, además.

“¿No los odias? ¿A todos ellos, desdentados, endogámicos, incivilizados, violentos e irremediablemente IDIOTAS? Dios mío, ¿cómo no vas a odiarlos? No existe gente con menos honor. Con menos dignidad. Nadie más ignorante”. El redneck, ese cretino integral, incestuoso y racista. A nadie extraña esta definición, hemos visto Easy Rider, nos angustió Deliverance ¿verdad? Manifiesto Redneck desmonta muchas ideas preconcebidas, es un estudio de discriminación a la inversa, cáustico y certero, escrito desde el victimismo y la rabia.

Goad se auto denomina redneck y la principal tesis de su manifiesto es que el mal supremo en EEUU no es el racismo sino el clasismo. En su defensa del redneck afirma que es la clase social más vulnerable y maltratada, y aquí incide en comparaciones con la población negra, cuya historia de injusticias y opresión es de sobras conocida, y empuja al liberal blanco a sentirse culpable (históricamente culpable) y despreciar a su yo pobre (esto es, al redneck) y tratarlo con desdén y arrogancia. De hecho compara el uso del término redneck como insulto racialmente equivalente a nigger, y lanza el primer derechazo ejemplificando como el primero se usa alegremente en los medios y  sin embargo la palabra que empieza por N es anatema. La humillación sufrida por Goad como hillbilly oprimido e insultado le impulsa a dar la cara, articulando un discurso lúcido a ratos, disparatado en ocasiones, hilarante siempre.

Con respecto a la teoría del clasismo disfrazado de racismo resulta ilustrativa, cachonda y clarificadora, pero se basa en una artimaña, que es equiparar redneck con clase obrera blanca (trampa, Jim. Trampa) Según Goad, el origen de la basura blanca se remonta a tiempos del Imperio Romano, y en los capítulos 2 y 3 del Manifiesto repasa históricamente la evolución de las clases acomodadas y la servidumbre obrera, para desembocar en el esclavismo blanco (predecesor de los esclavos negros de las plantaciones sur) en forma de servidumbre por contrato en la época colonial; de los despojos expulsados de Europa surge una clase desfavorecida sistemática e históricamente que nada comparte con las castas dominantes salvo la raza. Las oportunidades de unos y otros son diametralmente opuestas, y esto hermana al hombre blanco pobre con el resto de  minorías, cuando nos hablan de diferencias raciales nos ocultan que estas diferencias son de clase, y que son las diferencias culturales las que evitan las similitudes económicas. Por lo tanto, sostiene Goad (sin mucha convicción, por otra parte), el hombre pobre blanco a quien realmente odia es a su jefe, al patrón, y no al hombre pobre de otra raza (¿En serio, Jim?) En cualquier caso la parte referida a la discriminación de clase es la mejor articulada del manifiesto, pero no la más hilarante. Esta se lo reserva Goad para el capítulo referente a la Religión; “La religión no es otra cosa que falsa esperanza para los auténticamente desesperanzados […] los anhelos religiosos son un intento de curar la depresión o la alienación” ¿Y quién puede sentirse más alienado que el redneck, marciano cultural para el resto? Las arremetidas de Goad hacia el cristianismo suponen la parte más desopilante de todo el libro, y uno se ve impelido a compartir su simpatía por los manipuladores de serpientes de los Apalaches, a pesar de su alto índice de mortalidad. Tampoco tiene desperdicio su estudio sobre la creencia en Big Foots o alienígenas, pero todo esto se ve eclipsado por la defensa del máximo candidato al Mesías Redneck: Elvis Aaron Presley, definido en su día por un crítico musical como “el chiste cultural favorito de Estados Unidos, el epítome de todo lo que es más clase baja, basura blanca, residuo de parque de caravanas, hillbilly y cursilón”. Elvis, que conquistó el mundo del entretenimiento desde el Sur más profundo es el Mesías para miles de fervientes rednecks y lo mantienen vivo en su memoria, como otros hacen con, por ejemplo, ejem… Jesucristo.

Otro de los temerarios desbarres de Goad lo lleva a dar la cara por los supremacistas con tendencias por las armas y las explosiones de edificios gubernamentales, con una pobre comparación entre éstos y el gobierno (sí, Jim, el gobierno tiene MÁS armas, ok) pero una vez más la contradicción y el desatino kamikaze le lleva a una brillante reflexión acerca del papel del gobierno y otras hierbas (CIA) en oscuras conspiraciones, desde el Watergate a la Guerra Contra la Droga, pasando por el McCarthysmo. Calentito, Goad vocifera: “Lo mismo no seríamos unos paranoicos de los cojones si no nos hubiesen mentido como cabrones tantísimas veces. Es solo una idea”.

Tampoco se libra de sus iras el Tesoro Público y el sistema bancario, con luces y sombras, una vez más; mientras predica alegremente en contra del pago de impuestos tiene el olfato de predecir la explosión de la burbuja crediticia (el libro está escrito en 1997, ojo) y de paso desearle todo tipo de males a los responsables. Pero el verdadero odio de Jim Goad, un “odio que tiene la dureza del diamante”, va dirigido a los progresistas blancos, un grupo –según él- de blandengues, quejicas que se sienten culpables por su raza, simpatizan con el hombre negro y desprecian a la basura blanca. Un Goad con espumajos en las comisuras los tilda de ser un “híbrido indeseable de Stalin y la Madre Teresa. Demasiadas normas mezcladas con demasiada rectitud”. Los tilda de cohibidos ideólogos, ahogados en su auto desprecio, dando la cara por cualquier minoría oprimida salvo que esté en un parque de caravanas al otro lado de las vías. Y el caso es que la bilis, la saña, la vehemencia de Goad cuando se revuelve como un jabalí herido te hace conectar con su neurótico discurso. Imagino que este Manifiesto Redneck sacado de contexto puede herir sensibilidades, que es justo el propósito del autor; si te lo tomas como una visión certera, sarcástica y malrollera puedes sacar unas cuantas enseñanzas provechosas; ahora, esperar una obra sesuda y concorde sería como manipular serpientes sin un antídoto cerca. El odio de Goad divierte, y eso es mucho decir, y solamente su envenenada re-lectura de la historia desde abajo a arriba (la clase obrera no tiene tiempo para escribirla. Bueno, él sí) merece la pena la compra. Otra medalla en el pecho de Dirty Works, y ya van unas cuantas.

 

Manifiesto Redneck (Dirty Works Editorial)

Traducción de Javier Lucini
Tapa Blanda
397 páginas

14 €