Las mejores fiestas de nuestra generación. Una historia breve y detallada de Crystal Castles

El castillo de cristal es la fuente de todo poder.

She-Ra: The Princess of Power.

 

Bienvenido a un largo viaje por una de las bandas más icónicas de la escena underground de la electrónica de los últimos años. Ellos son Crystal Castles, un dúo musical cuyo mito y realidad han estado expandiéndose a lo largo de toda esta pasada década hasta hoy. Haremos varias paradas en el trayecto. Nos detendremos a conocer la gestación de la banda en el ambiente más conflictivo de Toronto, viajaremos a casas okupas y vidas en demolición. Angustia adolescente y delirio. Música hecha con Game Boys y mensajes subliminales tras las pistas. Niños que cantan en coros de iglesia: “La cocaína no es muy buena para tu salud”. Ángeles caídos. Descontrol y sobredosis. Guerras químicas. Búsqueda del afecto. Mensajes crípticos y muchas veces inaudibles en demos descatalogadas. Tecnoterror. Alucinación y regreso a casa. Frustración, desamor y pérdida de la inocencia. Sentimientos encontrados al acabar una fiesta. Luces estroboscópicas. Pasen y escuchen. Cuidado con las heridas. <<Nada es verdad, todo está permitido>>.

 

The Nintendo Entertainment System Teenage Riot. Un estado de excepción tecnoterrorista

“Alice Practice” (2005)

Crystal Castles nació casi por casualidad y su embrión fue “Alice Practice”. Ethan Kath se fijó en una chica que, según aseguran algunas biografías, a los 14 años abandonó el núcleo familiar para vivir en una casa okupa de Toronto. Allí ejercía de vocalista para un grupo de hardcore-punk que impresionó a Kath, al igual que su actitud combativa sobre el escenario.

Más tarde, en el verano de 2005, Kath grabaría un CD con 60 pistas instrumentales para que Alice pusiera las letras y, sin llegar a tomárselo en serio, subieron el resultado a la web MySpace. Lo que a simple vista parece una historia de amor típicamente millenial ubicada en el ciberpaleolítico de MySpace, derivó en una historia de éxito mundial a camino entre el noise y la música rave.

 

“Ella se pasó todo el verano drogada”, declaró Kath en una entrevista concedida a The Guardian. “La encontré fuera, en la calle. Iba más colocada que todas las personas que había conocido en mi vida”. Por aquel entonces, Alice tenía 17 años, se había rapado la cabeza a la mitad y estaba furiosa. Vivía en el centro de Toronto en la casa de un vendedor de limpiaparabrisas con cerca de veinte punkies que pagaban 100 euros de alquiler entre todos. Escribía poemas, se drogaba y se peleaba en los conciertos.

“Al principio intentamos que sonara lo más estridente y abrasivo posible”, declaraba Alice Glass en 2008. Incatalogable, opresiva y desmesurada, “Alice Practice” abrió el género de la electrónica industrial hacia el tecnoterrorismo. La prensa musical y el público rápidamente se interesaron por el engendro musical que acababan de dar a luz. Por su parte, Kath aseguraba que Crystal Castles salía de la escena noise en unas declaraciones a la revista londinense Time Out. “No queríamos copiar a otras bandas de noise oscuro, así que pensamos darle un giro. En vez de usar distorsiones de guitarras, utilizaremos teclados personalizados o lo que sea”.

Para ello, Ethan Kath realizó cambios hechos a mano en su sintetizador, en una técnica vanguardista conocida como “circuit-bending”, la cual consiste en modificar dispositivos electrónicos del instrumento para desarrollar sonidos originalmente no concebidos, haciendo especial hincapié en la espontaneidad y la aleatoriedad musical. “Esa es la única razón por la que utilicé esta técnica, porque los sonidos eran tremendamente molestos”, añadió.

 

Escuece. Golpea. Vive. Como Alice. Muere.

 

Papá me ve dormir. El oscuro pasado de Alice

“Tell me what to swallow” (2008)

 

Una vez dejada atrás toda la maquinaria electrónica lacerante y exasperante, llega como cierre a ese primer álbum magnífico una pieza musical de alto calibre evocador e inusitada dulzura. Se trata de “Tell me what to swallow”. La simpleza de una guitarra acústica acompañada por la voz susurrante de Alice y los arreglos shoegaze de Ethan marcan la que es, sin duda, una de las más hermosas baladas de las últimas décadas. Además, el vídeo que la acompaña no se queda atrás y retrata a la perfección la estética visual de esta obra maestra.

Pero fuera de las apariencias, el contenido es mucho más oscuro. Haciendo uso de la ironía, se intuye tras escuchar la pista, que podría haber sufrido violencia psicológica por parte de su padre, tal y como lo reveló en una entrevista para la revista VICE: “Había abuso verbal, gritos, encierros en cuartos y críticas diarias a mis habilidades, mi peso, mi imagen, mi inteligencia”. Esta puede ser sin duda la razón que le llevó a abandonar su hogar a los 14 años y vivir por cuenta propia.

 

Glass, como muchos jóvenes de la época, sufrió la presión de su figura paterna al no aceptar ni entender que su hija no fuera como él. Quizás, eso produjera un mayor acercamiento e identificación con su público, y como no podía ser de otra forma, ensanchar el malogrado mito de la joven Alice Glass, acercándose al icono de una juventud hastiada, desengañada y pusilánime que, desde que nació, ya fue juzgada como vaga, mezquina e irresponsable.

Nada más lejos de la realidad, no fue hasta nueve años después, este mismo año, cuando reveló de quién hablaba realmente en la canción.

Hablando de la canción de su primer disco en solitario, “Blood Oath”, Alice confiesa haber sido violada a los 15 años por un hombre diez años mayor que ella. “Me emborrachó y luego se aprovechó de mí. Era una niña y me culpé a mí misma. Todo ello derivó en una relación tóxica que duró hasta mis 20 años y que casi acabó conmigo”. Sin duda, una revelación que dejó sin aliento a sus fans por su crudeza.

 

 

Joyce colocado de ayahuasca. La teoría del Bloom

“Air War” (2008)

La publicación situacionista Tiqunn desvela, en unos breves pasajes, mucho más de lo que cualquier corriente filosófica contemporánea pueda llegar a vislumbrar. Usando como referencia directa a uno de los personajes del Ulises de James Joyce, Leopold Bloom, establecen una acertada y crítpica teoría sobre el individuo dentro del mundo hipermoderno:

El Bloom vive en una suspensión infinita, tal, incluso, que sus propias emociones no le pertenecen. Es por esta razón que es también el hombre que no puede ya defender nada de la trivialidad del mundo. Librado a una finitud sin límites, expuesto en toda la superficie de su ser, solo ha podido encontrar refugio en un murmullo, pero en un murmullo que avanza. Su errancia lo lleva de lo Mismo a lo Mismo sobre los senderos de lo Idéntico, pero adondequiera que vaya lleva consigo el desierto del que es eremita. (…) No ve en todo más que la nada que él mismo es tan plenamente. Pero esa nada es lo absolutamente real ante lo cual todo lo que existe se vuelve fantasmático”.

 

 

“Air War” es, sin duda, una aproximación a este nihilismo aberrante plagado de “murmullos” y en continua guerra subrepticia solamente librada desde el plano metafísico. La canción se abre paso a través de extenuantes y esquizofrénicos latigazos electrónicos hechos a partir de consolas retrovirtuales –Game Boy, Sega- mientras una voz robótica recita unos pasajes del capítulo once de la novela Ulises. Algo más que una balada sobre la experiencia de habitar el desierto de miradas y emociones. Una auténtica deconstrucción musical para engendrar un artefacto desmembrado y desquiciado, agónico, frente a un mundo plagado de imágenes lisérgicas y entretenimiento vacuo.

 

Éxtasis sónico y desamor. Crystal Castles feat. Robert Smith

“Not in love” (2011)

 

El punto culmen de la carrera del dúo estriba en uno de los singles de su segundo álbum: “Not in love (feat. Robert Smith)”. Formada inicialmente por un batiburrillo de gorgoritos electrónicos y una base de sintetizador espacial, la canción toma poder y vida propia en el momento en el que sentaron al micro al divo por antonomasia de la música gótica: Robert Smith. No hay nada que hacer aquí ante tal magna obra hipnótica. Si lo que anteriormente funcionaba como tecnoterrorismo y noise, el pop y la melodía de “Not in love” hacen estallar la emoción por los aires inundando las pistas de éxtasis en la llegada del estribillo. Nada más que decir. Solo escuchar.

 

 

Y es que, la mejor canción de The Cure no es de The Cure. A decir verdad, da un bofetón a ese álbum magistral llamado Desintegration que oscureció y revolucionó el rock alternativo a finales de los años ochenta. La dualidad entre ambas bandas, además de indisoluble, es irremplazable, tanto es así que no se podría concebir la obra sin ninguna de las partes.

 

Anarquismo y Witch-House. Viaje hacia el lado oscuro

II y III

Una vez llegados a este punto, merece la pena señalar el progreso de la banda del segundo al tercer álbum. Si bien el número dos contiene una producción mucho más ruidista, con canciones que parecen salir de una pesadilla adolescente caótica y terrible (“Fainting Spells”, “Doe Deer”, “Baptism”, “Birds”, “Pap Smear” o “I am made of chalk”), el que le sigue viaja hacia temas más profundos como la crueldad, el sufrimiento y la misantropía. La portada, seguramente la más icónica de toda su discografía, enseña a una madre con burka sosteniendo el cuerpo de su hijo desnudo en una mezquita de Saná, en Yemen. El joven había sido herido por gas lacrimógeno en las protestas contra el régimen del presidente Ali Abdullah Saleh. Dicha fotografía pertenece al fotoperiodista español Samuel Aranda, quien con esta foto se hizo con el distinguido premio World Press Photo en 2012.

Este tercer álbum traspasa la línea de sus predecesores y se postula como testamento supremo del witch house y del darkwave. Canciones como “Plague” resultan ser una apisonadora sónica in crescendo que se lleva todo por delante. Otras, como “Insulin” o “Pale Flesh” recogen la vertiente más tradicional del grupo y la embadurnan de efectos góticos y cambios impredecibles. Algunas, como “Kerosene”,Sad Eyes” o “Mercenary” alcanzan lo excesivo mezclando ritmos rápidos con texturas electrónicas agorafóbicas, y todo parece perseguir la finalidad de dejar al oyente al borde del colapso y sin aliento, transportándole a una dimensión despiadada de ruido y oscuridad.

 

 

Pero la tónica dominante del álbum se encuentra en “Violent Youth” y “Telepath”. En ambas se repite la intención de llenar el espacio vacío de atmósferas electrónicas y bajos contundentes. La primera, con una voz infantil e inocente, presume de ser uno de los himnos de la banda. El vídeo toma imágenes de la película de cine independiente Gummo de Harmony Korine, una de los filmes más excéntricos y desagradables de la historia del cine. “Telepath” en cambio, parece partir hacia un viaje salvaje por las telarañas de la metanfetamina. Por último, “Child I will hurt you”, vuelve a esas voces frágiles con música ambient que rezuman paz y tranquilidad. Una despedida colosal del álbum.

 

 

Final y Renacimiento

Amnesty (2016)

 

Octubre de 2014. Alice Glass publica un texto en su perfil oficial de Facebook anunciando que abandona Crystal Castles. La razón alude a motivos profesionales y personales, su decisión no admite réplicas. Desde ese momento, Alice optará por enfocarse en su carrera en solitario ya sin Ethan Kath.

Punto y final. La amistad entre ambos se tornó en desafección, incluso llegó a vetarle en el festival de conferencias y conciertos SXSW (South by Southwest). De este modo, describió su pasado con Kath ante la prensa como algo “frustrado” y “profundamente miserable”. El adiós de la banda y la mala relación de sus componentes parecía presagiar un final definitivo a Crystal Castles. Sin embargo, tendrían que pasar dos años para que Ethan Kath encontrara una sustituta. El destino querría que fuera Edith Frances, una completa desconocida en el mundo de la música quien tomara el micrófono.

 

En algunas actuaciones anteriores al lanzamiento de Amnesty, la nueva voz de Crystal Castles demostró estar perfectamente a la altura. Con un registro e intervalo mucho más amplio que Alice pero sin mostrarse tan conflictiva sobre el escenario, los fans pudieron respirar tranquilos: el fenómeno Crystal Castles no había acabado.

Amnesty fue lanzado en pequeñas dosis. Primero fue “Concrete”, un tema algo convencional con respecto al pasado y que quiso atestiguar que la banda se encontraba en plena forma sin perder un solo rasgo de la personalidad Crystal Castles. El siguiente tema a modo de single, “Char”, demostró ser mucho más, quedando como una de las mejores canciones de toda su carrera. El adictivo loop de synthwave a toda velocidad y en repetición, sumado a la cálida voz y entonación de Frances, hacen de “Char” un tema absolutamente irresistible. Prueba más que superada.

 

 

El resto de canciones de Amnesty se pueden definir como una continuación de sus antiguos álbumes pero cuyo resultado apunta a un manifiesto sentido de responsabilidad y madurez discursiva que en previos trabajos se ocultaba bajo capas de ruido y angustia adolescente. Vale la pena indicar que el día del lanzamiento Ethan Kath publicó un comunicado alertando sobre las crisis de refugiados de todo el mundo. Con especial fijación en la protección de la infancia, la banda quiso comprometerse con la causa y anunció que todo el dinero recaudado de la venta de discos iría destinado a la organización Amnistía Internacional.

“Queremos alzar la voz para llamar la atención hacia cosas que necesitan salir a la luz”, apuntaron en su página de Facebook. “Amnistía Internacional lucha por los derechos humanos y contra las injusticias, da voz a aquellos que no la tienen. Ellos perserveran en la defensa de los derechos de la comunidad LGTB, de las mujeres, de los presos y de los niños; luchan contra la discriminación, las detenciones arbitrarias y las injusticias civiles. Son las personas que trabajan sobre el terreno para cambiar estos problemas y necesitan nuestra ayuda. No solo nuestras palabras, sino también nuestros fondos”. Además, llamaron a la comunidad internacional de músicos a hacer lo mismo: “El mundo está en un punto crítico. Los derechos humanitarios no entienden de fronteras, lenguas, religiones o razas”.

 

 

Al margen de este derroche de “buenismo” (¡!), justo y necesario, centrándonos en lo musical, el disco es bastante irregular. Algunas piezas del álbum resultan muy convincentes, como la apertura ambiental y sensorial de “Femen” o la furia descarnada  de “Enth” que recuerda a épocas pasadas. Otras, como “Chloroform” o “Sadist” resultan algo soporíferas y sin fuerza. “Fleece”, “Ornament” y “Their kindness is a charade” son canciones buenas, con personalidad, pero que ni de lejos llegan a ser hits, como los había en sus antiguos álbumes.

 

Rumbo a Interzonas.

Demos, covers, long trips, outtakes, b-sides y mash-ups

 

 

-¿Tenéis algún ritual antes de salir al escenario?

-Nos gusta darnos cabezazos hasta que empezamos a ver puntitos púrpura en el aire. También nos gusta meternos en peleas con otras bandas.

Ethan Kath.

 

El fenómeno Crystal Castles perforó y revolucionó tanto la escena underground de la electrónica que su estela va más allá de sus álbumes de estudio, extendiéndose así su gran legado por todo Internet de forma mastodóntica. No es extraño que a los dos o tres días de sacar nuevo disco, ya aparezcan versiones y remezclas de sus canciones. Lo más popular, en el amplio universo de YouTube, son sus “long trips” con sus temas ralentizados. Así, encontramos versiones de bandas pertenecientes a la subcultura del witch house y del techno como Sidewalks & Skeletons y su flamígera versión del “Violent Dreams”. Atentos al vídeo y a esta forma colosal de narrar con imágenes.

 

Una de los mejores remixes factoría Crystal Castles es, sin duda, la versión de un tema clásico de los Klaxons, “Atlantis to Interzone”. Imprescindible en cualquier buena fiesta que se precie, destaca por sus oleadas de distorsión anfetamínica y vuelcos inesperados.

 

“La cocaína no es muy buena para tu salud”. Así comienza el primer álbum de Crystal Castles (“Untrust Us”). Pero lo que seguro que nunca imaginarías es que esta letra fuera cantada por un grupo de más de veinte niños en los estudios de Abbey Road.

 

 

Al margen de las versiones y perversiones de la banda canadiense, no sería nada este artículo sin incluir el cínico e irónico vídeo de “Tuesday”, donde vemos a un hombre de mediana edad con bigote bailando en medio de un montón de señoras en una casa que podría ser la de tus abuelos y que funciona a la perfección como metáfora de todo ese hedonismo destructivo de su primer álbum.

 

Si prestamos atención a los b-sides de la banda, encontraremos grandes joyas ocultas, como “Mother Knows Best”, donde el caos y la destrucción sonora se hacen patentes en los dos minutos que dura el corte.

 

De regreso a su primer disco, nos encontramos con una demo de “Tell me what to swallow” de un productor francés anónimo. Los beats sincopados afectan seriamente al cerebro y su escucha no es nada recomendable para hipertensos.

 

 

En el apartado de los mash-ups, nos encontramos con la notable mezcla entre “Reckless”, de su segundo disco, y “Kids” de los estadounidenses MGMT.

 

 

Si todavía sigues leyendo hasta aquí y te has quedado con ganas de más, no os podéis perder la que seguro que es la mejor sesión de Crystal Castles, donde se incluyen remixes a sus canciones clásicas pero también temas inéditos. Está titulada GO ASK ALICE, como la novela de Beatrice Sparks de 1971 censurada en su día aquí en España y que cuenta la historia de una adolescente que se escapa de casa y se vuelve adicta a las drogas. Nada más lejos de la realidad. La historia de Alice Glass.

 

 

Para terminar, la que es mi canción favorita de su repertorio más actual: “Kept”. Concebida como bonus track de Amnesty, el tema se basa en un mash-up de la canción de Beach House “New Year” sampleada y atrofiada por el caos y el ruido. Supera con creces a la original y sirve de punto y final para este repaso extenso y detallado de la que es sin duda, una de las bandas más revolucionarias e inclasificables de los últimos años.