Las fábulas distópicas y los cuentos macabros de Yorgos Lanthimos

Aprovechando el reciente estreno de su último trabajo, “El sacrificio de un ciervo sagrado”, creo que es de recibo hacer un repaso a la incomodísima filmografía del griego Yorgos Lanthimos, autor que, junto a Darren Aronofsky, Michael Haneke o Lars Von Trier, se halla en el olimpo de los directores más subversivos, provocadores y retorcidos del cine contemporáneo.

El universo de Lanthimos se forma en torno a una serie de fábulas o cuentos que bien podrían estar sujetos a las reglas de la distopía, de la ciencia ficción, de la más pura fantasía, de la comedia ácida más desaforada o del sarcasmo más brutal y descarnado, y todo ello con el único propósito de llevar a sus criaturas, y al espectador, hasta los delgados límites que existen entre lo moralmente correcto y lo políticamente incorrecto poniendo de manifiesto las miserias humanas, nuestros instintos más profundamente impúdicos y ese lado oscuro que procuramos mantener oculto para ser individuos socialmente aceptados, alienados en una jerarquía de civismo que marca las pautas sobre qué esta bien y qué está mal.

Aunque su primer trabajo data de 2001 no es hasta 2009 con “Canino” cuando empieza a llamar la atención a nivel mundial cosechando críticas excelentes en Cannes, los Oscar, los British Independent Film Awards o Sitges. Todas sus películas se caracterizan por partir de una premisa extremadamente surrealista e improbable que propone al espectador un juego en el que debe entrar sin condiciones si de verdad pretende disfrutar y sufrir con lo que plantea, asumiendo las consecuencias de lo que va a ver y creándole dilemas (in)morales que resonarán en su cabeza durante un tiempo; la perturbación es la columna vertebral de su peculiar manera de hacer cine.

En “Canino”, para una gran mayoría su mejor trabajo, nos presentaba a unos padres con una particular y violenta manera de educar a sus tres hijos en el aislamiento absoluto, convencidos de lo podrido que está el mundo; en su siguiente trabajo “Alps” (2011) nos narraba la historia de un grupo, que es el que le da título a la cinta, que a cambio de dinero se ocupaban de suplir la ausencia que dejaba en algunas familias la pérdida de un ser querido y en “Langosta” (2015), con la que daba un salto cualitativo, contaba con estrellas de la talla de Colin Farrell, Rachel Weisz o Léa Seydoux para dibujarnos una sociedad distópica en la que las personas tienen la opción de enamorarse en un tiempo limitado o la opción de sufrir la condena de convertirse en el animal que previamente elijan, ¿no os recuerda un poco a la premisa del laureado capítulo “Hang the dj” de la cuarta temporada de Black Mirror?

Así pues, tras un breve repaso por su malsana filmografía y habiendo dado una ligera idea de los cimientos sobre los que el cineasta la construye, podéis llegar advertidos y advertidas, más bien preparados y preparadas, a la última paranoia retorcida que estrenó a finales del pasado año, “El sacrificio de un ciervo sagrado”.

Su última cinta es una vuelta de tuerca más a su universo, ya que, aunque es muy fácil de reconocer su sello personal y los tics a los que nos tiene acostumbrados, en éste, su nuevo macabro cuento con moraleja, abandona por completo el sentido del humor corrosivo en pro de una atmósfera más asfixiante, oscura y fría con reminiscencias a Lynch y a Kubrick que nos mantiene tensos durante el metraje hasta que nos clava en la butaca con los angustiosos treinta últimos minutos.

Nicole Kidman y Colin Farrell dan vida a Anna y Steven, una oftalmóloga y un cirujano que forman un matrimonio muy acomodado con dos hijos y una perfecta vida que se ve ensombrecida por la amistad que mantiene Steven con Martin, un adolescente de 16 años con el que tiene una extraña deuda que tarde o temprano va a tener que pagar y que va a desatar una serie de acontecimientos dignos de las más catastróficas de las tragedias griegas; y es que la cabra tira al monte.

Con la precisión de un afilado bisturí, Lanthimos introduce a los espectadores en su nuevo juego sin darles la oportunidad de modificar aquellas reglas con las que no estén de acuerdo, y a través de maravillosos fotogramas, una calculada fotografía o una luz, que es más una nebulosa, da forma a un elegante envoltorio que hipnotiza y da empaque a un drama sobrenatural conducido con el ritmo pausado del que sabe que los platos fuertes se cocinan a fuego lento para luego servirlos y que sean devorados de una manera que crea mala conciencia.

 

Kidman y Farrell están perfectos en unas interpretaciones que deben ser contenidas hasta que tienen que dejar de serlo, pero la verdadera estrella de la función es Barry Keoghan (Martin) y el desasosiego que produce su mirada mientras come espaguetis y explica su funesto sentido de la justicia, una justicia que roza el divinismo y la locura porque así es Yorgos Lanthimos una especie de dios loco que incomoda y no va a dejar indiferente a los que se atrevan a hacer las lecturas oportunas de sus fábulas distópicas y sus cuentos macabros.