Javier Gallego: “El cuerpo es el campo de batalla” (I)

Javier Gallego “Crudo”, periodista, director del programa Carne Cruda, batería en Forastero y autor de dos libros de poemas, “Abolición de la pena de Muerte” (2013) y “El Grito En El Cielo” (2016) ambos editados por Arrebato Libros. Una poesía áspera y directa, que busca llagas donde meter dedos, ya sea en las megaestructuras capitalistas o la desesperación de la soledad del abandono.  Nos encontramos en el Café Ajenjo en Malasaña, un lugar a salvo de la gentrificación reinante, y entre sorbos de un excelente pacharán casero hablamos de poesía, política y fluidos corporales.

Fotografía de Xavi Olmos

En “El Grito en el Cielo” divides los poemas en cinco grandes bloques, los dos externos son referidos al mundo exterior y los tres internos referidos al mundo interior, la poesía hacia dentro ¿En cuál de los dos mundos estás más a gusto?

J – Uno siempre está  más a gusto en su mundo interior, que en realidad es el refugio del mundo exterior. Desde el punto de vista literario también podría decir que me encontraba más cómodo en ese mundo interno, porque era lo que yo había escrito en el primer libro “Abolición de la Pena de Muerte” que era poesía más íntima, erótica, amorosa, romántica, existencialista. La dificultad que tuve en este libro fue encontrar un tono para los poemas políticos que no fuera panfletario; ese era el gran reto que yo me planteaba porque los primeros poemas que escribí estaban demasiado apegados a la realidad y quería que tuvieran una mayor duración en el tiempo, que fuesen más universales, que no hubiera que conocer las circunstancias concretas. En principio eso no me salía, y de hecho el libro se lo dedico a Raúl Zurita, el poeta chileno que ha escrito tanto sobre los desaparecidos y el horro de la dictadura de Pinochet, y fue leyéndole cuando de repente me dije que hay una manera de escribir poesía política siendo o intentando ser profundo y escribiendo una poesía de largo recorrido. De hecho mi primera influencia era César Vallejo, que escribió ese poema memorable “España, aparta de mí este cáliz”, pero con Raúl Zurita encontré las palabras, de hecho el libro está de dedicado a él por “devolverme las palabras”, palabras que yo había perdido porque no conseguía encontrar el tono. Entonces empecé en esa línea, influido también por el “Poeta en Nueva York” de Lorca, esa mezcla entre surrealismo, realidad muy cruda, metáforas que quieren ser muy imaginativas, y al final el tono se fue encontrando. De hecho no diría que disfruté más de una parte que de la otra, pero cuando tienes un hallazgo en una faceta de ti que no conoces o no has podido explorar, esa iluminación te produce una gran satisfacción. Estoy muy satisfecho de la mezcla, y de haber encontrado un tono que no tenía en el primer libro, y que han sido estos poemas.

 

¿Te planteaste en algún momento que las dos partes fuesen por caminos separados o fueron siempre indivisibles?

En ningún momento, de hecho lo que me gustaba de la estructura de “El Grito en el Cielo” era que habla de las facetas de cualquier ser humano; todos vivimos en una sociedad, en un mundo público, sufrimos las consecuencias del sistema capitalista, y al mismo tiempo tenemos una faceta privada. Yo además la tengo muy marcada al ser un personaje público por la radio y el periodismo y además estoy muy posicionado en ese sentido, pero a la vez tengo mi vida privada, con mis amistades, amores, desastres personales y alegrías. Así que quería que esas dos partes fuesen unidas; uno de las citas que abre el libro es de Machado hablando de esos dos mundos y cómo influyen el uno en el otro, y yo quería que ambas partes se mezclasen para generar ese conjunto y me parece que le daba al libro mayor redondez, lo hacía más global, más amplio y versátil. El editor, Pepe Odona de Arrebato Libros, en un momento me sugirió dividirlo en dos libros y publicarlos separadamente o publicarlos juntos pero como dos libros distintos; eso iba en contra de mi plan original, que tenía una estructura cerrada y muy clara, esas dos partes externas que como dices rodean el núcleo, la vida interior de cada uno que es el magma en el que uno se cocina. Me mantuve firme en esa idea original, y creo que eso hace que el libro pueda encontrar más lectores, disparando en más direcciones habrá quien se sienta más atraído por los poemas más políticos, quien puede irse más hacia lo erótico, lo romántico o incluso hacia el desamor, o hacia el existencialismo como en esa parte titulada “Al Infierno Conmigo” porque todos hemos tenido esos momentos de caída y desesperanza. Así que el plan estaba firme desde el principio.

 

Es curioso que solo encuentro partes luminosas o esperanzadas en los extremos, en lo personal lo veo casi todo muy crudo.

Bueno, la parte política empieza de manera muy oscura y áspera, con una descripción del mundo casi apocalíptico en el que vivimos si uno pone la lupa en determinados aspectos, y se va despejando la oscuridad hasta encontrar cierta luz en los movimientos sociales, en la solidaridad, cosa que nos lleva a la primera parte interna, en la que hablo del amor, que al final es el salvavidas. El amor y el humor nos salvan del desastre total. Esta primera parte amorosa tiene un punto de erotismo furioso, bastante intenso y descarnado; esa parte sí es luminosa; el descubrimiento de esa persona, el enamoramiento, con algunos poemas muy elogiosos hacia el ser amado, hay una gran celebración de la vida y del amor. Luego es cierto que esas tres partes internas tienen el enamoramiento, la ruptura y las consecuencias, que nos vuelven a llevar de un mundo personal destrozado al mundo exterior que sigue igual de destrozado. Luego es verdad que hay mucha lucha; la lucha en el mundo exterior, por hacer un mundo mejor, por mejorar las condiciones de vida tiene mucho que ver con la pelea por intentar salvar la relación, cuando ese amor que es el salvavidas se va al carajo. Creo que está bien compensado en el sentido que hay varios tonos, pero en general me ha quedado un libro lúgubre.

 

Un poquito sombrío, sí.

 (Risas) De hecho antes de publicarlo tuve miedo que resultase un poco pesimista y deprimente, porque las cosas de las que hablo no son para sonreír, pero me han dicho muchos lectores en los recitales que a veces es necesario poner el espejo para ver la realidad en la que vivimos. En ese sentido puede ser incluso catártico; yo estoy de acuerdo con Brecht en que me gustaría que no fuese una catarsis para liberarnos del peso, sino que moviese a la acción. Por eso hay dedicados poemas a quienes no se han quedado callados y han levantado la voz y han dicho algo.

 

Tu anterior libro “Abolición de la Pena de Muerte” también desnudaba sentimientos sin pudor, ¿era en plan terapia?

(Risas) Totalmente. En aquel momento fue inevitable para mí, y además encontré en la poesía al consejero emocional que necesitaba; era como ponerme el espejo delante para hablar conmigo mismo, y todo lo que era abstracto y nebuloso de repente cristalizaba en poemas y empezaba a ver con claridad muchas de las cosas que te ocurren, que te perturban; así que sí, en aquel momento claramente fue una terapia. Coincidió con una ruptura sentimental, pero también es verdad que yo tenía un plan previo de escribir un libro de poemas con un concepto, sentarme con la idea de no ir acumulando poemas sino de escribir en torno al mismo tema y acabarlo, esa era una de mis grandes ilusiones, el poder publicarlo. Así que aunque empezó como terapia, yo me lo puse como un plan, me impuse mi propia terapia. Luego, como todos los libros, sufrió muchas modificaciones, desde los primeros borradores hasta que Arrebato me dio el sí; pero cuando sabes que te van a publicar la inseguridad te atenaza, te entra el pavor: “Espera, que a lo mejor no está terminado…” Le di mil vueltas, añadí poemas nuevos… Pero, sí, como dices fue terapéutico. En este segundo libro sí que tenía la necesidad de continuar aquello, no quería que fuese un islote, referido a un momento concreto de mi vida; es verdad que por la actividad que desarrollo periodística, sentía la necesidad de equiparar con lo que hago a través de la radio y en mis artículos; no creo que este caso sea una terapia sobre el mundo en el que vivimos, pero en algunos casos sí que ha sido un poco terapéutico. Y además coincidió ya en la mitad de la escritura del libro con otra ruptura sentimental, que parece que voy rompiéndome el corazón por libro (Risas)

 

Aprovecha ahora que estás bien para sacar otro

(Risas) Esto podrías ser una primicia, estoy preparando nuevo libro, que pretende no ir sobre ninguna ruptura, sino de cómo el amor cura y salva vidas, también tiene parte política, una parte contamina a la otra; el libro se va a llamar “Están Tus Heridos Curando A Mis Enfermos”, aunque está todavía muy germinal.

 

¿Escribes cuando te sientes bien?

Eso decía Unamuno en sus diarios, tiene una entrada que dice “Hoy ha sido un día feliz. No escribo”. Es verdad que a veces la felicidad parece un tema poco literario, cuando uno está feliz lo quiere es vivir el momento, no escribirlo, ya habrá tiempo incluso de recordar ese momento feliz cuando lo has perdido precisamente. Yo diría que generalmente son las heridas las que buscan curación a través de la escritura, aunque también es verdad que hay momentos de gran ilusión y pasión que producen satisfacción y felicidad, y también lo escribes. A mí no obstante me queda los libros bastante oscuros; como decía en un poema del primer libro llamado “Mis demonios” utilizo los poemas para acuchillarlos, son un exorcismo.

 

¿Crees sinceramente que la poesía puede ser un arma revolucionaria?   

Un arma cargada de futuro, como decía Celaya. Alguien dijo, “Cuando haya que hacer una revolución no llaméis a los políticos, llamad a los poetas”. Creo que toda revolución necesita ser cantada, necesita sus cantautores, trovadores y poetas, para darle épica e insuflar los corazones, y sí creo que la poesía puede ser revulsiva y agitadora. Evidentemente no creo que ninguna obra artística cambie la historia de manera radical, pero la suma de ideas políticas con ideas poéticas son dinamita para el espíritu. Muchos, a través de nuestras escuchas, lecturas o vivencias reaccionamos o cambiamos de parecer, y yo he cambiado mi conciencia leyendo a otros autores y he sentido esa pasión revolucionaria y agitadora leyendo un buen poema guerrero y beligerante. Creo que son necesarios, porque el poema, la canción, logra reducir, condensar de forma precisa y sintética un sentimiento que puede ser colectivo y muy complejo; por eso todas las revoluciones tienen su canción,  porque consiguen con esas estrofas un resumen de cientos de días, millones de pensamientos, por eso son tan poderosas las canciones. Estas canciones que son poesía en movimiento, poesía con la melodía, que reproduce un estallido que se puede corear a voces tanto en un estadio de fútbol como en una plaza llena, es una canción que resume el espíritu de un tiempo. Bob Dylan sería el mejor ejemplo.