Hacia el firmamento: Be Prog! My Friend asienta sus bases en su cuarta edición

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No creo decir ninguna mentira al decir que, en lo personal, estaba totalmente convencido de que sería imposible siquiera plantear la continuidad de Be Prog! My Friend tras el aplastante éxito de su tercera edición, cuyo cartel supo reflejar a la perfección la contemporaneidad y eclecticismo del supuesto movimiento progresivo actual. No se borra de mi cabeza el momento en el que Textures, en esa edición del año 2016, vistió al Poble Espanyol de Barcelona de un terrible aire melancólico con su tema “Awake”. Parecía casi estar anunciando, en paralelo al sentido de su letra, el final de un camino. Y es que si había vida más allá de esta primera muerte, me pregunté: ¿iban a volver a ser el mismo hombre otra vez?

Se corría el riesgo de que el cartel fuese complaciente y carente del riesgo habitual en su forma de programar – ¿qué hacen en el mismo recinto Meshuggah, The Algorithm, Iamthemorning o Alcest junto a Fish, Magma o Camel? –; y de nuevo, permitidme un alarde de sinceridad: esos temores se confirmaron al conocer el cartel de esta nueva edición. El cartel de la edición 2017 era una antología de infausto título: “Todo lo que usted siempre quiso saber sobre prog en dos cómodas sesiones estivales”. No es mala una apuesta por los clásicos; es más, es necesaria y brinda un equilibrio interesante a los carteles. Pero si en algo podemos estar de acuerdo es que esta edición no ha sido un despliegue de originalidad por parte de Madness Live!, sino que más bien se trata de un plácido paseo por un hall of fame de la mano de los murcianos con todo lo que esto implica. Y en cualquier caso, esto ha sido sumamente positivo para acabar de consolidar un estatus cualitativo inigualable, capaz de hacer frente a las mastodónticas apuestas de los festivales masivos sin complejos de ningún tipo.

Las jornadas de la discordia

Y es que qué peligro se veía venir por el horizonte. Hacía falta mucho valor para llevar las riendas de una nueva edición basada en clásicos atemporales cuando  en esas mismas fechas Rock Fest decidió apostar por pesos pesados como Deep Purple o Alice Cooper en competencia directa con Marillion o Jethro Tull. La controvertida – y moralmente cuestionable – apuesta de RocknRock cumplió con todas sus expectativas en ese sentido salvo por una: la de derrocar al pequeño festival mediante una estrategia de choque directo mediante un cartel sumamente conservador. Ambas parcelas contaron con posicionamientos firmes por parte de sus públicos – muy a pesar del calculado encuentro entre Emperor y Leprous en distintos festivales.

No obstante, la pirotecnia verbenera tardó hacer acto de presencia en la apertura de la cuarta edición de Be Prog! My Friend, y precisamente porque su arranque era la – teóricamente – rara avis del fesitval: Caligula’s Horse. E insistimos en el “teóricamente”, porque el arranque del joven conjunto australiano el día 30 de junio fue complicado. Más allá de las obvias máculas sonoras a las que una primera banda tiene que enfrentarse como si de un crash test dummy,  el supuesto riesgo que suponía su inclusión en el cartel pasó totalmente desapercibido. Fue difícil comprender qué podía tener de interesante una banda de esta idiosincrasia tras haber comprobado la solvencia de otros conjuntos similares como Agent Fresco o Between The Buried And Me; a esas horas intempestivas en las que las miradas están más centradas en el reflejo ámbar de la cebada que en desconocidas propuestas sonoras, su única garantía fue cierto virtuosismo que, obviamente, cayó en saco roto tras hacer acto de presencia Tosin Abasi.

Pero ni aún así se logró encauzar la atención general. Animals As Leaders cometen el pecado inherente a su propuesta de echar toda la carne en el asador en una sola cuestión: su incontestable virtuosismo, que como un dulce de leche, puede tener gracia durante cinco minutos, pero termina por empalagar tras veinte minutos de ingesta sin tregua. Probablemente, fue el carisma  de su líder y highlights como “CAFO”, “Physical Education” o la bella “The Brain Dance” – acertadísimo contrapunto acústico – los que lograron remolcar el concierto hasta la aparición de la ambición hecha hombre: Mike Portnoy.

Su proyecto Shattered Fortress puede contar con varios puntos positivos, como el inestimable apoyo de una banda de músicos de excepción como Haken, dignos herederos del legado de los norteamericanos, o la recurrencia a los temas clásicos de su anterior vida en Dream Theater que provocan el vitoreo general  de la asistencia. Sin embargo, la ejecución – y creo que esta palabra no podría ser más adecuada – de su Twelve-step Suite sólo puede ser calificada de una manera: burda e insustancial. Más allá de un grato repaso por la trayectoria de los adalides del metal progresivo, el enfoque del show pretendía engrandecer la experiencia mediante la supuesta grandilocuencia de su alma mater, el batería entre los baterías del que se suele hablar. Y de ese esplendor sólo quedó un leve destello del desmedido ego de Portnoy y su falta de sensibilidad. Llámenme loco si lo consideran, pero no me parece oportuno brindar a la escenografía un tratamiento propio de una superproducción de Michael Bay si es que se supone que las piezas tratan la superación de su alcoholismo. Afortunadamente, tenemos garantizado que está será una de las últimas ocasiones en las que veremos semejante despropósito en vivo. Lo de seguir rentabilizando la nostalgia de sus seguidores – por lo menos tan explícitamente – pasará a mejor vida.

Y hablando de nostalgia, dos tazas. O no, espera. Porque en un primer momento, un nombre como Marillion no sonaba muy halagüeño. Lo que la mayoría esperaba de dicho show era un repaso nostálgico, recargado, pomposo y cursi por la era Fish. “Oh, por favor, no quiero estar veinte horas – valga la hipérbole – escuchando sucedáneos de “Kayleigh”. Por favor, no.”. Y como diría un sabio, la “lección de humildad” la recibimos muchos al comprobar que en absoluto tuvo que ver con tales ideas. Steve Hogarth demostró aquella noche ser el mayor showman que haya pasado por toda la historia del festival, mostrándose siempre teatral y exagerado en sus  formas, pero sin perder un ápice de convicción. “The Invisible Man” sirvió para muchos como un aviso de que no se iba a tratar de un espectáculo al uso, sino que iba a trascender en los anales de la historia progresiva patria. Y para más señas, el desolador, oscuro y emotivo despliegue de Fuck Everyone and Run (FEAR), interpretado íntegramente en vivo. Sus explícitas proyecciones anticapitalistas y su narrativa de carácter trágico y obsesivo fueron mucho más allá de lo meramente convincente, sino que deleitaron a propios y ajenos, y definitivamente lograron sumar adeptos gracias al imperial tema “The New Kings”. Podríamos calificar su actuación como brillante en su cómputo global; quizá el error fue escoger una suite tan plomiza como “Gaza” para cerrar su show en los bises; incluso la propia “Kayleigh” se podía echar en falta entonces. Pero sin embargo, no pareció ser un problema después de todo. La leyenda ya se había creado muchos minutos antes de que los acordes de ésta se tocasen.

El cierre de la primera jornada no iba a ser sencillo, y la única manera de lograr calar entre el público era la de cambiar radicalmente de registro. Dicho y hecho: Ulver en la sala. Los inclasificables noruegos, en su única fecha en España en muchos años, no desperdiciaron la oportunidad de sorprender mediante un espectáculo audiovisual inconmensurable centrado exclusivamente en su último álbum The Assassination of Julius Caesar. El exceso de su show, de sombras y láseres de alta tecnología, fue con diferencia la mayor rareza vista jamás por este festival; una suerte de propuesta que bailaba entre crípticas proyecciones y música electrónica más propia de festivales como Sónar que de un festival de rock. Y quizá ahí residió la magia de este concierto: ¿cuántas ocasiones más tendremos de ver a seguidores de Marillion anonadados por el house progresivo de la coda de “Coming Home”? Sin duda alguna, se hizo historia de la música en esos instantes, se diga lo que se diga.

And there is more to come

Y fue al segundo día cuando Be Prog brilló entre un cielo encapotado. Y no se hizo esperar: la apuesta nacional de este año, Jardín de la Croix, entró a matar con su demencial alud de tapping y math rock, salvajemente técnico y abrumador, repleto de una personalidad que, esta vez sí, convenció como apuesta de vanguardia del festival. Cabía dudar de la capacidad de Devin Townsend Project para levantar todavía más los ánimos, si bien es cierto que la interpretación íntegra de Ocean Machine: Biomech era prometedora. Y es que a pesar de los catastróficos problemas técnicos que impidieron que su show empezase a la hora establecida, el canadiense supo solventar la papeleta tirando de tablas durante más de un cuarto de hora en el que bromeó elocuentemente con el público sobre los absurdos tópicos que rodean al rock progresivo y la música metal. Más allá de este divertido y extraño episodio, Townsend mantuvo el tipo con dignidad. Su música carece del gancho necesario para considerarla sobrenatural, pero su ejecución fue lo suficientemente buena como para pensar que sus conciertos no son el de uno cualquiera – y buena cuenta de ello dieron los crepusculares temas de cierre, “The Death of Music” y “Thing Beyond Things”.

Anathema por su parte tenía una papeleta complicada tras la obvia falta de inspiración de su último trabajo, The Optimist, y no había más que observar al inicialmente apagado Danny Cavanagh para percatarse de que algo no marchaba bien. Quizá fue cuestión de que entrasen en calor;  si en un primer momento el espectáculo fue tenso y estático – no parecían especialmente ilusionados con el hecho de interpretar por millonésima vez temas como “Untouchable” o “Thin Air” –, los propios temas de The Optimist fueron los que dieron pie a que volviésemos a ver la clásica faceta dinámica y alegre de la banda a través de “Can’t Let Go”  o “Springfield”, que sumadas al preciosismo de una inesperada “Dreaming Light” o “A Natural Disaster” lograron mantenerles con cierta presencia en el escenario. Una reinterpretada “Closer”, “Universal” o el extraño bis con “Distant Satellites” – quedó ahí patente la intención de enterrar cualquier indicio de sus clásicos doom – terminaron de cerrar un show de fuerza intermitente que nos obliga a detenernos a pensar por unos instantes en el extraño estado actual de la banda. Sólo el tiempo dirá hacia dónde se dirige esta irregularidad.

Por fortuna no tardamos en pisar tierra firme con el maestro Ian Anderson y sus Jethro Tull. Obviando el hecho de que, por supuesto, hace décadas que el inglés no es un prodigio vocal – dios santo, ¿cuándo lo ha sido? –, lo cierto es que su actuación fue más allá de lo memorable. Los más exigentes tal vez puedan decir que cayó en la complacencia y tocó literalmente todos sus clásicos indiscutibles sin atreverse a incorporar nada más allá de eso; pero a estas alturas ¿tenemos derecho a pedirle algo más? Como dijo sobre sí mismo introduciendo su versión abreviada de “Thick As a Brick”, es el “responsable de que el rock progresivo sea esta cosa tan compleja con ritmos raros, estructuras complejas y duraciones infinitas”, por lo que visto lo visto, el espectáculo fue el adecuado. No tuvo mucho sentido, no obstante, caer en un recurso tan habitual en el rock clásico como el de brindar espacios propios a los solos de guitarra y batería, puesto que en el ambiente se sintió como forzado y sumamente fuera de lugar; ¿qué tenían que demostrar esos muchachos que no hubiésemos oído hasta el momento? Pero es que fuera de eso, resulta imposible echar en cara nada a Anderson. De “Living in the Past” a la histriónica “Bourrée” pasando por las pesadísimas “Sweet Dream” y “Heavy Horses” hasta la culminación con la versión alternativa de “Aqualung” o una eufórica “Locomotive Breath” a modo de cierre, se dejó claro que esta edición pertenece, definitivamente, por justicia y contra pronóstico, a sus cabezas de cartel: Jethro Tull y Marillion.

De todos modos, sería incoherente afirmar que las lecciones de maestría quedaron ahí, porque lo cierto es que no ha habido mejor cierre en la historia de Be Prog! My Friend que el ofrecido por Leprous, más que habituales ya en estos lares. En esta ocasión, no obstante, el show respondió íntegramente – a excepción del melódico single “From the Flame”, adelanto de su nuevo álbum Malina – a las expectativas de los fans: su show by request [NdR: show por petición, en el que los fans votaron sus temas favoritos para  esa actuación en particular] fue una de las mayores muestras de salvajismo que recuerde Barcelona, mostrando el óptimo estado en el que se encuentra la banda y en clara ascendencia en esa trayectoria que demostraron manejar a las mil maravillas en su setlist. “The Valley”, “Restless”, “Forced Entry”, “The Flood”, “Mb. Indifferentia” o “Rewind”, absolutamente todas y cada una de ellas, demostraron su poderío escénico y su asombrosa capacidad técnica, dejando sin aliento hasta el último de los asistentes. Tardaremos mucho en olvidar su doble cierre: por un lado, la esperadísima “Contaminate Me” que, a pesar de no contar con la rumoreada participación en vivo de Ihsahn – ya que se encontraba en la ciudad en aquel momento por su actuación con Emperor en Rock Fest horas antes de la  actuación de Leprous –, logró ser tan desesperante, cruel y agónica como su versión en estudio – si bien Einar Solberg parecía estar absolutamente fuera de lugar con semejante registro vocal –; y por otro lado, el inesperado bis – de esos que de verdad cogen por sorpresa – con “Slave”, que les condujo a un triunfalismo nunca antes visto en ellos, ese propio de los que sólo se ven ahí arriba, en el firmamento. ¿Sabéis al que me refiero, verdad? Al de las estrellas, claro. Y es que después de todo, quizá no haya nada de malo ni de traumático en un cartel conservador. Porque después de semejante fin de semana, ¿a quién narices le importa el riesgo? Ya habrá tiempo para eso en el futuro.