GUILLERMO DEL TORO Y LA SERIE B CONQUISTÓ LOS OSCAR

La cantidad de premios cosechados y la espectacular carrera que ha tenido por festivales La forma del agua de Guillermo del Toro, culminaba su exitosa estela en la nonagésima edición de los premios Oscar en la que se recompensaba la labor como director del mexicano y su fábula fantástica se alzaba con el premio más importante de la noche, el de mejor película.

La victoria de La forma del agua no ha estado exenta de polémicas. Por un lado están las acusaciones de plagio vertidas por parte de Jean-Pierre Jeunet, que acusa a Guillermo de copiarle escenas de Delicatessen y de inspirarse demasiado en la estética, y otros detalles, de su gran éxito Amelie (yo reconozco que viendo la película tenía contínuamente a la pizpireta francesa en mente); y por otro, tenemos las valoraciones de todos los que acusan a la cinta de tener un guión pobre, e incluso irrisorio, frente al de otras historias con las que competía como El hilo invisible, Tres anuncios a las afueras o Call me by your name.

 

A parte de las inevitables controversias que se generan cada año alrededor de la película ganadora (nunca llueve a gusto de todos) considero que La forma del agua es un triunfo en muchos aspectos, y no sólo en los político-sociales que tienen que ver con que un director mexicano haya ganado en la era Trump, ya tenemos antecedentes como el de González Iñarritu o el de Cuarón y la Academia nos tiene acostumbrados a estas maniobras de lavado de imagen en pro de las minorías, si no también en los aspectos puramente cinematográficos, en los aspectos relacionados a que una película de género fantástico haya logrado el favor, de crítica, público, y académicos.

A mí, como apasionado del fantástico y el terror (lo del Oscar al mejor guión original a Jordan Peele por Déjame salir también me puso cachondo) me ha parecido un salto de gigante que una serie B, con maravilloso envoltorio eso sí, que narra la historia de amor entre una muda y un anfibio humanoide en el contexto de la Guerra Fría, se haya alzado con el premio más cotizado de la industria, y eso ha ocurrido porque el verdadero bicho fantástico de la filmografía de Guillermo del Toro es el propio Guillermo del Toro, ha ocurrido porque dentro de ese corpachón de adulto sigue, más vivo que nunca, ese niño obsesionado con monstruos de cuento e imaginerías que nos transportan a otros mundos, y ese mérito, ese espíritu, hay que reconocérselo sí o sí.

Siempre he creído que el verdadero éxito se encuentra en la libertad que produce que los demás aprueben lo que haces sin que lo que haces lo hagas buscando la aprobación de los demás.

Podría dedicar varias reseñas al hecho de que existan géneros “menores” a la hora de optar a la categoría de mejor película en casi todas las entregas, festivales y certámenes, que si es cierto que se ha notado una reducción de prejuicios a la hora de nominar películas de ciencia ficción, terror o fantástico, por esos lavados de cara de los que antes hablaba, también pensaba que quedaba todavía muy lejos un reconocimiento digno a esos géneros “menores”, por casos como los de Nolan, Villeneuve o Lynch, y es que hay cosas que jamás entenderé, porque ni me molesto en entenderlas.

¿Cuál ha sido entonces el secreto de la culminación de Guillermo del Toro?

Desde mi punto de vista el secreto es sencillo; Guillermo a lo largo de toda su carrera ha jugado a recrear metáforas y símiles en los límites de esas delgadísimas líneas que existen entre lo que es real y lo que es fantasía, como hizo en la que para mí es su mejor película, El Laberinto del Fauno, y así, partiendo de premisas que sólo existen en su desaforada imaginación, en su cinefilia sin límites y en su inventiva infinita nos habla de cosas que todos conocemos, con las que todos nos sentimos identificados, con las que, en definitiva, sentimos, y de que manera.

En el mundo de Guillermo del Toro, encontramos destellos de religión, política, amor, ternura o magia, nos ha hablado del terror que nos produce el paso del tiempo (Cronos), del miedo que nos producen nuestros fantasmas, literal y figuradamente (El espinazo del diablo o La Cumbre Escarlata) o del peligro que supone el ser humano para el propio ser humano (Mimic), pero si hay algo que ha sido el eje central de todo su trayecto es, sin duda, la figura del outsider, de aquel que vive marginado, voluntaria o involuntariamente, esos monstruos con corazón, que luchan por un mundo mejor desde el lado oscuro de una sociedad real o imaginada (Blade o Hellboy).

Y así el señor del Toro, poniendo en práctica todo lo que ha aprendido estos años, llega a hacer La forma del agua conectando todos los puntos fuertes de su mundo y disponiéndolos al servicio de un cuento moderno, su particular “criatura del lago” pulida y exquisitamente rodada, ambientada, fotografiada e interpretada para que todos podamos sentir la emoción que sienten al encontrarse dos almas que se sienten diferentes a todo lo que les rodea, que conectan en un ejercicio de comunicación que no necesita palabras y que llega al corazón porque es el triunfo de Guillermo y de todos esos que se sintieron perdedores o bichos raros y comprenden que ahora cualquier cosa es posible en los límites de esas delgadísimas líneas que separan la realidad y la fantasía.