¿ES UN CRIMEN SER DESAGRADABLE?

Cualquier lector avezado se habrá sentado con las ochocientas páginas de ‘Ulises’ entre las manos, o al menos se lo habrá planteado. Que haya logrado la pequeña hazaña de terminarlo es otra historia. Lo que muchos no se habían parado a pensar es en la azarosa y excepcional historia que supuso su publicación, al menos hasta este ‘El Libro Más Peligroso’, escrito por el historiador literario Kevin Birmingham y por el que ha logrado el Premio PEN New England 2015 a la mejor obra de no ficción y el Premio Truman Capote de Crítica Literaria 2016. El libro, publicado por la Editorial Es Pop (garantía de calidad, créanme) narra la intensa génesis de la obra, con un James Joyce totalmente abandonado a la literatura (a su literatura), perdiendo la vista y parte de la cordura en el proceso. A su vez, la obra desvela como se fueron abriendo distintos frentes entre mecenas, artistas, libreras y abogados, cuyo esfuerzo supone un ejemplo de arrojo heroico que permitió la publicación de la primera obra maestra de la Modernidad.

Kevin Birmingham, autor del libro. Foto de Rose Lincoln/Harvard Staff Photographer

Hoy día puede resultar difícil entender cómo una obra literaria puede ser llevada a juicio por inmoralidad y obscenidad (o quizá no, si cambias obra literaria por un tweet ofensivo), pero en la década de los 20 las leyes que operaban contra la pornografía estaban redactadas y aplicadas por santurrones implacables que se jactaban de quemar toneladas de libros que consideraban indecentes y lúbricos. Sin ir más lejos, en los EEUU imperaba la Ley Comstock, concebida por el ínclito Anthony Comstock, creador de la Sociedad para la Eliminación de Vicios, que perseguía con gallardía tanto a editores sicalípticos, como a abortistas o médicos que recetasen anticonceptivos. Dicha ley prohibía el transporte de productos obscenos, inmorales o lascivos por el correo, dato importante, como veremos. Si Comstock o cualquiera de sus fervorosos secuaces lo querían, cualquier edición podía ser interceptada, su contenido quemado, y los responsables llevados a juicio, con penas que iban desde multas a temporadas a la sombra.

‘El Libro Más Peligroso’ se articula por momentos como un thriller judicial, con los censores fanáticos de un lado y los defensores de la libertad de expresión por otro, pero también lo hace como retrato de una época apasionante, el inicio de la Modernidad. Javier Sanabria

La lectura de ‘Ulises’ no dejaba indiferente. Algunas como Virginia Wolf (una de tantas que se negó a publicarlo) consideraba la obra “repugnante”  y al propio Joyce como “autodidacta, egoísta, insistente, teatral, y en última instancia, nauseabundo”. Bernard Shaw por su parte, dijo: “He leído varios fragmentos de ‘Ulises’. Se trata de un registro repugnante de una fase asquerosa de la civilización”. No es de extrañar que un censor ultra católico no fuese mucho más benevolente. Afortunadamente para Joyce su genio no pasó inadvertido para Ezra Pound, el poeta y editor, paradigma de modernidad y auténtico motor ideológico de la publicación del libro. Una publicación donde, sin embargo las verdaderas heroínas de la historia son las mujeres, irónicamente las principales víctimas, según la Ley Comstock, de la perversión de la obra. Para empezar Harriet Heaver, mecenas durante años de Joyce, por el que sentía una profunda admiración para pasmo y disgusto de su familia. Publicó su  ‘Retrato del artista adolescente’  a través de su revista ‘The Egosit’ y posteriormente, contra viento y marea, una primera edición inglesa de ‘Ulises’ que fue pasto de las llamas en su totalidad debido al celo de las autoridades competentes. Por otra parte Margarte Anderson, directora de la revista modernista  ‘The Little Review’ en Chicago, que publicó episódicamente la obra de Joyce a pesar de la presión judicial. Fue finalmente llevada a juicio y condenada por obscenidad junto a su compañera Jane Heap, que tras el juicio respondió a la acusación de un periodista con el mítico: “¿Es que es un crimen ser desagradable?”. Porque ahí estaba la clave del entuerto, ¿era ‘Ulises’ subversiva y pornográfica o simplemente desagradable? La tercera heroína en discordia pensaba que ninguna de las dos; Sylvia Beach, dueña de la librería Shakespeare And Co. en París, tozuda en su empeño de publicar el libro con la ventaja de hacerlo en Francia (no solo se libraba de la presión gubernamental, sino que los responsables de la impresión no se quejaban de la obscenidad; simplemente no entendían el inglés. Hay que decir que la mismísima Harriet Heaver no entendía palabras como “cuesco”). La librería de Sylvia Beach era punto de encuentro de artistas exiliados en la capital francesa, y pronto hizo buenas migas con Joyce. Otro de sus amigos (casi podríamos decir discípulo) fue un joven Hemingway, al que animó y apoyó en sus inicios literarios. Hemingway fue otro de los entusiastas de ‘Ulises’, hasta el punto de participar en otra de las rocambolescas historias que narra ‘El Libro Más Peligroso’: el contrabando de obra literaria. El autor de ‘Adiós a las Armas’ organizó una pequeña red de matute desde Canadá a los EEUU donde miles de lectores esperaban ansiosos su ejemplar, con la esperanza de que lograse burlar la censura estatal.

Este pillaje cultural tuvo otra curiosa bifurcación en la figura de Samuel Roth, un falsificador de libros. Sí, amigos, el pirateo cultural no empezó con Napster. Roth se ganaba bien las habichuelas distribuyendo material picante cuando no abiertamente pornográfico burlando la ley Comstock. Curiosamente su decisión de piratear y distribuir la obra de Joyce no obedecía a un interés pecuniario, sino a una sincera admiración a la obra de Joyce. Su carrera como pirata de las letras acabó cuando le vendió un libro pornográfico a un agente de la ley.

Paradójicamente, a pesar de ser reconocido en todo el mundo como una obra cumbre de la modernidad, ‘Ulises’ no podía ser distribuido en EEU ni en Reino Unido. Joyce sobrevivía a su propio genio a través de la generosidad ajena; Harriet Heaver seguía enviándole dinero regularmente, pero su propensión al gasto, las cenas y las borracheras era legendaria. Para colmo se estaba quedando ciego; una iritis le torturaba y le imposibilitaba progresivamente, todo esto convertía su situación en una realidad nada halagüeña. Hasta que entró en escena Bennet Cerf, fundador de Random House, la recién nacida editorial. Cerf decidió publicar ‘Ulises’ ante el clima de expectación que había creado a lo largo de los años en la clandestinidad. Estaban convencidos que un nuevo juicio les daría la posibilidad de publicarlo, pero para ello tuvieron que recurrir a triquiñuelas dignas de una novela negra. Por ejemplo necesitaban que un ejemplar de Ulises fuese interceptado en la aduana para iniciar de nuevo el proceso, pero la cantidad de paquetes con la obra era tan abundante que los agentes habían desistido de interceptarlos, por pura desidia. Tuvieron que protestar airadamente para que uno de ellos denunciase el intento de introducir obra obscena en suelo americano para que la rueda de la justicia empezase a rodar de nuevo. Esta vez el juicio sería favorable; el clima moral se había relajado, la Prohibición estaba a punto de ser derogada, y el concepto de obscenidad difería de lo considerado treinta años atrás por Comstock y sus adláteres. El caso, conducido brillantemente pro el abogado Morris Ernst, que logró que el juez Woolsey emitiese un veredicto revolucionario en el que declaraba que los valores artísticos y estéticos de la obra quedaban por encima de los elementos eróticos que pudiesen subyacer en la susodicha. Ernst convenció al juez (que, dicho sea de paso, era lector compulsivo, y disfrutó de la lectura de ‘Ulises’) que se trataba de un clásico moderno, que era precisamente la pretensión de Random House, que en el plazo de dos meses vendió más de doce mil ejemplares de la obra. El veredicto Woolsey abrió la puerta para cientos de obras en habla inglesa que se pudieron sacudir el yugo opresor de unas leyes retrógradas y anacrónicas.

‘El Libro Más Peligroso’ se articula por momentos como un thriller judicial, con los censores fanáticos de un lado y los defensores de la libertad de expresión por otro, pero también lo hace como retrato de una época apasionante, el inicio de la Modernidad. Y todo ello, a pesar del embrollo de nombres y juicios, se devora como una novela gracias al dinámico estilo de Birmingham. Ahora solo falta echarle valor e intentar zambullirse en las oscuras aguas del libro más peligroso.

 

El libro más peligroso. James Joyce y la batalla por Ulises (Editorial Es Pop)
Kevin Birmingham
Cartoné. 496 pags.
16,5 x 24 cm.
ISBN: 978-84-944587-3-6
PVP: 26 €