Enrique Bubury – Expectativas (OCESA, 2017)

 

“Quizás lo que más teme Bunbury no es dejar de ser él mismo o repetirse, lo que de verdad le da miedo es su propia responsabilidad con la música de nuestro tiempo.”

 

El Aragonés Errante entrega un nuevo trabajo discográfico tras más de cuatro años sin pasar por el estudio en los que ha lanzado un álbum acústico y dos volúmenes de archivos grabados con b-sides, versiones y canciones para cine. Expectativas es un álbum muy esperado por parte de nuestro artista más internacional, después de lo que ya demostró en Palosanto, un álbum con claras pretensiones espirituales y que rompió con la trilogía de vuelta a los ruedos del rock (Hellville de Luxe, Las Consecuencias y Licenciado Cantinas), después de perderse en el cabaret o el circo (Pequeño, Flamingos y El viaje a ninguna parte).

Expectativas es un Palosanto invertido. Parece que a Enrique le gusta el fenómeno del péndulo y virar de un extremo a otro en los contenidos de dos álbumes consecutivos. Si ya lo hizo con Hellville de Luxe, un disco optimista y lleno de energía, dos años más tarde llegó Las Consecuencias, un álbum cerrado, oscuro, íntimo y desconsoladamente triste. Ahora llega Expectativas, un disco de renuncia a los fundamentos de esperanza y revolución que había en Palosanto.

El artista zaragozano demuestra en este álbum que sigue vigente su personalísimo modo de hacer canciones e interpretarlas. Es un artista único, que a pesar de las influencias o reminiscencias que pueda tener con otros, ha demostrado todos estos años una capacidad innata para reinventarse y postularse como el icono vivo y genuino del rock en español.

Para este trabajo, Enrique ha querido desechar el sonido de sus anteriores discos y rescatar pinceladas del ambiguo y hermético Radical Sonora (1997). La electrónica regresa en canciones como “Al filo de un cuchillo”, “La ceremonia de la confusión” o “Lugares comunes, frases hechas”. Esta última, posee un extraño giro poppie con aires de Arcade Fire y un “subnormal” posiblemente dedicado a Trump o al mismísimo Rajoy. Mientras, “La ceremonia de la confusión” tiene una potente base de bajo y un saxofón en estado de gracia a lo más jazzy. Recuerda mucho a “El Anzuelo”, de El viaje a ninguna parte (2004).

Y hablando de confusión, quizás sea el álbum más confuso de toda su carrera en cuanto a ideas. Las letras se pierden en contradicciones, la mayor de todas, asegurar que no es un disco político cuando todas las canciones rezuman posturas ideológicas. La más visible de todas, la crítica a España que enarbola en “Cuna de Caín”. Por muchos esfuerzos que ponga en afirmar que no es una canción que hable de política, sino de una relación tóxica entre dos personas, el estribillo declara el espíritu a todos ojos cainita de la España contemporánea: “Cuna de caín y guerra civil / entre hermanos de la mano / nos hacemos daño / siempre que nos encontramos”.
Y, como no podía ser de otra manera, alude directamente a las razones que tuvo en su día para escapar a Estados Unidos y mudarse a Los Ángeles: “El exilio es mejor que nuestra prisión / de mediocridad y vulgaridad / de envidias e ingratos / juegos de villanos”. ¿A nadie le suena?

Los singles escogidos del álbum resultan ser de los mejores temas del disco. “La actitud correcta” sobresale por su fuerza e intensidad, con un adictivo ritmo muy de la casa y un estribillo de vértigo donde la poderosa voz de Enrique se estira hasta el infinito. Sin embargo, el mensaje peca de pedantería, como un “abuelo cebolleta” que viene a poner las cosas en su sitio y a llamar a las cosas por su nombre. “Parecemos tontos” es un medio tiempo precioso, con guitarra punteada y un telón de sintetizador. Aquí sí, la letra es de sobresaliente y cien por cien Bunbury. Tanto es así que da en el clavo en lo que quiere decir y cómo contarlo: “Acciones y facciones que no me convencen”; sin dejar de lado su siempre en forma simbolismo poético que viene desde la etapa de Héroes: “En noche cerrada no entran moscas (…) Qué ruido hace un hombre que se quiebra en soledad”.
Otras canciones no llegan a impresionar. Es el caso de la ombliguista y egocéntrica “Bartleby- Mis dominios”. A ritmo de redobles, Bunbury dice que quiere “dedicarse a la contemplación, no ver más televisión y dejar de atender a la actualidad”. Bunbury se escuda en esa supuesta espiritualidad que no atiende ni a banderas ni a colores, ese “anarquismo pragmático”, como él lo llama en “Mi libertad”. Por otra parte, la canción de amor del álbum, “La constante” sigue muy de cerca a las baladas latinas –de las que parece que nunca va a salir.

La canción de cierre, “Supongo”, es la más convincente de todas. El artista reconoce su propia confusión y admite sin ambages, que nada sabe de cierto, todo lo supone. Un tema que, por su desarrollo, merecería más minutaje y paciencia a la hora de abordarlo. Quizás, lo que más teme Bunbury no es dejar de ser él mismo o repetirse, lo que de verdad le da miedo es su propia responsabilidad con la música de nuestro tiempo, investigar más, no conformarse con discos de cuarenta minutos, experimentar y exigirse algo que suene alejado de toda esa onda de música mainstream y premios latino a la que está tan apegado.