El rock ante la vejez y la muerte (II)

Ilustración de Marina Selarom

Con todo, me atrevo a afirmar que el acontecimiento que terminó de hacer que la muerte volviese al primer plano de la cultura popular fue el fallecimiento de Freddie Mercury, a comienzos del otoño de 1991, especialmente por cómo se produjo. La muerte de Mercury no tuvo el glamour -más imaginado que real- de otras estrellas del rock, no se trataba de una borrachera, una sobredosis o un accidente de tráfico. No, Mercury moría en un hospital, por las complicaciones derivadas de una enfermedad incurable y tras una larga agonía de la que la prensa se había ido haciendo eco. Por su parte Mercury, que se había esforzado en un primer momento por ocultar a toda costa su enfermedad, prefirió la dignidad de despedirse grabando un magnífico último disco con sus compañeros de Queen, “Innuendo”. Como es lógico, “Innuendo” está repleto de referencias a la trágica situación de Mercury, aunque es sin duda la épica “The Show Must Go On” la que alude más explícitamente a su próximo final. Después de “The Show Must Go On” -a día de hoy todavía una de las más grandes canciones sobre la muerte que haya parido el género- y del fallecimiento de Freddie Mercury, despedido además en un multitudinario festival retransmitido a todo el planeta pocos meses después, nada volvió a ser igual.

Al mismo tiempo, el llamado rock alternativo eclosionaba comercialmente, trayendo al primer plano de la cultura pop las preocupaciones e inquietudes de la desnortada generación X. Los hijos de esta generación fueron al mismo tiempo los últimos nacidos en el mundo industrial y los primeros del mundo postindustrial y globalizado, sin pertenecer del todo ni a uno ni a otro. De ahí la perpetua melancolía en la que parecen vivir, y el tono pesimista y depresivo de buena parte de los grupos de rock alternativo de finales de los 80 y primeros 90. Teniendo esto en cuenta no es ninguna sorpresa que la muerte y la mortalidad fuera una de las grandes obsesiones del periodo. Jane’s Addiction por ejemplo, uno de los grandes pioneros del rock alternativo, consagraron toda la cara B de su obra maestra de “Ritual de lo Habitual” (1990) a la muerte por sobredosis de Xiola Blue, una buena amiga del cantante de la banda, Perry Farrell. Miembros de Soundgarden y lo que muy poco tiempo después sería Pearl Jam formaron en 1990 el supergrupo Temple of the Dog con el objetivo de homenajear a Andrew Wood, el cantante de Mother Love Bone (banda en la que ya militaban Stone Gossard y Jeff Ament) fallecido pocos meses antes. El resultado fue el impresionante disco homónimo, cuyo culmen era “Say Hello to Heaven”, quizá una de las canciones más emocionantes que haya dado el rock. Así comenzaba una década que consolidaría definitivamente a la muerte como temática de importancia en el rock’n’roll. En este sentido, no es descabellado tomar “Inmortality” de Pearl Jam (1995), una sobrecogedora reflexión sobre el carácter ineludible de la muerte, como el tema más representativo de la década.

Fotografía de Pablo Hurlé

Como no podía ser de otro modo teniendo en cuenta las coordenadas culturales de la época, los 90 fueron también pródigos en canciones sobre el suicidio, antes y después de que Kurt Cobain se volase los sesos: “Jeremy” de Pearl Jam (1991), “Down in a Hole” de Alice in Chains (1992), “Skin O’ My Teeth” de Megadeth (1992), “Creep” de Stone Temple Pilots (1993), “Hurt” de Nine Inch Nails (1994), “Hey Man, Nice Shot” de Filter (1995), “Suicidal Dream” de Silverchair (1995), “Suicide Note” de Pantera (1996), “Jumper” de Third Eye Blind (1997), “Adam’s Song” de Blink 182 (1999). La sobredosis y las consecuencias negativas del consumo de drogas fue otro de los temas favoritos del periodo: “Pushing the Needle Too Far” de Indigo Girls (1990), la melancólica “The Mistake” de Urge Overkill (1996), “Angel” de Sarah McLachlan (1998), “I Hope I Didn’t Just Give Away The Ending” de los New Radicals (1998), “Pink Cigarrette” de Mr. Bungle (1999) o “Pretty Angry” de Blues Traveller (2001) son algunos de los muchos ejemplos posibles.

Aunque había precedentes notables de los que ya hemos hablado, una tendencia que se hace fuerte en los 90 son las canciones homenaje a los amigos y parientes que nos dejaron. La más famosa y de mayor impacto fue “Tears in Heaven” (1992) que Eric Clapton dedicó a su pequeño hijo Conor. Muy poco antes Elvis Costello había contado la historia de una mujer que padece Alzheimer en “Veronica” (1989), que estaba inspirada en la abuela del cantante británico. En 1991 Sting dedicó su tercer disco en solitario, el exitoso “The Soul Cages”, a la relación con su padre, cuyo deceso había acontecido el año anterior. Otros ejemplos destacados son “To Live is To Die” (1988) y “The God that Failed” (1991) de Metallica, “I Don’t Wanna Cry No More” (1993) de Helloween, “J.A.R.” (1995) de Green Day, “Gone Away” (1997) de The Offspring, “Napoleon Solo” de At The Drive-In (1998), “One Last Goodbye” (1999) de Anathema o “1000 Oceans” (1999) de Tori Amos. Merece la pena mencionar también “Electro-Shock Blues” (1995) de Eels, un disco cuasi-conceptual escrito en respuesta a las muertes de la hermana y la madre de su frontman, Mark Oliver Everett.

En el siglo XXI se normaliza la presencia de la muerte como temática de la música rock. Así, seguimos encontrando numerosas canciones y discos que recuerdan la partida de seres queridos, como muestran “Helena” de My Chemical Romance (2004), “Wings for Marie” y “10.000 Days” (2006) de Tool (relato de la larga agonía de Judith Marie, madre del vocalista Maynard James Keenan, parcialmente paralítica durante 27 años), “In My Time” de Europe (2009), “The Best of Times” (2009) de Dream Theater, “Brendan’s Death Song” (2011) de Red Hot Chili Peppers o los discos “De-Loused in the Comatorium” (2003) de Mars Volta y “Funeral” de Arcade Fire.  Igualmente, tenemos temas que reflexionan sobre el significado de la muerte y su inevitabilidad como “Ain’t Afraid of Dying” de Mother Superior (2003), “Keg On My Coffin’” de The Push Stars (2004), “In Memory Of…” de Heathen (2004), “You Can Do Better Than Me” de Death Cab For Cutie (2008) o “To Lose My Life” (2010), primer disco de White Lies, en el que prácticamente todas las canciones tratan sobre el final de la vida. Encontramos también expresivas meditaciones sobre la vida después de la muerte como “Thoughts of a Dying Atheist” de Muse (2003) o “Hope There’s Someone” de Anthony and the Johnsons (2005). Hasta el debate sobre la legalización de la eutanasia y el suicidio asistido se han colado en el rock, como muestra el tema “Final Exit” (2010) de Fear Factory.

Más ampliamente, en el siglo XXI el rock ha tenido que afrontar dos grandes cambios imprevistos, tan inimaginables en sus orígenes y sus años de mayor gloria como difíciles de afrontar, en tanto afectan al núcleo identitario del estilo. En primer lugar, el hecho de haber dejado de ser la música de los jóvenes. El pop estilo MTV, la música electrónica en toda su amplitud y, sobre todo, el rap y el hip hop, han desplazado al rock’n’roll como expresión de la rebelión juvenil. La imagen de lo cool ha dejado de ser un melenudo tocando la guitarra, ahora es un DJ o un bailarín de break dance. El rock ha pasado a ser una opción más, una no especialmente popular entre los más jóvenes y que probablemente se considera un tanto anacrónica. La creciente media de edad de la asistencia a los conciertos y festivales de rock así lo atestigua. Para la música que nació para dar voz propia a los jóvenes por primera vez en la historia, esto ha supuesto un duro golpe, y ha sumido al estilo en un estado de confusión general cuya superación parece todavía muy lejana.

En segundo lugar, las grandes figuras del rock que han logrado sobrevivir a años de excesos encaran la única situación a la que jamás pensaron que tendrían que enfrentarse: la vejez. Con todo lo que ello implica: cambio radical en la perspectiva, deterioro físico y, por supuesto, aceptar la cercanía de la muerte. No está siendo fácil para los roqueros observar como los grandes referentes son incapaces de alcanzar las notas más altas o de dar conciertos tan largos como en sus años dorados. Tampoco lo es ver como enferman, se desgastan y finalmente nos dejan, por el cáncer, paradas cardíacas o simples complicaciones derivadas de una edad avanzada. Es decir, por las mismas causas por las que seguramente falleceremos también nosotros. Esto es lo que nos resulta especialmente duro: empezamos identificándonos con las estrellas del rock por su halo de inmortalidad, de eterna juventud, y ahora que envejecen y mueren como cualquier otro se han convertido en un poderoso recordatorio de nuestro propio carácter finito. El rock ha entrado, en definitiva, en su senectud. Tal vez por esta razón en los últimos años han proliferado los libros de memorias y los rockumentales, a cuya edad dorada sin duda estamos asistiendo. Es como si el rock, como todos los ancianos, quisiera mirar hacia atrás para hacer balance de una larga, provechosa y accidentada trayectoria.

No menos importante, y en general más interesante, es la propensión a afrontar la vejez y la muerte a partir del mejor y más noble legado cultural del rock’n’roll: la honestidad cruda y la expresividad descarnada a la hora de componer y transmitir a través de las canciones. Se trata de contar la realidad de la ancianidad y la muerte cercana con la misma sinceridad artística con la que en el pasado se cantaba al amor, el conflicto, la insatisfacción e incluso a los coches rápidos y las pandillas de amigotes. De cantar a la vejez con la misma pasión con la que se cantaba a la juventud.

Esta tendencia fue inaugurada allá por los años 90, decisivos una vez más en lo que se refiere a estas cuestiones, por Johnny Cash. En 1994 el Hombre de Negro sorprendía al mundo con “American Recordings” (1994), primera de una serie de grabaciones junto a Rick Rubin que comparten las mismas características musicales y estéticas: unas pocas composiciones nuevas, regrabaciones de viejos temas y un buen puñado de versiones que el Hombre de Negro llevó magistralmente a su terreno; el minimalismo sonoro, canciones desnudas, sin apenas arreglos, instrumentación ni producción, lo que permite destacar la voz cavernosa y barítona de Cash; y sobre todo el tono crepuscular y agónico que destila todo el proyecto, resaltado por el uso exclusivo del blanco y negro en el artwork y los créditos de los discos. Las “American Recordings” son el testamento sonoro de este gigante de la música norteamericana, el sincero testimonio de un hombre cuya vida se está apagando. En lugar de ocultar o disimular la proximidad de su muerte, Cash decidió compartir sus sensaciones con el mundo, y lo hizo con la misma sinceridad con la que había conducido toda su carrera.

A la estela de Cash, otros grandes nombres del rock han incorporado el proceso de envejecimiento como motivación principal de su producción artística. La trayectoria de Bob Dylan, reconocido discípulo de Cash, a partir del celebrado “Time Out of Mind” (1997) (que ya contenía algunos acercamientos a su posible final como la espléndida “Not Dark Yet”) es uno de los ejemplos más destacados. Otra muestra es la trayectoria de Nick Lowe -curiosamente también relacionado con Johnny Cash de cuya sobrina fue marido- desde al menos “The Impossible Bird” de 1994, con discos tan brillantes como “At my Age” (2007) o “The Old Magic” (2011), cuyos títulos no podrían ser más reveladores de la perspectiva de Lowe en estos años. David Bowie es otro de los artistas que más se han preocupado por el final de su vida. Aunque ocultó al gran público el cáncer de hígado que finalmente le causó la muerte a principios de 2016, la inquietud ante la proximidad de su final estuvo presente en sus discos “The Next Day” (2013) y “Blackstar”, publicado solo dos días antes de su muerte. Canciones como “Where Are We Now?” o “Lazarus”, en cuyo video se escenifica el lecho de muerte del cantante británico, parecen confirmarlo.

Aún más extremos son los casos de artistas que padeciendo enfermedades incurables deciden decir adiós con discos y giras de despedida. Warren Zevon, a quien le fue diagnosticado un cáncer terminal de pulmón en 2002, fue probablemente el primero en dar este paso. En 2003 nos legó “The Wind”, un excepcional disco testimonio de sus últimos meses y, al mismo tiempo, un ejemplo de aceptación de la muerte, con angustia y miedo, pero también con serenidad, esperanza y hasta el peculiar sentido del humor del que siempre hizo gala el cantautor estadounidense. La emocionante “Keep me in your Heart” que cerraba el disco o la inevitable “Knockin’ on Heavens Doors”, con Zevon aullando “open up for me”, son solo dos de los mejores momentos de esta auténtica obra maestra. En 2011 supimos que a Glen Campbell se le había diagnosticado con una de las variedades de la enfermedad de Alzheimer. La gran figura del country rock decidió despedirse de su público a lo grande, con una gira final en la que los síntomas de su enfermedad eran ya muy visibles. El pasado 2016 asistimos también a la última gira de The Tragically Hip, cuyo frontman Gord Downie padecía un cáncer cerebral terminal. El concierto final, retransmitido por televisión en su Canadá natal, fue seguido por once millones de personas, un tercio de la población del país. En enero de 2013 Wilko Johnson anunció públicamente que padecía un cáncer de páncreas terminal y que le quedaban sólo nueve meses de vida, pues había renunciado a recibir quimioterapia. El ex Doctor Feelgood anunció así su última gira y, más tarde, la grabación de su disco final, el energético y optimista “Going Back Home”. Afortunadamente, a mediados de 2014 nuevas pruebas revelaron que la variedad de cáncer que padecía Wilko era menos agresiva de lo que inicialmente habían pensado sus médicos y hoy sigue dando guerra.

Como hemos tenido la oportunidad de comprobar, la concepción de la muerte en el rock ha ido variando profundamente a lo largo de su historia, como de hecho lo está haciendo en el conjunto de la sociedad. Es lógico: el rock es un reflejo de la sociedad, al igual que la muerte es un reflejo de la vida. En su día, la reivindicación de la juventud perpetua -que aceptaba sólo la muerte sobrevenida a edad temprana como una forma simbólica de lograr la eterna juventud- contribuyó a consolidar el silencio que las sociedades industriales habían tejido en torno a la muerte. Una vez el rock alcanzó su madurez creativa, allá por los años 70, comenzó a cambiar su visión de la muerte, incorporando progresivamente una actitud más reflexiva y compleja sobre el final de la vida. Un esfuerzo cada vez más presente en la cultura contemporánea, y al que el rock no solo no ha podido abstraerse, sino que ha aportado su granito de arena. Ya en pleno siglo XXI, el rock ha perdido el favor del público masivo y, lo que resulta más doloroso, de los jóvenes. Al mismo tiempo, las grandes figuras del estilo afrontan su vejez y eventual muerte. Si el rock no quiere morir con ellos, deberá tomar nuevos rumbos, sin renunciar a lo mejor de su historia, pero aceptando que ya no es la voz de los jóvenes. Conservar la actitud, la autenticidad, pero liberada de la urgencia adolescente, para que en décadas venideras el rock siga ayudándonos a comprender y dar significado a esta gran aventura que llamamos vida, y por supuesto al evento más importante de la misma: la muerte.

 

Artículo publicado originalmente en el #0 de Rock I+D