El rock ante la vejez y la muerte (I)

 

La vida es algo curioso, siempre pensé que acabaría a los 30, que sería horrible vivir más. Hasta que llegué a los 31 y dije “bueno, no está tan mal, me quedaré un poco más” (…) Esa es la paradoja, nadie quiere hacerse viejo, pero tampoco nadie quiere morir…

Keith Richards

A medida que envejezco, las preguntas se reducen a dos o tres. ¿Por cuánto tiempo? ¿Y qué hago con el tiempo que me queda?

David Bowie

Ilustración de Marina Selarom

 

La muerte: la gran enemiga y al mismo tiempo nuestra inseparable compañera. El único acontecimiento que sin lugar a dudas experimentaremos todos y cada uno de nosotros. El límite físico de la existencia, la más cruda muestra de que estamos sometidos a las leyes de la naturaleza. Sabemos desde Heidegger que la muerte es la principal motivación de la vida humana: buscamos vivir una existencia provechosa y, a ser posible, que deje huella, porque de forma más o menos consciente sabemos que nuestro tiempo en el planeta está contado. De ahí que en la práctica totalidad de las sociedades conocidas la muerte ocupe un lugar destacado dentro de eso que llamamos cultura, el conjunto de creencias, rituales y relatos con los que los seres humanos tratamos de encontrar orden y sentido al universo. Con una notable excepción: las modernas sociedades industriales, las nuestras vaya.

En efecto, en los últimos dos siglos la muerte ha ido dejando de ser un fenómeno cotidiano en el mundo desarrollado: vivimos hasta una edad avanzada, las enfermedades infecciosas ya no se llevan por delante a una parte importante de la población, no nos vemos perturbados por periódicas guerras y la muerte de los niños ha pasado a ser una desgraciada anécdota. Al mismo tiempo, nuestras sociedades se secularizaban, dejaban de creer en explicaciones sobrenaturales y religiosas y en su lugar colocaban el racionalismo y la ciencia como fuentes supremas de verdad, lo que también ha cambiado profundamente nuestra relación con la muerte. Ya no nos comunicamos con los muertos, ni creemos que tengamos algún tipo de cuenta pendiente con ellos -o viceversa-, ni solemos creer en una vida más allá de la muerte que depende de lo que hagamos en esta.

En resumidas cuentas, cada vez tenemos menos contacto con la muerte y a la vez hemos perdido la dimensión sagrada y sobrenatural de nuestra relación con ella. Así que nos hemos limitado a ignorar la muerte, a hacer como si no existiese. La muerte está oculta de nuestras vidas, en habitaciones de hospital y tanatorios convenientemente situados en la periferia de las ciudades. No hablamos de la muerte ni de los muertos, y preferimos que los funerales pasen tan rápidos como sea posible, para poder “seguir con nuestras vidas”. La muerte es el tabú definitivo de nuestras sociedades, que no por casualidad están obsesionadas con el presente, con la satisfacción inmediata, el aquí y el ahora, con una juventud -cuando no una adolescencia- prolongada indefinidamente.

La cultura pop, y el rock’n’roll en particular, no sólo ha sido ajena a esta tendencia, sino que ha sido uno de sus principales pilares. El rock, nacido como estandarte identitario de la juventud urbana, ha hecho de la inmediatez y el carpe diem dos de sus lemas primordiales: vive deprisa, muere joven y deja un bonito cadáver. En el rock’n’roll, al menos en su versión más cruda, no hay tiempo para la reflexividad (“somos demasiado jóvenes para ser listos” cantaban Nazareth en su himno “Razamanaz”), y menos para esa que solo puede dar el paso de los años, la madurez y la cercanía de la parca, cuando echamos la vista atrás, volviendo nuestra mirada hacia las contradicciones y claroscuros que inevitablemente pueblan una larga trayectoria. En la escala de valores del rock la vejez es el mal, el enemigo número uno. “Espero morir antes de llegar a viejo” tronaban con desprecio los Who en su canción más conocida. En el nihilista sueño del rock’n’roll no caben la fealdad, la debilidad, la enfermedad, la vejez, ni por supuesto la muerte.

Al menos la muerte “natural”, la que se da por el deterioro progresivo del organismo, la que en la práctica experimentaremos la mayoría de nosotros. Cuando el rock ha hablado de la muerte lo ha hecho sobre todo para mitificar la muerte violenta e inesperada, la que acontece en la plenitud física y congela el recuerdo del fallecido en su momento de mayor gloria. Son los mártires del rock: figuras que alcanzan la inmortalidad simbólica por el dudoso mérito de haber muerto antes de que los estragos de la edad, la enfermedad y la fatiga (creativa o corporal) manchasen su leyenda. La figura del mártir, de hecho, es importante: al igual que los primeros cristianos o las víctimas de una persecución política, las estrellas del rock no solo mueren jóvenes para conquistar la fama eterna, sino por nosotros, para entretenernos y convertirse en nuestros modelos de conducta. El famoso tema de Barón Rojo “Concierto para Ellos” (1982) ilustra brillantemente esta idea: la comunidad del rock se renueva recordando en cada concierto a los muertos por la causa, al igual que la nación se reafirma recordando a los soldados caídos por la patria. Una vez más comprobamos como la muerte no es otra cosa que el espejo de la vida. El rock’n’roll aspira a la juventud eterna, no es de extrañar entonces que haya idealizado la muerte prematura.

Este ideal de muerte roquera flotaba en el estilo desde sus comienzos, antes incluso de que el obituario estuviese lo suficientemente lleno como para concebir la figura de mártir del rock. No hay más que recordar las coffin’ songs, una de las muchas modas que pulularon por las listas de éxitos y las radios enfocadas al público juvenil al final de la década de los 50 y comienzos de los 60. Son desgarradoras baladas que recuerdan a un adolescente caído… bueno, haciendo cosas propias de la adolescencia: conducir deprisa, pelear contra una banda rival, defender el amor de tu chica o incluso suicidarse como respuesta extrema a la angustia y las inseguridades propias del periodo. La multiversionada “Last Kiss” de Wayne Cochran y la barroca y emocionante “Leader of the Pack” de las Shangri-Las, ambas de 1964, son la máxima expresión de las coffin’ songs, entre las que también cabe destacar “Ebony Eyes” de los Everly Brothers (1961) y “Dead Man’s Curve” de Jan y Dean (1964), en cuya composición participó el mismísimo Brian Wilson.

Por otro lado, la preferencia del rock por la muerte prematura no deja de guardar relación con otro de los componentes clave de la mitología roquera: el culto a la violencia. Hija de la urgencia y la ansiedad típicos de la adolescencia y la juventud, la violencia ha sido una constante en la cultura roquera desde su nacimiento. De las peleas entre las bandas y las tribus urbanas a la exaltación de la catarsis revolucionaria, pasando por las muchas loas a la delincuencia o a la simple gamberrada. Asimismo, el discurso roquero a menudo ha interpretado la violencia como una forma de subvertir el orden establecido, el mundo de los adultos. De la misma forma que la imaginería satánica, la ambigüedad en los roles de género o la sexualidad explícita, la violencia es vista como una provocación, una ruptura con el pensamiento dominante contra el que el rock busca rebelarse. No hay más que pensar en la infinidad de canciones que, desde los diferentes subestilos, se le han dedicado a la guerra y la muerte en batalla, las peleas, las tragedias, masacres y otras muertes colectivas, los asesinatos y asesinos en serie, las murder ballads (canciones que narran un asesinato en primera persona, una tradición muy arraigada en el folclore anglosajón que el rock’n’roll adaptó desde sus orígenes), las ejecuciones, etc. Recopilar siquiera las más destacadas exigiría extender este artículo mucho más allá de lo recomendable.

Fotografía de Luis R

Y, sin embargo, esta pueril concepción de la muerte ha ido dejando paso a otra más honda y reflexiva según el estilo evolucionaba y maduraba. De hecho, es un cambio que nuestra sociedad en su conjunto está experimentando en las últimas décadas: se persigue acabar con el silencio en torno a la muerte característico de las sociedades industriales, buscando nuevos significados de la muerte y el morir para nuestras vidas hipermodernas y ultratecnificadas. Del tanatoturismo al movimiento de reivindicación de la eutanasia y el suicidio asistido, pasando por nuevas prácticas funerarias como los altares espontáneos, los funerales individualizados y retransmitidos por la red, las despedidas públicas en redes sociales y medios de comunicación. La muerte está volviendo poco a poco a nuestras vidas, recuperando un lugar en el espacio público que nunca debió perder. Un proceso que también encuentra su reflejo en la producción artística y cultural (pensad en series como “A Dos Metros Bajo Tierra”, películas como “Mar Adentro” o “Million Dollar Baby”, etc.), y a la que el rock no es ajeno, como vamos a ir comprobando.

Si trazásemos una arqueología de esta nueva actitud hacia la muerte en la cultura rock habría que remontarse a las músicas de raíces de las que evolucionó el rock’n’roll. El blues, el country y el folk norteamericano y británico presentan numerosas tonadas que hablan de morir y de la vida tras la muerte. Las tradicionales “St. James Infirmary Blues”, “In My Time of Dying”, “Man of Constant Sorrow” (Dick Burnett, 1913), “O Death” (Lloyd Chandler, 1920) o “Death Letter Blues” (grabada por Son House por primera vez en 1965) están entre los ejemplos más notables. A buen seguro muchos roqueros miraron atrás hacia estas fuentes cuando buscaron inspiración para cantar a la muerte y sus misterios, como prueban las numerosísimas versiones de todos estos temas.

Otro paso importante en el nacimiento de la nueva cultura de la muerte en el rock es la mítica “My Way” de Frank Sinatra (1969). Originalmente un hit menor del cantante pop francés Claude François, que Paul Anka reescribió como la recapitulación que un anciano hace de su vida justo antes de morir. Sinatra por su parte se encontraba en un momento especialmente sensible de su trayectoria, algo que sin duda influyó en la interpretación tan sumamente emotiva que le imprimió al tema, transformándola en un clásico instantáneo de su repertorio. Confundiéndose con el protagonista de la canción, en “My Way” Sinatra repasa con melancolía una vida vivida satisfactoriamente, pero que está llegando a su inevitable final. Es posiblemente la canción de despedida más hermosa jamás grabada, y el espejo en el que debe mirarse cualquier tema que aspire a transmitir la misma sensación. Y aunque sabemos que La Voz nunca fue demasiado fan del rock’n’roll, es innegable que ha ejercido una descomunal influencia en esta cultura musical, más en un plano estilístico y actitudinal que estrictamente sonoro.

Como en prácticamente todo lo demás, los Beatles, los Beach Boys y la Velvet Underground fueron grupos pioneros en la introducción de la muerte como un tema legítimo dentro del rock’n’roll. Los dos compositores principales de los Fab Four, John Lennon y Paul McCartney, habían perdido a sus madres siendo adolescentes (Lennon a los 17 años, McCartney a los 14), y ambas serían inmortalizadas en sendas canciones de los de Liverpool:  la intimista “Julia” del Disco Blanco (1968) es el homenaje de Lennon a su progenitora, atropellada por un conductor borracho diez años antes. La celebérrima “Let it Be” (1970) cuenta como la madre de Paul McCartney se le aparece en sueños y le pide que deje de sufrir por su muerte, que simplemente lo deje estar. Un bellísimo canto a la aceptación de la muerte que supuso un avance enorme en su tratamiento como temática roquera. En la amarga “Till’ I Die”, del disco “Surf’s Up” (1971), Brian Wilson (el líder de los Beach Boys sumido entonces en una profunda depresión de la que nunca terminará de recuperarse por completo) expresa su sensación de insignificancia frente a la inmensidad del océano y el cielo, y juega con la idea de fundirse en ellos al morir. Por otro lado, en el influyente álbum de debut de la Velvet Underground (1967) encontramos “The Black Angel’s Death Song”, una curiosa canción en la que el Ángel Negro, una personificación de la propia muerte, filosofa sobre el significado de vivir y morir.

Los años 70 fueron una década pesimista y desconfiada, en la que el mundo despertó del sueño utópico de los 60. También fue la década en la que el rock alcanzó su madurez plena y, para muchos, su cima creativa. No es ninguna sorpresa que sea también la década donde el rock profundizó en su relación con la muerte. En todos los grandes estilos y la práctica totalidad de las grandes bandas que dominaron las listas de ventas en los 70 encontramos canciones relacionadas con la muerte y el morir.

En la escena de cantautores es donde podemos encontrar el mayor número de canciones en las que la muerte hace acto de presencia. “Fire and Rain” (1970), el primer éxito de Randy Newman, trataba de su reacción al suicidio de su amiga Suzanne Schnerr. Pocos años después escribiría también “Texas Girl For The Funeral of Her Father” (1977), donde Newman se pone en la piel de una joven que examina la vida de su padre recién fallecido. La explícita “Song for Adam” (1972) es el homenaje de Jackson Browne a un buen amigo que también decidió suicidarse. “Seasons in the Sun”, una ñoña canción de despedida de la vida, fue sin embargo un hit mundial en 1974, y la única razón por la que todavía recordamos al canadiense Terry Jacks. Y por supuesto tenemos a Bob Dylan, el cantautor rock por excelencia. El nobel de literatura había rondado el tema de la muerte desde su primer disco de 1962, pero llegó a su cima con la lírica “Knockin’ on Heavens Doors” (1973) que Dylan compusiera como parte de la banda sonora de la película “Pat Garrett & Billy the Kid” de Sam Peckinpah, en la que el Judío Errante tenía un papel secundario. Aunque todavía gira en torno a la muerte violenta (trata los momentos finales de un sheriff que acaba de recibir un disparo mortal), la belleza con la que retrata la agonía de una vida que se escapa constituye un indudable hito en la cultura roquera sobre la muerte y el morir. Otro ejemplo es la tétrica “Going, Going, Gone” de 1974, en la que Dylan juguetea con la idea del suicidio. Como veremos, no serán estas las últimas aportaciones del de Duluth en este campo.

En el ámbito del rock sureño encontramos “Ain’t Wastin’ Time No More” (1972) que Greg Allman escribió en memoria de su hermano Duane, fallecido en un accidente de moto el año anterior. La semi-instrumental “The Great Gig in the Sky” (1973) de Pink Floyd, trata -según el teclista Richard Wright- de reflejar el miedo ante el final de la propia vida. En la vivaracha “Dancing with Mr. D” (1973) los mismísimos Rolling Stones juegan a pensar cómo sería su final, y apuestan por una visión carnavalesca de nuestra relación con la parca. Aunque habla más del renacimiento y la renovación que de la muerte en sí misma, es inevitable traer también a colación “Stairway to Heaven” (1971), el legendario himno de Led Zeppelin que habla de una mujer que, estando en su lecho de muerte, recibe una segunda oportunidad y vuelve a la vida. El cuarteto británico transformó también “In My Time of Dying” (1975), el espiritual negro tradicional del que ya hemos hablado y que refleja magistralmente la angustia del moribundo, en una de sus más épicas composiciones. Y por supuesto tenemos “(Don’t Fear) the Reaper” (1976), la canción más famosa de los hard rockeros Blue Öyster Cult, y la más explícita alusión a la inevitabilidad de la muerte que el rock había dado hasta ese momento, al menos en un tema mainstream. En cuanto al glam, tenemos, entre otras, la maravillosa “All the Young Dudes” (1972), escrita por David Bowie pero popularizada por Mott the Hopple, el ejemplo más puro de las canciones de suicidio adolescente.

Ilustración de Little Mar

Los 70 fueron también los años en los que las consecuencias del exceso en el consumo de drogas se hicieron más patentes, lo cual tuvo su inevitable reflejo en la música. “The Needle and the Damage Done” (1972) de Neil Young es probablemente la primera (y aún a día de hoy seguramente la más bella) canción que se tomó en serio la problemática, aunque no está del todo claro que hable explícitamente de la muerte (el verso “I see the needle take another man” puede interpretarse de varias maneras). No sería la última vez que Young se enfrentara a ese demonio: su disco “Tonight’s the Night” (1975) se inspiraba en la culpabilidad que le generaban los fallecimientos de Danny Whiten -guitarrista primigenio de Crazy Horse- y el roadie Bruce Berry. “Turn that Heartbeat Over Again” de Steely Dan (1972), “People Who Died” de Jim Carroll (1980) o “Heaven Tonight” (1978), el tema que daba título al tercer disco de Cheap Trick, también abundaban en la muerte por sobredosis.

Los 80 arrancaron con el asesinato de John Lennon, un acontecimiento que sin duda ha pasado a la memoria colectiva como simbólico fin de ciclo para la cultura popular, y que por cierto inspiró “Here Today” (1982) la sentida tonada que Paul McCartney dedicó a su antiguo compañero. Además de Lennon, la década comenzaba con las pérdidas de otros dos grandes iconos, Bon Scott de AC/DC y John Bonham de Led Zeppelin, lo que parecía augurar que la tendencia hacia una creciente presencia de la muerte en el rock continuaría en los 80. Y, sin embargo, no fue así. Los 80 fueron la década colorida y optimista por antonomasia, una especie de segunda juventud de la cultura pop. No tenía mucho sentido hablar de la muerte mientras Cindy Lauper o Bobby McFerrin nos apelaban a ser felices, divertirnos y no preocuparnos. Y para muestra un botón: “Back in Black” (1981), que AC/DC dedicaron a su fallecido cantante. Un disco que en principio podría haber sido grave y depresivo estaba repleto de canciones juerguistas y alegres, como los demás álbumes de la banda. Incluso el mítico tema que da título al disco, obviamente escrito en honor del vocalista escocés, apostaba por la ferocidad del que se levanta de un golpe, en vez de detenerse en el significado de la muerte del amigo perdido. Era como si prefiriesen despedir a Bon con una celebración vitalista de su trayectoria, y la promesa de seguir adelante con una sonrisa, como el camarada caído enseñó en el tiempo que pasó en el planeta. Ese era el zeitgeist predominante en los 80, la “última década feliz” como la ha denominado algún historiador contemporáneo.

No obstante, hacia el final de la década el ambiente cultural fue evolucionando en una dirección totalmente distinta. Varios factores pueden explicar este giro: la generación X llegaba a la adolescencia y la juventud; el terror que generó la expansión de la epidemia del SIDA; el apogeo en el consumo mundial de heroína, que llegó a ser una más que importante causa de mortalidad entre los jóvenes de aquellos años; la progresiva degradación de la vida urbana de los grandes centros industriales afectados por la deslocalización de las fábricas al Tercer Mundo. De un modo u otro, la cultura popular, incluido el rock’n’roll, tendió a volverse más y más oscura y pesimista según los 80 se acercaban a su final. En estas circunstancias era de esperar que las reflexiones sobre la muerte y la mortalidad retornasen a la música rock, y en efecto, así fue.