El post-post-rock: las nuevas vidas de AMFest

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Un suave arpegio de guitarra empapado de delay. Sus preciosistas y lánguidas variaciones crecen durante cinco, seis, diez minutos hasta que al final estallan como crisálidas irisadas en clímax de éxtasis. La teoría del post-rock la conocemos sobradamente, aunque sea de forma caricaturesca; ni nos imaginamos cuánto deben tenerla en mente los organizadores de AMFest, que tras seis ediciones empiezan a comprender que aquí hay algo que, de forma subrepticia, está empezando a cambiar.

Podemos estar más o menos de acuerdo en que hace veinte años la música de herencia shoegaze dejó una factura transgresora y catártica a través de códigos hasta entonces inéditos. De la fe anarquista profesada por Godspeed You! Black Emperor a la garra de Mogwai hasta el mundo de melancólica fantasía de Sigur Rós, las propuestas crecidas a la sombra de My Bloody Valentine o Cocteau Twins fueron creciendo lentamente hasta su gran estallido en la actual década, en la que no impresiona que bandas como Mono, Explosions In The Sky o God Is An Astronaut se sitúen como cabezas de cartel de múltiples festivales de renombre internacional. ¿Estamos ante el clásico discurso de la muerte de éxito de un género cuando cruza el umbral de las catacumbas de underground? Es probable, pero definitivamente, es una mera percepción derivada de la lectura que hago de su papel en el mainstream y el estancamiento de sus fórmulas.

No cabe duda de que esta misma reflexión es la que debe sobrevolar las mentes de la organización de este evento que ha terminado por ser uno de los buques insignia de la barcelonesa La [2] de Apolo, recientemente reformada y luciendo unas más que envidiables prestaciones técnicas evidenciadas en su excelsa iluminación, su ampliado aforo y su deslumbrante sonoridad. Algo que ya parecía intuirse con la inclusión de conjuntos como Nothink, Za!, Tiger Menja Zebra o Arms And Sleepers en sus anteriores ediciones se ha hecho patente en la actual: AMFest ya no es un mero festival de post-rock o math a lo sumo, sino que está empezando a encontrar su vocación en los derivados de los géneros alternativos de hoy y ayer. Y lo cierto es que el resultado no defrauda en absoluto.

Sin embargo, está claro que renunciar de lleno a la identidad post-rock de sus raíces hubiese supuesto un auténtico suicidio estratégico, puesto que el núcleo duro de su audiencia fidelizada se siente en su mayoría atraída por dicha sonoridad. Y en ese sentido, queda claro que la primera jornada representó un homenaje a esos orígenes que cada vez parecen estar más lejos – lo que no obsta que su apuesta por la calidad siga siendo palpable. Un ejemplo evidente de ello fue Degraey, banda local encargada de abrir el festival con su post-metal creciente en interés a medida que avanzaba su musculosa actuación, llena de furia e intenciones que finalmente se materializaron en una sólida apertura.

No debió sorprender a los más acérrimos seguidores del festival la potencia del arrasador sonido de Sleepmakeswaves, cuyo set contó con numerosos episodios de brillantez tales como su cierre “Something Like Avalanches”. Sí que apuesto a que las expectativas con Lite no debían ser tan altas inicialmente; pero lo verdaderamente fascinante de AMFest es su capacidad de cogernos siempre por sorpresa. Al igual que El Ten Eleven, leyendas de la anterior edición tras su insultante derroche de virtuosismo, los nipones hicieron lo propio con su desconcertante alud de math rock lleno de ritmos rotos, guiños al jazz y episodios de auténtico surrealismo musical.

La sensación de sorpresa logró alargarse incluso un poco más durante la segunda jornada gracias a una de las propuestas más llamativas de esta edición: el neorromanticismo intimista de Marina Herlop, protagonizado únicamente por su elástica ejecución al piano y su voz sobrenatural, adentrada siempre en inhóspitos pasajes de harmonías tensas y modulaciones súbitas y extremas que lograron sobrecoger a un público atónito. Podríamos conceder que ese estado logró alargarse algo más con una actuación a medio gas de los más normativos pg.lost, quienes solamente lograron hacer notar algo de interés durante su actuación en sus temas de apertura y clausura mediante predecibles clímax post y tímidas incursiones electrónicas.

Las apuestas quizá menos acertadas fueron las que acaecieron hasta el final de esa jornada: el genérico suceder stoner de unos sobreactuados y excesivos Truckfighters cayó como un auténtico jarro de agua fría entre la sensibilidad global del cartel, a duras penas remontando su set hacia el final entre un sonido terriblemente saturado – sin motivo aparente – que arruinaría la actuación de unos aclamados And So I Watch You From Afar, quienes lograron salvar su actuación gracias a su elocuente math, lleno de riffs dignos de luxación, su gran actitud escénica y su asombroso despliegue lumínico. La noche se cerró de forma apaciguada con la electrónica de Playback Maracas y ciertas dudas sobre la jornada en el aire dado el marcado carácter irregular de sus actuaciones.

Dichas dudas se despejaron en la jornada final; solventados todos los problemas técnicos del viernes, el sábado se abrió discretamente con Blak y The Last 3 Lines, siendo estos últimos un curioso caso digno de estudio en los carteles de AMFest. Su rock psicodélico de factura alternativa, que terminó por convencer a propios y ajenos, allanó el terreno para el furioso garage de las mediáticas Mourn, protagonistas indiscutibles en actitud junto a The Wax en la noche del sábado. No tan afortunada fue la actuación de los veteranos My Vitriol, quienes basaron su actuación en un incómodo y forzado ejercicio de nostalgia britpop sumamente inconexo en la propuesta general del festival. Paradójicamente, la gran sorpresa pudo darse en el marcado carácter radical y revolucionario – en el más amplio sentido de la palabra – del dúo electrónico The Suicide Of Western Culture, siendo el gran contrapunto sonoro de la edición y saldando así su deuda pendiente tras su cancelación el año pasado. Su meditada sucesión de mensajes propagandísticos en busca de la estética más tradicional española, reflejada en la alusión a las citas de Miguel de Unamuno o las referencias directas a la Guerra Civil, cerraron de forma enérgica y apabullante una edición que deja cierta sensación de incertidumbre: ¿quiénes quieren ser Aloud de mayores? Eso sólo el tiempo nos lo dirá. Mientras tanto, podremos decir que habremos asistido al renacer de una de las leyendas vivientes del underground patrio.