El Amplificador – Like a shot (Luis Boullosa)

LIKE A SHOT

En el principio era la banda, ese grupo de amigos, esa cueva de compinches, esa familia electiva y libre. Y la banda se divertía. Y la música era sólo una de las cosas que les divertía. Había en ellos algo vandálico y urgente. Sus incapacidades tenían cierta gloria. Todo estaba por decidir, y en esa duda restallaba el nervio de lo posible.

Si un día te ves tocando y no queda nada de eso, revisa tu agenda, tu mapa y tu bar. Igual necesitas cambiar de año, de lugar y de compañía.

Vuelvo estos días de escribir libros y me embarco en otra mudanza. Me rodea la vida en cajas, y la mitad de esas cajas, al menos, están llenas de discos. Vuelvo de analizar letras, de trazar los recorridos espirituales de otros y escarbar en referencias ignotas. Del drone, el experimento reciclable, el recitado post noise, el cacareo urbanita, la poesía fracturada, el post todo, que decía quel. Y al parar, finalmente, noto que algo falta en el tacto de los días.

Una tarde, de viaje, me recomiendan un disco en Radio City, esa excelente tienda de Madrid, y me lo llevo. La banda se llama Power, y su “Electric Glitter Boogie” suena grasiento, navajero y bruto como un arado. Luego, en internet encuentro a Davidians, que en su debut, “City Trends” hacen otro tanto, aunque desde el ala Amphetamine Reptile, ya saben: rítmica de espasmo, guitarras incineradas, mala baba, velocidad ocasional. Bandas de bareto, ambas, benditas sean. Animales perfectos que como tantos otros jamás saldrán, probablemente, de su cortocircuito, y que por un momento me devuelven eso que estaba ausente. Son esos tipos, me digo, los que saben de qué va. Esos tipos cuya pretensión/obsesión máxima es beberse unas birras gratis, reírse de todo y –atentos a esto- que la banda suene como un puto tiro.

Y como tengo la vida en cajas podría permitirme ahora una selección puntillosa de ese pub punk que tanto me ha dado, según reviso y limpio los discos, comidos algunos a medias por el moho de tres inviernos galaicos de montaña. Apuesten a que en ella estarían los tres primeros de los Cosmic Psychos; cualquier cosa que los Feelgood hiciesen con Brilleaux -ese santo bebedor que tuvo la mala suerte de morir el mismo día que Cobain-; Tad, Antiseen, Federation X; GG Allin, The Popes. Estarían la Trapera y El Legado, Eskorbuto y Pantano, The Rippers y Mostros, Little Cobras y Miraflores. Estarían, por qué no, Unsane, The Onyas, Hits, The Jacobites, Los Tupper, Royal trux, El Ángel y los Volcánicos. Todos los Motorhead de bolsillo, todos los Stones de mercadillo, todas las Velvet a trompicones, todos los pelanas incendiados, todos los perros sin dueño que domaban el ruido. Todos aquellos -atentos a esto- a los que su ralea de mil leches no impedía sonar como un puto tiro. “Like a shot” decían los Burning, santos patrones de esta vaina.

Porque peores que las bandas pretenciosas son las bandas vagas; y peores aún las bandas vagas que sólo saben quejarse. Necesito que la sencillez sea constante y sólida como un puño. Sólo eso pido. Dice mi amigo Javier Colis que los genios son siempre, además, los que más trabajan. En esta modesta liga de bareto de la que hablo los grandes son también los estajanovistas. Fue Javi, precisamente, uno de los que trajo, ahora recuerdo, a los Jacobites a España por primera vez, allá por el 95. Los de Sudden y Kusworth salieron a la palestra de El Sol completamente borrachos (o lo que fuese), eso se veía a kilómetros. Y sin embargo, señores, ¡qué bolazo!

Eso quiero, ahora, y a eso he aspirado también con casi todos mis proyectos musicales. A veces, siendo también yo un vago y un inconsciente. Más tarde, tratando con suerte dispar de trabajar con más constancia y más precisión. He descubierto, en el camino, que aquello que parecía tan fácil no lo era en absoluto. Mi respeto por todos esos pequeños grandes grupos, he crecido enormemente con los años: para mí, por citar animales cercanos entre sí, los Beasts of Bourbon llevan décadas siendo más grandes que los Stones.

Y recuerdo a mi padre. “He estado en los mejores restaurantes”, decía, “pero a veces no hay nada como unos huevos fritos con chorizo”. Tengo que darle la razón, mientras sigo abriendo cajas y encontrando tesoros. Echo de menos profundamente –no diré que necesito- esas noches en las que uno terminaba transfigurado por el sudor, la adrenalina y la cerveza, y salía de un bolo supuestamente menor dispuesto a incendiar la ciudad o quemarse a lo bonzo en el intento. Transfigurado, sí, por lo glorioso de lo simple, siempre tan difícil de obtener.

 

Luis Boullosa es escritor y crítico musical, su último libro “Santos y Francotiradores” ha sido editado por 66 RPM Edicions.