El londinense Christopher Nolan puede presumir de estar en el olimpo de realizadores con una filmografía intachable junto a David Fincher, Tarantino o Denis Villeneuve, por ejemplo. Cuenta con legiones de admiradores (entre los que me hallo) y miles de detractores a partes iguales, pero eso siempre es buen síntoma; el no dejar indiferente es una constante cuando alguien despierta admiración unánime entre un amplio sector del público y la crítica, de manera inevitable, pasa a ser presa fácil de los odiosos haters.

Memento, Origen, la trilogía del Batman de Christian Bale, el Joker de Heath Ledger o Interstellar han dado muestras de que Nolan es uno de los más visionarios directores de la actualidad, porque ha sabido, como nadie, darle al mainstream una dimensión cargada de trascendencia impregnándolo de un sello personal que es perfectamente reconocible.

Sus películas tienen varios puntos en común: se construyen sobre las bases de guiones elaborados que han transitado por los extraños caminos de la memoria, las fases del sueño, del insomnio, los conflictos morales de un hombre reconvertido en héroe y villano o los viajes astrales de un astronauta por realidades paralelas y dimensiones galácticas desconocidas; se expresan mediante una fotografía perfecta de filtros monocromáticos; se narran mediante unos montajes que son un milagro al servicio de los juegos espacio temporales a los que es tan asiduo el director; se sienten gracias a las partituras de Hans Zimmer, que son un personaje más de cada trama y se viven mediante esas galerías de personajes cargados de humanidad y de demonios internos.

Cuando Nolan tocó el techo del barroquismo conceptual y del virtuosismo visual con la incomprendida Interstellar muchos pensamos en cómo podría rizar el rizo en su siguiente trabajo; es entonces cuando nos desconcierta, de nuevo, con otro movimiento maestro. Renunciando a los pilares de su cine, guión y trama complejos, pone al servicio de una historia bélica real toda su habilidad como realizador y se aleja por completo de sus temáticas de cabecera en un sutil intento por hacerse con más público y todos los premios del mundo para demostrar que también domina con pericia lo del “menos es más”, que simplificar, muchas veces es un acierto, y ese acierto se llama Dunkerque.

La Batalla de Dunkerque y  la Operación Dinamo fue uno de los episodios de La II Guerra Mundial más angustiosos y catastróficos, pero uno de los que más luz arrojaron sobre la importancia de la ayuda humanitaria en un conflicto bélico, sobre lo absurdo y descarnado de una guerra, sobre la supervivencia como único motor en situaciones extremas, sobre lo irracional de los patriotismos y los nacionalismos y sobre las luces y sombras que se ciernen sobre el concepto de heroicidad.

Nolan, desde el primer soberbio plano secuencia, nos sumerge, sin apenas dejarnos respirar ni un minuto, en el corazón de ese momento en el que se trató de salvar la vida de más de 300.000 soldados aliados que pretendían huír por las costas de una Francia asediada por los alemanes, soñando con llegar a tierras inglesas (in)sanos y salvos.

La fuerza de Dunkerque no se halla en sus personajes o en la épica de sus frases, de hecho es muy parca en diálogos, se halla en la valentía de sus potentes imágenes, su incansable y frenética banda sonora y en los comportamientos y reacciones de unos personajes de los que no conoces ni el nombre y aún así quieres que sobrevivan a un enemigo, que de alguna manera es invisible al espectador pero que, en cambio, está totalmente omnipresente.

Aunque, de entrada, es la película menos compleja de Nolan, la marca de la casa impregna todo el conjunto. Una semana en tierra, un día por mar y una hora en el aire son los tres núcleos espacio temporales que encajan con la precisión de la maquinaria de un reloj para desarrollar las angustiosas pugnas físicas, morales e internas de los protagonistas y a las que el espectador se enfrenta clavado en la butaca.

Las secuencias de acción y supervivencia se suceden con un realismo descarnado en lo que es un ejercicio de reinvención del género bélico al alcance de muy pocos, y las partituras de Zimmer suenan al ritmo de bombas, tiroteos y torpedos marcando el tempo como una cuenta atrás en la que cada segundo es crucial para permanecer vivo o caer derrotado en el campo de una batalla que no tiene ni ganadores, ni perdedores, todos pierden en una guerra, y es ahí donde aparece el Nolan con tendencia a la moraleja, al mensaje, el Nolan que nos plantea las cuestiones que llevan rodando nuestra cabeza durante todo el metraje ¿cual es la verdadera victoria en un enfrentamiento de estas magnitudes?

Algunos pueden pensar que es sobrevivir, otros que dar la vida por tu país o por algún camarada, quizás sea no perder la humanidad en el camino, o no perder la cabeza simplemente; poder cerrar los ojos y volver a soñar con que un mundo mejor es posible sería todo un logro, pero la verdadera victoria es mantener la calma tras la tormenta, es esos minutos de paz sobrevolando una playa en silencio y en slow motion con la sensación de haber hecho lo correcto aunque nadie te recuerde por ello, porque así es una batalla y así es la vida, una lucha diaria plagada de héroes anónimos.