De acuerdo, aceptamos Zebulon (Rudolph Wurlitzer, Tropo Editores 2017) como western; al fin y al cabo la acción se sitúa en plena Fiebre del Oro, en la América fronteriza y el protagonista es un cazador de las montañas. Pero las similitudes con el género no se extiendan mucho más allá. Para empezar, la Frontera, ese elemento cuya presencia es históricamente irrenunciable aparece de manera difusa, sin la resonancia mítica a la que estamos acostumbrados. No se trata del eje mitológico sobre el que se articula la acción como en un western convencional, pero admitamos que, si no en el fondo, Zebulon si es un relato del Oeste en la forma, como pueden serlo obras del pelaje de Butcher Crossing, El Monstruo de Hawkline o Meridiano de Sangre. El relato se centra en el peregrinar del protagonista, Zebulon Shook, que vaga arrastrando una maldición que le mantiene entre dos mundos, no llegamos a saber si está vivo o muerto mientras deambula incansablemente por una tierra y una nueva época que ya no le pertenecen. Al igual que Zebulon emprende un viaje metafísico que no se dirige hacia ninguna parte, la narración no avanza, sino que serpentea, gira sobre sí misma, desaparece por una madriguera y vuelve a retomarse en el pasado. Sin embargo el viaje sí tiene un sentido, una trayectoria geográfica; Colorado, Arizona, México, Panamá, California…territorios que están cambiando dramáticamente ante la codicia suscitada por el oro y la llegada de la civilización. Pero, no nos engañemos, este itinerario es un señuelo que oculta ese permanente tránsito entre dos dimensiones del que hablábamos, la frontera física ha desaparecido para Zebulon porque la narración discurre en una dimensión ajena al espacio y al tiempo. Añadamos una caterva de personajes a cual más disonante, más hiperbólico, más insólito; empezando por los padres de Zebulon, seres casi primitivos arrojados al margen de los nuevos tiempos; el hermanastro, Hatchet Jack que ora le salva el pellejo, ora le intenta matar; Delilah, la enigmática bruja eritrea, o el implacable alguacil, que nos recuerda al brutal Holden de Meridiano de Sangre, y no es la única similitud con la obra de McCarthy; también la violencia súbita y fulminante que se desata sin aviso. Esta violencia la llevó al cine como nadie Sam Peckinpah, con el que Wurlitzer colaboró en una de sus obras maestras Pat Garrett And Billy The Kid. El gran triunfo de Wurlitzer como guionista estuvo en la claridad con la que está expuesta el principal conflicto de la película (por ejemplo en la magistral escena de la cantina, el diálogo entre los dos viejos amigos antes de la batalla). Vemos aquí también la fuerza de las sentencias, así como el contraste marcado entre los contrincantes, el carisma y la capacidad de seducción innatas de Billy (fabuloso, Kris Kristofferson) contrastan a las mil maravillas con la dureza y la vigorosa actitud de Pat Garrett (James Coburn) y su habilidad para componer un personaje tan intrincado. Terreno conocido, como vemos.

“La frontera física ha desaparecido para Zebulon porque la narración discurre en una dimensión ajena al espacio y al tiempo”

De hecho Zebulon tiene cuerpo de guión cinematográfico, y no es extraño, pues es su génesis. Después de escribir tres novelas a finales de los lisérgicos sesenta,  Wurlitzer se dedicó al guión, y escribió un primer esbozo de Zebulon entonces (titulado The Drop Edge of Yonder, a la sazón título original de la novela) con la intención de que lo dirigiese Sam Peckinpah, que murió poco después. Wurlitzer intentó entonces hacerlo con otro héroe de la contracultura cinematográfica como era Hal Ashby, que también falleció antes de poder llevarlo a cabo. Ante lo que parecía ser una maldición, el proyecto quedó aparcado hasta finales de los ochenta, cuando Jim Jarmush se interesó en la historia; sin embargo Wurlitzer no se puso de acuerdo con él en algunas de las ideas sobre las que pivota la narración, y el proyecto quedó de nuevo en el archivo. Poco después Jarmush rodó Dead Man (1995) robando directamente y sin ruborizarse algunas de las líneas argumentales básicas. La reacción de Wurlitzer fue modificar el proyecto inicial y escribir la novela que nos ocupa. Novela que contiene a grandes rasgos todos los elementos que hacen de los guiones del autor algo icónico y único, como los diálogos crípticos, escasos y cargados de significado, las reminiscencias del budismo y los triángulos amorosos. Hablamos de contracultura, no lo vayáis a olvidar.

Un personaje fundamental en la historia de Rudolph Wurlitzer es Monte Hellman, uno de los directores más reputados y coherentes que salieron de la última época dorada de Hollywood, que le abrió las puertas del cine al pedirle el guión de una de esas películas que el tiempo encumbra como obras referenciales. Hablo, como no, de Carretera Asfaltada En Dos Direcciones (Two Lane Blacktop, 1971), que es junto a Easy Rider la road movie por excelencia. Película que por cierto guarda algunas conexiones con Zebulon, como el ritmo cadencioso, los personajes como metáforas, los escenarios naturales, el nihilismo o la ausencia de destino. Aparentemente Hellman contactó con Wurlitzer porque le había encantado Nog, su primera novela publicada en el año 69, y que está publicada en nuestro idioma por Underwood. La historia original de Two Lane Blacktop, escrita por Will Corry, incluía los personajes anónimos del Conductor y el Mecánico, así como el de la chica. En la película, Hellman tuvo el inmenso acierto de darle los papeles protagonistas no a dos actores, sino a dos músicos sin experiencia en el cine, James Taylor y Dennis Wilson. Sin embargo fue Wurlitzer quien añadió la pieza clave que es el GTO, el único personaje con trasfondo puramente existencialista, interpretado por un exultante Warren Oates en la cima de su carisma. También Oates protagonizó el Western Acido por excelencia, también dirigido por Hellman en 1965, El Tiroteo (The Shooting). Una muestra totalmente inédita de viaje psicodélico, reflexión existencialista, o travesía de auto-conocimiento en un género como era el western que estaba empezando a sacudirse el manto de conservadurismo rancio y actualizarse. En esta corriente genérica también podríamos incluir películas como El Topo de Jodorowsky (de hecho, el término Acid Western se usó por primera vez para definir esta indefinible bizarrada); Greaser’s Palace de Robert Downey (Senior), otra marciandad plagada de simbolismos; Walker, curiosa incursión de Alex Cox en este mejunje con guión de Wurlitzer o la ya mencionada Dead Man de Jarmush.

Centrándonos en The Shooting podríamos intentar resumir la historia, hermética a más no poder: una mujer convence a dos cowboy, Warren Oates y Will Hutchins para que la ayuden a llevar a cabo una venganza contra alguien pero no sabemos nunca quién es. Tampoco sabemos cuál es la razón por la que quiere vengarse. A ellos se les une en la persecución un imberbe Jack Nicholson, pistolero silencioso por antonomasia, que al parecer conoce a la chica, pero no se sabe de qué. Como en el caso de Zebulon la historia avanza sin que se sepan los detalles acerca de las motivaciones que mueven a los personajes. Los protagonistas se ven arrastrados a llevar a cabo una misión que no saben de qué va. No tenemos información alguna de en qué año transcurre la acción ni dónde. El territorio por el que se arrastran los jinetes es un universo sin coordenadas espacio temporales, una especie de planeta donde no se cruzan con nadie, desértico no solo por el paisaje sino por la sensación de paraje apocalíptico, alegórico despoblado de seres humanos, como si el extraño grupo de silenciosos personajes que protagonizan la película fueran los últimos habitantes del planeta. El conflicto de la acción nace del deseo del personaje de Oates de escapar de la misión, de entender de qué va todo esto, de su frustrado anhelo de saber qué y a quién se está persiguiendo. ¿Se trata de una metáfora tal vez del desconocimiento y la incertidumbre del hombre en el universo? ¿Es una alegoría de la eterna búsqueda de respuestas que nunca llegan por parte del ser humano en una universo hostil y sin sentido? Si realmente hay un western abierto a la interpretación es este.

Los espectadores asistimos también atónitos a esa incertidumbre. No sabemos nunca nada, estamos tan perdidos como los dos cowboys por esa tierra inhóspita. Justo al final, cuando parece que va a resolverse el enigma, nos encontramos igual que el personaje de Warren Oates con esa impactante imagen que, en lugar, de resolvernos las dudas nos introduce en un abismo de incertidumbre aún mayor. ¿Quién es entonces el tipo al que perseguían? ¿Puede tratarse de él mismo transfigurado por la intervención de algún tipo de elemento mitológico? ¿Es su propia imagen reflejada diciéndonos que todo ha sido una aventura irreal, de autoconocimiento? ¿Acaso es que está ya muerto desde el principio de la historia como Zebulon?

A pesar de ser prácticamente una desconocida, El Tiroteo es una película esencial en la historia del western. Es la primera que se atreve a llevar el género a un lugar tan filosófico y alegórico, algo que por otra parte será mucho más habitual en los western que estaban aún por llegar. El héroe ya no es un infalible y bondadoso cowboy al servicio de la justicia sino un hombre torpe y débil, envuelto en la duda más absoluta, un hombre sumido en un profundo dilema sobre su identidad. Ese es el héroe moderno, el tipo que explora sin saberlo los límites de sí mismo y del universo que le rodea sin hallar respuesta a ninguna de sus inquietudes, el héroe que se va desvencijando lentamente, envejeciendo, corrompiendo, consumiéndose poco a poco hasta morir y pasar a formar parte de esa tierra mítica, por la que ha estado vagando durante siglos.

Zebulon (Tropo Editores)

260 págs.

19,96 €

ISSN: 978-84-945153-7-8