Tal vez la mejor manera de empezar a hablar de distopía, o antiutopía, sea ir al diccionario y ver su significado.  Distopía es un término anglosajón basado en el término Utopía, que representa una sociedad idealizada y perfecta como antónimo para describir justamente lo contrario. Se atribuye a John Stuart Mill la primera utilización documentada del término distopía en su intervención parlamentaria de 1868, estando el término relegado del Diccionario de la Real Academia Española hasta su inclusión en el mismo por José María Merino que la definió como “(…) la representación imaginaria de una sociedad futura con características negativas que son las causantes de la alienación moral.”

Una de las características que definen a las distopías es el ataque sistemático a los defectos de la sociedad, donde el afán por eliminarlos acaba desarrollando un entorno desalentador, totalitario de pensamiento único, con una ciudadanía alienada por un poder económico o político sin posibilidad real de decisión y sin acceso a la cultura que le permita salir del camino marcado por ese gobierno superior.

Para retratar estos males las distopías se centran en dos aspectos. El primero es que deben tener un fundamento real que permita reflejar la trama. El segundo es justamente lo contrario, deben tener una naturaleza irreal que permita poder describir estados sociales y/o políticos ilusorios e imaginarios. Estos dos parámetros son definitorios y en consecuencia hacen que la mayor parte de las distopías describan sociedades que son consecuencia de las tendencias sociales del momento en el que se crean y que llevan a situaciones indeseables, siendo una advertencia o una sátira de las tendencias actuales llevadas a finales apocalípticos.

El cine, la literatura, el cómic, los seriales de televisión, los videojuegos, incluso la pintura, han reflejado y tienen ejemplos de distopías convirtiéndose en vehículos con los que construir estas sociedades que de alguna forma fascinan por su capacidad adivinatoria o de denuncia. Existe un consenso que habla de una trilogía fundacional del género distópico como tal que son las obras literarias “Un mundo feliz”, de Aldous Huxley, “1984”, de George Orwell y “Fahrenheit 451”, de Ray Bradbury. Por supuesto hay obras anteriores que se pueden catalogar como distópicas, pero si nos ceñimos a su función precursora de un género dentro de la literatura, con sus consecuentes influencias en otras manifestaciones artísticas, estamos claramente ante las tres obras básicas, los cimientos, de un género que por sí mismo ha llegado a tener personalidad propia.

Por ir ya cerrando esta pequeña introducción terminológica solo queda decir que dentro de las distopías existen varios tipos en función de donde arraiguen las motivaciones de su creación.

Las hay políticas, como “1984”, publicada en 1949, “Nosotros” de Yevgueni Zamiatin, publicada en 1921, donde ambas sirven de ejemplo como obras que hablan de los riesgos de un régimen totalitarista. Dentro de este grupo también se podría hablar de obras que hablan de un mundo anarquista en oposición de un mundo capitalista, tal y como describe Ursula K. Le Guin en su novela “Los Desposeídos”.  También hay obras políticas donde el control social se induce no mediante propaganda, sino mediante el uso de drogas disueltas en el agua, tal y como imaginó Philip K. Dick en su historia corta de 1967, “La fe de nuestros padres”.

Otra categoría serían las distopías tecnológicas o científicas, siendo el trabajo de Aldous Huxley, “Un mundo feliz”, publicada en 1932, un claro ejemplo de ellas. Aquí el mundo se divide en castas en función de su genética y se habla abiertamente de la eugenesia y la manipulación sistemática de embriones con el objetivo de crear una sociedad conformista. También sirve para ilustrar esta categoría la novela “La pianola”, publicada en 1952, por Kurt Vonnegut, donde la sociedad está controlada por una casta privilegiada de ingenieros y el resto de los hombres viven controlados por las máquinas.

Curiosamente existen obras distópicas que hunden sus garras no en la desesperación y la oscuridad, sino en la sátira y por qué no incluso en el humor como recurso para denunciar o reírse abiertamente de ciertos aspectos imperantes en nuestra sociedad actual. Frederik Pohl en su obra “Mercaderes del espacio”, de 1953, describe un mundo controlado por las corporaciones y su marketing, mientras que “Limbo”, del escritor Bernard Wolfe, de 1952, es un reflejo claro de la Guerra Fría.

Hay también obras de género, de corte feminista como la descrita por Margaret Atwood, de 1985, “El corte de la criada”, en la que la sociedad está bajo un régimen teocrático y conservador en el que las mujeres están relegadas a un segundo plano y en el que su único valor es poseer ovarios. También dentro de esta categoría se puede hablar de una obra publicada en 1937, escrita por Katherine Burdekin, cuyo título “Swastika Night”, esconde un mundo donde Hitler es venerado como un dios, los judíos han sido erradicados y los japoneses son la única potencia restante, en el que prevalece un culto a la masculinidad y a la marginación social femenina.

Y por último nos quedan las distopías ecológicas, aquellas en las que la trama presenta, bien como tema central o solo parte, las catástrofes ecológicas. Es una de las distopías más utilizadas donde hay cientos de ejemplos, tales como “La sequía”, “El mundo sumergido” o “El mundo de cristal”, todas ellas de J.G. Ballard en las que el abuso tecnológico o la ignorancia ambiental son el motor central sobre el que el autor reflexiona a fin de mostrarnos el fin de los días de la especie humana. Superpoblación, contaminación, aniquilación de la flora y fauna, sobreexplotación de recursos y sus consecuencias (enfermedades, hambrunas, trastornos climatológicos) son algunos de los temas que abordan este tipo de obras.

Por tanto, se puede observar un patrón dentro del género que además lleva a poder hablar de distopías puras y distopías indirectas. Las puras se basan en complejos sistemas sociales, legales, económicos, culturales o políticos contra los que el protagonista lucha. Las indirectas son aquellas en las que la distopía es un escenario, un telón de fondo, donde se desarrolla la historia y la trama no describe un enfrentamiento del protagonista contra el sistema. Un ejemplo del primer tipo sería “Un Mundo Feliz” y un ejemplo de la segunda sería “Sueñan los androides con ovejas eléctricas”, de Philip K. Dick.

Y podríamos seguir bajando escalones dentro de la definición de distopía para descubrir, con asombro, que se trata de un crisol donde cabe de todo y que ha fascinado, fascina y fascinará a la literatura, el cine, los videojuegos y los cómics por siempre. Un crisol que no hace sino crear un espejo donde poder mirarnos y descubrir nuestras miserias, personales y sociales, con la que poder denunciar, satirizar o simplemente teorizar sobre nuestro futuro como especie si seguimos por ciertos caminos. Una distopía no es sino un futuro posible que somos capaces de imaginar, para temor nuestro, en el que todas nuestras pesadillas se materializan de la peor forma.

Pero por mucho que profundicemos en la definición siempre nos quedamos cortos en su visualización por no poder expresar realmente que es una distopía. Cada ser humano es único en sí mismo. Un ser humano puede leer una historia donde el mundo es una utopía y ver esa sociedad como un mundo muerto, alejado de todo y todos, sin vida real, mientras que una distopía puede parecerle un mundo interesante en el que vivir. La línea entre utopía y distopía es fina, tanto que se confunden en función de la moral y la percepción de la realidad del lector. Dos conceptos antónimos que se complementan y necesitan para poder definirse a sí mismos. Dos conceptos que, tal y como hemos visto, han sido explotados en la literatura con obras tan relevantes como las ya citadas, en el cine, con películas tan reconocibles como “THX-1138”, “Mad Max”, “Matrix” o “Metrópolis” y que han saltado a ese medio tan fascinante que une la prosa con la imagen en lo que conocemos como el noveno arte, el cómic.

V de Vendetta (Alan Moore/David Lloyd)

Un medio tan visual, tan versátil como el cómic no podía permanecer ajeno a un concepto tan fascinante como es el de la distopía. Sin necesidad de reflexionar mucho se pueden poner varios ejemplos de cómics que nos narran historias distópicas en las que una sociedad perfecta magnifica un defecto perverso y ruin. En muchas estanterías de cualquier aficionado a este arte se pueden encontrar obras como “V de Vendetta”, “Watchmen”, “Juez Dredd”, “Akira”, “Transmetropolitan”, “Punk Rock Jesus”, “Ronin”, “Private Eye”, “Ghost in the Shell”, “Días del Futuro Pasado”, “El Puño de la Estrella del Norte”, “Batman el Regreso del Caballero Oscuro”, “20th Century Boys”, “Y, el Último Hombre”, “Kingdom Come”… la lista es enorme, casi inabarcable.

Obras que, casualmente, tienen un enorme valor y su calidad es indiscutible, siendo su denominador común que todas son consideradas como obras influyentes y representativas de lo que se puede definir, vulgarmente como “cómics magníficos”.

Cada uno de los cómics anteriores reflejan una sociedad diferente, en la que su aspecto moral de base está desviado en una dirección con el fin de poder plasmar un aspecto exagerado y distorsionado de la sociedad real en la que nos encontramos. Hay obras donde la política domina todo, otras la ciencia, mientras que muchas se centran en la ecología marchita de la Tierra. También las hay económicas e incluso las hay donde todo se reduce al marketing y la imagen. Estados policiales donde todo es Ley, vigilantes que se creen capaces de ejercer su control sobre la sociedad. No importa donde se mire, estamos ante un conjunto de sociedades deformadas y retorcidas por sus autores de forma que podamos darnos cuenta que, aunque estemos leyendo ficción, la línea que separa la vida real de esas páginas es tan fina que solo hace falta el aleteo de una mariposa para que se pueda hacer realidad.

De nuevo un espejo, ahora con viñetas, ilustrado de manera profusa y elegante, capaz de devolver un reflejo borroso, o no, de lo que podría ser nuestra vida.

Con la definición anterior en mente se puede ir diseccionando con precisión quirúrgica cada uno de los ejemplos citados para ir desenterrando los secretos más perversos que hay encerrados en el interior de estas obras tan importantes. Tenemos sociedades en las que los héroes o mejor, en algunos casos, deberíamos hablar de antihéroes, se oponen con todo su ser al mundo que les rodea al considerar que no es justo ni moralmente válido y, por tanto, debe cambiarse según su propio criterio moral. “Watchmen” y “El Regreso del Caballero Oscuro” podrían ser dos ejemplos de ello. En el caso de “Watchmen” no hay héroe que valga, pero sirve de ejemplo supremo de como una sociedad es fruto de la humanidad, o falta de ella. En Batman es lo contrario, ya que Batman se opone abiertamente a la sociedad que se ha creado en su ausencia y se ve a sí mismo como el único salvador de la misma.

“V de Vendetta” es una obra ambigua en este sentido porque si bien es cierto que el protagonista se opone abiertamente a una sociedad muy similar a la que nos mostró Orwell en 1984, su propósito real no es tanto cambiarlo como vengarse de quienes le hicieron sufrir en nombre de una malsana ciencia. V no es un revolucionario, es un vengador que arrastra a las masas contra un sistema, el mismo que lo creó, que considera debe desaparecer, no por maligno, sino por lo que le hizo personalmente. Una forma muy interesante de plantear la acción dentro de esta sociedad y cómo el supuesto héroe reacciona a la misma.

Transmetropolitan (Warren Ellis/Darick Robertson)

“Transmetropolitan” se erige como paradigma del antihéroe moralmente rastrero, que considera a la sociedad un estorbo que no merece sobrevivir, pero a la que debe estimular, porque ese es su verdadero destino, salvarse por sí misma a través del efecto revitalizante de los textos de su protagonista. Un periodismo radical para tiempos radicales donde la palabra se erige como algo tan poderoso como un misil balístico termonuclear. Spider Jerusalem es Transmetropolitan. Jerusalem es lo que da vida a este futuro sucio y contaminado que nos retrata Ellis, donde la población vive sin vivir una existencia ajena a su propia vida. Ellis crea un mundo donde puede contar lo que lleva dentro y lo transmite a través de la figura de Jerusalem, un cínico periodista con el que poder reflexionar y de paso que el lector también lo haga, sobre tecnología, sectas, el poder del fuerte sobre el débil, las drogas de diseño, el poder de los medios de comunicación, la libertad de prensa… En resumen, se trata de una obra capaz de remover los intestinos del lector y una vez limpios pueda empezar a pensar por sí mismo.

Akira (Katsuhiro Otomo)

“Akira”, el Japón post nuclear que se niega a sí mismo y busca desesperadamente respuesta a lo desconocido mediante la ciencia, es una de las mejores obras de Otomo. Un trabajo faraónico el que se desarrolla en este manga donde la ciencia, lo sobrenatural, el miedo social, las drogas, el desencanto y el poder policial dibujan un mundo, una sociedad, la japonesa, desestructurada y alejada de sus tradiciones. Pero quien lea “Akira” esperando encontrar respuestas se dará cuenta enseguida que no responde a ninguna pregunta, sino que las plantea al lector para situarlo frente al espejo que tan poco nos gusta mirar. Ésta obra está llena de capas que rodean un núcleo escondido tras una historia de ciencia ficción, con la que Otomo da rienda suelta a su obsesión personal: la soledad del diferente. Cuesta dilucidar si Tetsuo, el héroe de la historia, realmente se opone al régimen social o simplemente reacciona frente al mismo por lo que le ocurre a su amigo Kaneda. Sea como sea, está claro que “Akira” construye un mundo en el que los seres humanos pueden ser más de lo que aparentan.

Estando ya en Japón, resulta curioso la obsesión que demuestran los autores de este país por mostrar distopías de lo más variopintas, siendo la más recurrente la postnuclear por razones tristemente conocidas, en las que la sociedad está destruida y la humanidad se enfrenta a su propia extinción, ya no solo por las condiciones medioambientales, sino también por la acción depredadora que parece activarse con mayor virulencia bajo estas situaciones de estrés social extremo. Pero no todo es nuclear en el manga y obras como “20th Century Boys” nos demuestra cómo se puede tejer una historia alrededor de un concepto supremo global que domina el mundo con aparente benevolencia, pero que inspira un temor silencioso a toda la humanidad. Century Boys es una obra que crea un enorme desasosiego en el lector.  Urusawa asusta por su capacidad para contar historias y enmarañar el pasado de Amigo, la figura desconocida que domina el mundo, y moverse con total soltura en el tiempo con el fin de ir desvelando, poco a poco, datos con los que poder ir construyendo la respuesta al enigma. Aquí el objetivo es claro, hay que detener a Amigo, sea como sea, y para ello es necesario saber primero quién es. Lo que Urasawa nos plantea es algo muy interesante. No se limita a decirnos que la sociedad así está mal y que por tanto hay que cambiarla, no. Lo que hace es decirnos que la sociedad está mal y que es nuestra obligación cambiarla. No es momento de quejarse de lo que otros hacen, es el momento de asumir nuestra responsabilidad personal y responder a eso que creemos que está mal haciendo lo correcto. Un matiz que parece nimio, pero que le da una vuelta de tuerca tremenda al clásico concepto de derrocar lo que no está bien dentro de las historias clásicas.

Juez Dredd (Carlos Ezquerra)

El “Juez Dredd”, el policía extremo que legisla, juzga y ejecuta a los criminales, máximo representante de la ley donde no cumplirla equivale a morir, nos pone frente a uno de los cómics británicos más famosos. Creado por John Wagner y Carlos Ezquerra, representa a una sociedad reprimida en la que todo el poder se concentra en la figura de estos mega policías. Con la excusa de la protección del civil, se genera un estado policial de extrema violencia donde toda responsabilidad legal recae en la figura de los jueces, que no son sino la respuesta física a la criminalidad de la sociedad, que justifica sus actos aplicando la ley, es decir aplicando justicia, lo que no significa que sean necesariamente justos.

¿Qué pasaría si una plaga acabara con todos los hombres de la tierra, salvo uno, dejando un planeta poblado de mujeres? Sobre esta pregunta se desarrolla uno de los mejores cómics distópicos, “Y, el último hombre”. Empezó a publicarse en 2002 y durante 60 entregas, Brian K. Vaughan, tejió una historia que no puede tener un planteamiento más simple. Yorick, el protagonista, se embarca en la búsqueda de su novia, Beth, perdida en Australia durante el azote de la plaga. Un camino que le deparará ir descubriendo cómo cambia el mundo cuando los hombres no están en él. Una historia en la que Vaughan trabaja de manera minuciosa la planificación y la estadística de comparación sexual, para ir desarrollando ese hombre versus mujer, lo que motivó que las opiniones sobre la obra se polarizaran entre los que la veían como una obra feminista y los que la consideraban misógina. Un mundo extraordinariamente bien construido, donde el equilibrio natural se ha roto y se desencadena una nueva situación que rompe con lo establecido. Por cierto, su final es uno de los mejores que se pueden leer por su emotividad, perfección y belleza.

Y, el último hombre (Briak K. Vaughan/Pia Guerra)

También de Vaughan tenemos “Private Eye”, una obra donde la privacidad se vuelve la máxima prioridad en el año 2076 tras la explosión de la Nube que reveló todos los secretos de todo el mundo. En esta sociedad no hay Internet y la privacidad es lo más importante, llegando incluso a aparecer en público enmascarados. Una lluvia de datos, un exceso de información que cambia el mundo y desencadena la desestructuración de la sociedad donde no hay espacio para lo privado. La policía es la prensa, los periodistas del corazón son ahora detectives privados, todo el mundo tiene una identidad secreta y desprecian a las anteriores generaciones por su hipocresía al publicar sus intimidades en la red y al mismo tiempo usarla para guardar sus más oscuros secretos. Un grito desgarrador con el que Vaughan espera que reflexionemos sobre lo que implica el uso de Internet y sus límites, dónde está la libertad individual y que es realmente privado o público. Una obra maestra.

Tantas obras y todas tan relevantes, tan personales y al mismo tiempo tan de todos nosotros, que no les hacen justicia estos pequeños párrafos. Son cómics profundos, descarnados, violentos (no siempre físicamente), capaces de transportarnos a otra sociedad, o más bien realidad, que aún refractada de la nuestra, es un reflejo distorsionado con muchas similitudes basadas en la exageración de alguno de los aspectos que nos definen como sociedad. Puede que definamos a una distopía como una sociedad ficticia, pero si arrancamos las capas de maquillaje, lo que nos queda, son unos cimientos muy similares a lo que es nuestra propia realidad. Lo curioso es que podemos procesar mejor en nuestro interior una sociedad que tiende a la distorsión moral, cultural, económica, científica o religiosa, pero nos cuesta más creernos un mundo perfecto, un lugar donde el respeto sea la moneda de cambio, donde las leyes no sean necesarias, donde lo material no importe… lo oscuro no lo ponemos en duda, mientras que la luz sí que la cuestionamos con dureza. Miramos nuestro interior a través de estos espejos y descubrimos con vergüenza que nos atraen por la propia naturaleza oscura del ser humano, al tiempo que nos aferramos a la esperanza, al cambio, a la posibilidad de que un solo individuo pueda cambiarlo todo. Esa doble faceta, esa dualidad interna es la que nos hace sentir con fuerza esos cómics que nos hunden en el barro más visceral. ¿Nos educan para creer en el no, en lo negativo, en lo peor, para seguir sirviendo en una sociedad en la que nos creemos libres? El miedo es el arma con la que nos acorralan de tal forma que llegamos a olvidar lo que somos y lo que podemos hacer como individuos y como sociedad. Nos atenazan con un trabajo, unas deudas que vienen descritas por lo que se dice es lo normal y adulto en todo proceso de maduración, para crearnos la falsa idea de que con un trozo de plástico somos libres de poder hacer lo que queramos con nuestras vidas. El camino marcado es estrecho, demasiado, pero entramos de forma ordenada con los sueños rotos, sueños forjados en la juventud, que nuestro entorno se encarga de ir haciendo añicos. Por eso no hay que dejar de soñar y desprenderse el miedo, es la única forma de poder ser libres de verdad y sentir que podemos romper las cadenas invisibles que nos atenazan. Debemos creer en nosotros mismos y en el que está a nuestro lado, alentarnos para romper todos esos muros que nos dicen son imposibles de romper. Imaginemos a través de estas historias como poder cambiar el mundo. Imaginemos a través de las viñetas lo que queremos ser y que eso nos inspire para ser mejores.

Distopía, utopía, términos contradictorios que en el fondo pueden ser lo mismo. Realidad difusa y sibilina enfrentada a una realidad deslumbrante y sincera. De nosotros depende lo que queramos para nuestro futuro.