Es inevitable hacerse mayor, acabar convertido en una caricatura de lo que un día fuimos y finalmente, morir. Eso lo sabemos todos, pero nos cuesta cantidad aceptarlo, cuando se refiere a gente que admiramos. Cuando pensamos que eso mismo les acabará ocurriendo a los grandes héroes que colgaban de nuestra pared cuando éramos críos, un suspiro doloroso se nos posa en el alma. La inevitable certeza de que nadie está diseñado para durar por muchas alegrías que nos hayan brindado sus canciones.

Por una parte están los ídolos que parten de manera noble y carismática, fieles a la leyenda que llegaron a ser, sin prácticamente ceder un solo paso frente al evidente declive que los años traen consigo. Como grandes ejemplos de este selecto club estarían auténticos monstruos como Lemmy, Dio, Bowie o hasta Leonard Cohen. Figuras que supieron ver venir el ocaso desde lejos y fueron capaces de ir dejando que las sombras les envolvieran, sin ir perdiendo brillo artístico por el camino.

Luego estarían los que, por un motivo u otro, han tenido lo que podría definirse, como un mal envejecer y terminan desluciendo el bendito nombre que su talento les brindó de jóvenes. Suele ir asociado con una incapacidad manifiesta para adaptar su personal arte, con los nuevos tiempos que los años van trayendo. Algo similar a lo que les ocurre a los más mayores, con los aparatos electrónicos, pero adaptándolo al mero elemento artístico.

En nuestro país, por desgracia, hemos padecido unos cuantos casos de este segundo tipo, y rápidamente se nos han ido olvidando las hazañas que sus protagonistas llevaron a cabo de chavales. Enseguida les hemos tirado piedras por lo cutremente que han afrontado la senectud, y les hemos incluido en el descacharrante club de los Metalpacos.

Puede que uno de los casos más dolorosos, haya sido el de Armando de Castro, el flamante barón que hace no mucho apareció en un conocido programa de la tele, aunque  hay que recordar que no ha sido el primer roquero celebre, que trata de buscar su parcela de gloria en la caja tonta, ni a buen seguro que será el último, pero sí que puede que haya protagonizado el caso en el que más aficionados se hayan podido sentir violentados, por su extravagante cabriola mediática.

Sin duda, somos muchos los que recordamos los temas de Barón, con especial cariño. Nos resulta significativamente cutre ver cómo los mismos que cantaban a Breakthoven hace tres décadas, hoy están a dos pasos del Salvame Deluxe de Telecinco. Cómo los mismos que enarbolaban la bandera de la resistencia, frente a los que nos gobernaban, hoy pasan por el aro de la telebasura más rancia.

En cualquier caso, opino que la única salida posible termine siendo quedarnos con el recuerdo que nos dejaron. Obviar lo máximo posible, los tristes episodios que les queda por protagonizar hasta que la palmen y centrarnos absolutamente sobre los temas que algún día nos hicieron felices. De la misma forma que pueden hacer los mismísimos Metallica, recordando el “Vamos Muy Bien”, frente a miles de personas en su concierto, podemos nosotros disfrutar del políticamente incorrecto encanto que poseían aquellos Obus de los ochenta. Y es que, aunque  el Metal en España algún día termine por romper las rancias cadenas sobre las que se forjó hace tres décadas, nunca debería dejar de valorar a los intrépidos  macarras que en un principio lo diseñaron.