Creando el mito del sur: Tradición y transgresión, de Triana a Pylar

Si tuviéramos que pensar en la representación sonora del sur (delimitándolo territorialmente en Andalucía), ésta sería habitualmente a través del flamenco, aun siendo consecuentes con todas las variantes de palos y tradiciones andaluzas. Si este ejercicio mental lo trasladáramos al ámbito de la música urbana, y más concretamente en el panorama alternativo, el resultado sería mucho más complejo. No deja de llamar la atención que actualmente el flamenco ha generado mucho interés en este ámbito a la hora de fusionarlo con el rock; mientras que hace un par de décadas, cuando salió Omega de Enrique Morente y Lagartija Nick, eran numerosos los escépticos que en absoluto veían el flamenco como algo cool. A día de hoy, el disco del difunto cantaor con la banda granadina es considerada una obra maestra, en un momento de fervor por fundir lo alternativo con lo tradicional.

A este propósito, Rojas Arquelladas en Mondosonoro hizo un breve artículo acercándose a la cuestión, tratando de plantear si este fenómeno es una moda, un ejercicio revival de una actividad que nació en los 60, o si parte de la honestidad de los artistas. Más allá de las tendencias, Quentin Gas y Francisco Contreras (Niño de Elche, Exquirla) tratan de mostrar sus creaciones como un punto de encuentro entre su identidad artística propia y la tradición. Para el Niño de Elche, tradición y experimentación son dos partes íntimamente imbricadas e inseparables; así trata de demostrarlo con sus propuestas. Él mismo cierra dicho artículo de Mondosonoro así: “no es un fenómeno de ahora ni es una cuestión para públicos alternativos tal y como yo puedo entender el concepto alternativo ya que esas propuestas se entienden se crean, se distribuyen, se comparten y se promocionan desde la misma lógica que la que podemos entender como arte no alternativo”. Efectivamente, más allá de los “muchos grises” que conlleva el concepto de alternativo, y la fusión pensada como “creación mercantilista en tiempo atrás”, nos interesa adentrarnos en este diálogo entre tradición y modernidad más allá del convencionalismo y del mainstream, para profundizar en un hecho que no se limita a recursos estilísticos. Existe también una realidad más de fondo, menos visible en sus apariencias y más compleja en la concepción del sur sonoro: una visión del folclore más ambiciosa que supera el uso estilístico y etiquetador del flamenco.

Orthodox: penitentes anónimos en el Torcal de Antequera; identidad, mística y naturaleza andaluzas. Fotografía de Beatriz Carmona

El panorama underground, tanto en el pasado como en el presente, nos interesa como forma de contracultura, entendiéndola como una expresión libre y transgresora en lo artístico y en la política cultural; una cultura en contra de imposiciones de la industria musical, de los parámetros impuestos por la sociedad o el pensamiento político dominante. Los músicos muestran una gran individualidad, con creaciones muy personales; pero dentro de su independencia artística encontramos una serie de afinidades entre sí, consistente en un pensamiento de la música y de la identidad (individual y social/colectiva) verdaderamente alternativo y de gran apertura mental. El rock andaluz de los años 70 y el panorama actual con formaciones como Orthodox y Pylar son dos realidades comparables, en su particular diálogo entre la tradición y sus concepciones del rock o el metal. Aunque pueda parecer un acto arbitrario, esta comparación se fundamenta en tres puntos en común, reflexionando sobre el significado de la tradición como punto de partida en la creación musical: una forma de vanguardia artística, creando un producto personal, identificativo e innovador; una vía de introspección, en la exploración y reencuentro con la identidad sureña y con las raíces socio-culturales andaluzas; y una expresión de rebeldía, con la articulación de un discurso disidente con las relaciones de poder. En sus propuestas hallamos esta triple acción sin limitarse, como ya hemos dicho, al recurso estilístico. También en su discurso y su estética encontramos codificados una simbología musical del sur transgresor.

El rock andaluz engloba a un conjunto complejo y amplio de grupos, que no se limitan al uso de elementos identificadores, escalas y armonías propias del flamenco, el quejío o el acento andaluz. En la década de los 70 el término “andaluz “contenía por sí mismo unas connotaciones socio-políticas y culturales que no siempre encajaba con la identidad de todas las bandas rock de Andalucía de este periodo, como bien ha observado Diego García Peinazo a través de sus investigaciones. Sin embargo, es posible discernir una corriente creativa, sobre todo en Andalucía occidental, donde los grupos proponen una cultura alternativa partiendo de lo folclórico, con grupos como Triana, Smash, Veneno, Medina Azahara, Alameda e Imán entre otros. Sus propuestas eran transgresoras en su momento porque la fuerza contracultural del rock desestabilizaba aquella utilización del flamenco y de la copla, símbolos de exaltación del folclore en la identidad nacional durante el franquismo. De hecho, estos flirteos transversales con los géneros musicales emergentes provocó también bastantes desencuentros con los defensores de la pureza del flamenco, negándose a la hibridación, con la excepción de jóvenes aventureros como Camarón o Paco de Lucía. Pero esa creatividad rebelde no se quedaba ahí, puesto que la ambición de muchos grupos era recuperar el flamenco como expresión propia de un pueblo, creada desde abajo, con un mensaje de reivindicación política y de carácter subalterno. Hijos del agobio, de Triana, refleja esa visión mediante una “semiótica del dolor” (en palabras de García Peinazo) que se expresa en los momentos más disonantes y ruidosos del disco. De este modo se representa la angustia de la carga social de la contracultura postfranquista en la España de la Transición: el agobio existencial ante las faltas de oportunidades y la disensión de los modelos ideológicos dominantes. La atmósfera onírica y psicodélica de su música permitía crear un mundo sureño de sombras, luces y color; una cosmovisión irracional e imaginaria donde poder realizarse y autorrealizarse. De este modo, esta tendencia llevó a muchos grupos a generar una “neo-mitologización” de Andalucía, basada en un pasado idílico de Al-Andalus como un “oriente doméstico”.

Mirar en la naturaleza y en el pasado (incluso crear su mito) es el modo de escrutar en la identidad cultural individual y colectiva, así como la fuente de la disidencia musical y política.

Las referencias a la tradición que podemos hallar en Orthodox o en Pylar, ambos hispalenses, resultan menos obvias o recurrentes desde el punto de vista estilístico, pero su carga simbólica resulta mayor. El modus operandi en la composición de sus obras parte siempre de una construcción intelectual y conceptual muy construida, nutrida de una variada lectura desde la psicología a la arqueología, pasando por la filosofía y la literatura. De este modo, la música de ambos grupos da pie a una multiplicidad de lecturas e interpretaciones, lo que supone a su público un ejercicio hermenéutico importante para la comprensión de su estética y su discurso. Las revistas y los fanzines, a través de la crítica musical, siempre han tenido un papel activo en la construcción de géneros; pero, en este caso, estos medios son útiles herramientas para el escuchante en su acción de decodificación del mensaje y los símbolos. Por este motivo la actividad del escritor Luis Boullosa es tan relevante como intérprete en su labor hermenéutica, convirtiéndose (consciente o no) en un agente más en la construcción intelectual de la música de estas banda, a través de sus escritos en Karate Press, Kaput Magazine y su reciente libro Santos y Francotiradores (66RPM, 2016) Sin entrar en cuestiones de “escena” (de ello bien merece la pena hacer otro artículo) o de etiquetas de género, además de reconocer la individualidad y originalidad de todos ellos, Boullosa observa a Orthodox y Pylar como parte de un “nuevo folk”. Con este término define a “unos músicos más o menos jóvenes que sin dejar de mirar al futuro, superan esa brecha generacional de la que ya hablamos y que impidió a varias generaciones de españolitos valorar su propio pasado musical. Músicos capaces de trabajar sin complejos con sonidos que se alejan de la tiranía del rock anglosajón”. De este modo, Orthodox comenzó con su relectura de la Semana Santa, fiesta tan arraigada en la idiosincrasia sevillana, sin limitarse al uso la indumentaria de penitente o los recursos tímbricos y estilísticos característicos de la música cofrade. A través de una solemne y oscura estética visual y musical, cuyo lento y angustioso sonido trae una semiótica del dolor (esta vez, en un sentido místico), nos transporta a un “ambiente terrorífico de sombra y misterio”, citando a Sangre y Arena de Blasco Ibáñez. Pero esta interpretación no parte de la concepción de esta fiesta en su sentido cristiano, sino en su trasfondo y sus orígenes rituales paganos. De hecho, su tendencia a bucear en los orígenes pre-judeocristianos les ha llevado a una especie de “intento antropológico/mistérico que no reniega de la vanguardia y la crítica”, como bien dice Boullosa. Pylar también participa en esa (re)creatividad de lo ancestral con una estética ritualista y oscura, que bien puede recordar al horror folk, a través de una continua experimentación basada en la libre imaginación y la irracionalidad de la intuición. Al igual que Orthodox, no trata de regenerar un pasado, sino construir uno propio, de origen universal, atemporal, “ahistórico”, en otras palabras, un proceso de neo-mitologización del pasado primitivo de Andalucía. En el caso de Pylar, el concepto de Sur va más allá del Mediterráneo: ellos son “herederos de la región que contempló la unión del factor atlántico con el que provenía de la tierra de los Zigurats”.

Pylar: (re)invención arqueológica de los símbolos y mitos del Sur Atlántide. Fotografía de Gonzalo Santana

La experimentación conceptual y musical de grupos como Pylar y Orthodox no está carente de valores. Mientras que en los años 70, los grupos del panorama underground andaluz se enfrentaba a los últimos coletazos del franquismo (y sus fantasmas en la Transición), los conflictos de las relaciones de poder actuales ya no son tan visibles. No obstante, sumergiéndose en los orígenes emana una reflexión sobre la vida y la muerte (el terror cósmico), que no sólo explora en la percepción mística del ser humano y su existencia, también supone una visión crítica a un mundo civilizado cada vez más egoísta y materialista. Pylar acude a la invocación de la Diosa Madre y al tiempo circular como un acto de rebeldía política, feminista y constantemente mutable, en contra de la sociedad patriarcal, el capitalismo y los sistemas dominantes.

Mirar en la naturaleza y en el pasado (incluso crear su mito) es el modo de escrutar en la identidad cultural individual y colectiva, así como la fuente de la disidencia musical y política. Pero no es la primera vez, ni tampoco la última, como bien indica Marco Serrato: “Hay que romper la cadena y crear discursos diferentes. […]. Y no me refiero a hacer necesariamente algo nuevo, a veces ser un conservador o volver atrás puede ser la opción más útil o radical. Es algo muy típico de las vanguardias rememorar el pasado remoto, lo primitivo, porque suelen rebelarse contra un arte burgués que representa al mundo civilizado. Es una respuesta natural y es un ciclo que parece ir repitiéndose”. Quizás el binomio vanguardia y tradición, como acto transgresor, se articula en el tiempo circular.