Corrosion of Conformity – “No Cross No Crown”

Corrosion of Conformity – “No Cross No Crown” (Nuclear Blast, 2017)

“Se agradece que hayan recapturado esa esencia de gruñido sureño y sin demasiada intención de inventar nada nuevo”

 

La última vez que la formación clásica (la más exitosa, vaya, con Pepper Keenan a las voces) de Corrosion of Conformity trabajaron juntos en el estudio fue en el lejanísimo año 2000, con America’s Volume Dealer. Posteriormente sacarían el vigoroso y extrañamente ninguneado In The Arms Of God, con el all star Stanton Moore sustituyendo a Reed Mullin a las baquetas. Hemos tenido que esperar pues dieciocho años para tenerlos de vuelta y el resultado, afortunadamente, ha hecho merecida la espera. No Cross No Crown recupera el pulso intenso y colosalmente grasiento de las obras más populares de los metaleros de Raleigh (‘Deliverance’, ‘Wiseblood’), recapturando esa esencia de gruñido sureño y sin demasiada intención de inventar nada nuevo. Se agradece. Rescatan también su afición a los breves interludios instrumentales marca de la casa. En realidad serían marca de la casa de cierta banda de Birmingham, a los que intentaré no mentar demasiado (tarea difícil esta cuando la influencia es tan palpable). Lo cierto es que estos pasajes funcionan fabulosamente como momentos de respiro y anteceden arranques furibundos de guitarras saturadísimas, otra de las marcas de agua de COC; puro fango, pantanosas y recias. Su sello queda salvajemente estampado desde el inicio con ‘The Luddite’, un arranque cerril en el que se sintetizan todas las virtudes de la banda, incluyendo esas letras que siempre orbitan en torno a obsesiones intemporales, como la insignificancia humana, la industrialización implacable o (principalmente) el peso de la educación religiosa. Además la raspada forma de cantar, de rugir de Keenan, parece más agresiva después de años de cuasi comparsa en Down. Seguidamente ‘Cast The First Stone’ revela que esto va en serio, un tema demoledor (aunque quizá no la mejor elección como single) especialmente gracias a la sala de máquinas, esa ominosa fuerza que forman Mike Dean y Reed Mullin como versátil base rítmica; he aquí otra de las claves, el groove que aportan estas dos bestias. La batería de Mullin es clave en el sonido de COC; puedes comprobarlo en ‘In The Arms OF God’ cuando fue sustituido por el que puede pasar por mejor baterista de New Orleans (Stanton Moore) cuyo trabajo es obviamente soberbio, pero que no termina de hacer click. Mullin tiene una energía un tanto desordenada por decirlo suavemente, vive continuamente en el filo de perder el beat, pero baila con garbo en el alambre junto a las imaginativas líneas de bajo de Dean, creando un tejido poroso pero pétreo para el lucimiento de Weatherman y Keenan y sus combinaciones de riffs y melodías tan reconocibles (hundiendo a Thin Lizzy y a Lynyrd Skynyrd en el lodazal) ‘Wolf named Crow’ y ‘Little Man’ continúan esa dinámica de riff espeso y ritmo intrincado, un frenesí cadencioso en el primer caso y con un inconfundible toque sureño en el caso de la segunda. Y después de otro cuco interludio acústico (’Matre’s Diem’) nos atizan con el mejor tema del álbum, ‘Forgive Me’, tema épico, grandioso pero a la vez vulnerable, que puede mirar a los ojos a cualquiera de los temas más conocidos de COC.

La parte central del álbum puede ser la que mejor (o más descaradamente, según) revela las influencias de la banda. ‘Nothing Left To Say’ remite innegablemente a Tony Iomi y su caravana, quizá un poco demasiado. Sin embargo las melodías cruzadas de ‘E.L.M’ actualizan con brío rugoso el legado de Phil Lynott y los suyos. El único pero del disco sería el tema que le da título, un dilatado y desganado collage de letanías y melodías oscuras, que da paso a la aplastante ‘A Quest to Believe (A Call to the Void)’. El disco se cierra con una simpática sorpresa, una personalísima versión del ‘Son and Daughter’ que seguro habrá rizado aún más el ensortijado pelamen de Brian May, otro que también gustaba de los riffs de Iomi.

Fantástico y esforzado retorno de unos tipos que son maestros en lo suyo. Que no tarden dieciocho años en repetir.