Benjamin Clementine – I Tell a Fly

Benjamin Clementine – I Tell a Fly (Virgin EMI / 2017)

“En este último disco, no cabe dudas: supone un gran salto en la insólita belleza de la expresividad de su voz y de la particular complejidad compositiva de su música.”

 

Han pasado ya algunos años desde que empecé a escuchar a Benjamin Clementine con aquel At Least for Now. Su voz me resultaba de lo más especial: un timbre muy personal, prácticamente intachable tanto en lo técnico como en lo expresivo, cantando una extraña combinación de soul con algo parecido a la chanson francés al estilo de Léo Ferré. Aunque quizás hubiera algún que otro momento que pudiera recordarme muy vagamente a Anthony and the Johnsons, los arreglos de piano y las orquestaciones tampoco eran las típicas; estaban hechos con mucho gusto. Existen evidencias de una importante sedimentación de influencias desde la música de finales del siglo XIX (tardo-romanticismo, impresionismo, etc.) hasta el jazz o el pop de vanguardia. Luego, cuando descubres su vida, empiezas a admirarlo aún más: un auténtico autodidacta que empezó de joven a imitar la música de Satie y Debussy a oído (sin saber leer partituras), que tuvo que rehacer su vida en París tras huir de la casa de sus padres en Londres, sobreviviendo a todo tipo de adversidades mientras componía de día y tocaba en los bares de noche. Su reconocimiento fue creciendo en la capital de Francia y, con ello, la grabación de un disco ampliamente aclamado y premiado.

Ciertamente, Benjamin Clementine es un músico de unas capacidades compositivas e interpretativas sin parangón, y con los ingredientes ya mencionados parece tener la fórmula del éxito asegurado. Aún así, su mente es muy inquieta y eso se ve en muchos detalles de At Least for Now y en el conjunto de su último disco, I Tell a Fly. Según el mismo Clementine cuente, la idea de este disco surge del momento que obtuvo la visa para su gira norteamericana y, contemplando el documento, se encontró con la extraña sensación de ser un “alien de habilidades extraordinarias”. Y en este último disco, no cabe dudas: supone un gran salto en la insólita belleza de la expresividad de su voz y de la particular complejidad compositiva de su música. No supone una continuación de su anterior álbum; es más, se aleja de ella en muchos aspectos, pero es una demostración de hacer un disco totalmente diferente manteniendo su personalidad.

La originalidad del disco ya se ve en el primer corte, “Farewell sonata”, que ya concentra de por sí un microcosmos sorprendente: una entrada coral cósmica, seguido de una sonatina de piano solo, que se funde luego con una canción de estética circense-psicodélica, de repente un momento de rock progresivo, y vuelta otra vez a la sonatina. Todo esto ocurre en cuatro minutos y medio, con transiciones muy naturales, y tan sólo estamos hablando de la primera canción. Lo que sigue es una alternancia de canciones con estructuras más típicas con otras más progresivas como el del primer corte, convirtiéndolo en un disco muy entretenido e interesante de escuchar. Aquí caben desde una imbatible canción soul, carne de single de éxito (“Jupiter”), a cortes largos que combinan una gran diversidad de pasajes sonoros (“Phantom of Aleppoville”).

Otros aspectos a destacar del disco son la instrumentación y la estética. Clementine mantiene el piano como una de las bases instrumentales, y su voz sigue teniendo un protagonismo notable, además de demostrar una técnica, registros y dinámicas asombrosas. Pero en I Tell a Fly, en comparación con su anterior disco, la variedad de instrumentos es mucho más rica (todos tocados por Clementine, a excepción de la batería) y la manera de producir y mezclar voces es más experimental. También seguimos encontrando en este disco ese fondo de soul y chanson, con momentos de pianos muy influenciados en los compositores del fin-de-siècle francés. Sin embargo, vemos que se introducen y se conjunta todo ello con sonidos electrónicos, armonías y ritmos propios de la música africana, contrapuntos tocados con un clavicordio, ritmos compuestos o incluso fragmentos de música progresiva que pueden recordar al lado más experimental de David Bowie o incluso King Crimson.

Por último, me faltaría todavía hablar de los aspectos líricos de las canciones, de sus letras, pero entonces este texto ya no tendría fin. Sólo mencionaré que se trata de un auténtico viaje de emociones y metáforas, siguiendo una línea narrativa muy bien pensada. Así, simplemente me queda insistir en mi recomendación de escuchar este disco: déjense sorprender por un universo compositivo único y por la expresividad de una voz sin igual.