Esta época del año, es la del festivaleo. La época en la que las grandes promotoras, se afanan en rentabilizar al máximo los macroeventos que han ido cimentando a lo largo de todo el año y los aficionados, mientras tanto, acaban rascándose el bolsillo para perderse lo mínimo posible. La inmensa mayoría parece feliz en esta cultura festivalera, en la que los conciertos en sala que se llevan a cabo durante el resto del año, han pasado a un triste papel secundario y todo quisqui aspira a ver a las mismas bandas enormes, una vez tras otra. Ahora Maiden, ahora Metallica o Judas Priest por citar tres tan solo. Grandes nombres que anuncian que se despiden, otros que celebran los veintitantos años de su mejor disco y otros que simplemente, continúan haciéndose gigantes con los años. De distintas maneras, suponen las excusas perfectas para los amigos festivaleros.
Debido al evidente éxito del fenómeno, las infraestructuras han ido perfeccionándose para ir fidelizando un asistente tras otro. Así nos encontramos entornos cada vez más sofisticados, en los que se pretende hacer sentir al espectador, como en un parque de atracciones para adultos, con decoraciones cuidadas, lucha libre o norias gigantes magnificando la experiencia. Un absoluto despliegue de diseño, para conseguir despuntar del resto de eventos que montan las distintas promotoras.
La inmensa mayoría parece feliz en esta cultura festivalera, en la que los conciertos en sala que se llevan a cabo durante el resto del año, han pasado a un triste papel secundario y todo quisqui aspira a ver a las mismas bandas enormes, una vez tras otra.
Lejos parecen quedar los tiempos, en los que la cultura del festivaleo resultaba una novedad en nuestro país y las producciones cutre-salchicheras eran lo máximo a lo que uno podía aferrarse. El “espíritu del underground”, queríamos pensar cuando aquello, cuando en realidad, padecíamos unas producciones deficientes, propias de república bananera. Como ejemplos evidentes de aquellos tiempos bárbaros, la memoria se nos va hasta los primeros Machina o los Metalmania que se celebraban en Villarrobledo. Auténticos campos de concentración para heavies campistas, en los que tan pronto habilitaban un patatal como camping improvisado, como padecías vendavales de arena que te dejaban durmiendo en el mismísimo coche. El espectador no se cuidaba como lo que realmente es: el principal motor que reside tras cualquier evento masivo.
Por suerte, esos términos han cambiado notablemente en los últimos años. Los tiempos de bonanza llegarían con los grandes festis internacionales importados, como el Ozz Fest o el Sonishphere, que servirían de avanzadilla para lo que vendría después. La consolidación, sin embargo, llegaría con los festis que apostaron por un modelo personal y lo mantuvieron con mayor o menor fortuna, a lo largo de los años. Ahí se situaría el Resurrection por ejemplo, con sus carteles contemporáneos, su mescolanza de estilos y su intrínseco espíritu hardcoreta. Mencionaríamos desde otra perspectiva completamente diferente al Leyendas, que surgió con un firme discurso revisionista, reivindicando los viejos nombres del rockerio patrio y ha conseguido mantenerse llegando al corazoncito del heavy castellano, al tiempo que ha creciendo, involucrando más y más estilos a su paso. Otro ejemplo seria el Azkena, decano del festivaleo nacional y ejemplo de casi todo lo que supone ser fiel a unas credenciales. Por último, con menos años a la chepa pero la misma mentalidad de mimar el producto final que se oferta, estaría el Be Prog, en el que se consiguen carteles asombrosos, sin renegar de las complicadas apuestas personales.
En otro capítulo bien diferente, podríamos interesarnos por el público que frecuenta este tipo de saraos, el cual acostumbra a ser de los que marcan en negrita las ocasiones que tienen de ver a las vacas sagradas del Rock N´Roll. La clase de público, que consigue hacer crecer a los festivales en poco tiempo, pero puede desaparecer si el cabeza de cartel no resulta lo suficientemente apetecible. En la otra esquina de la balanza, nos encontraríamos con la clase de aficionados, que a la larga acaban provocando que los festivales se perpetúen, esos que adquieren con el tiempo un nexo de unión con el evento, un nexo, que poco tiene que ver con el cartel que el festi anuncie. De esta manera, se podría explicar cómo se mantienen en el tiempo festivales como el Azkena, en el que los aficionados han adquirido una identificación absoluta con el espíritu del festi, importando más bien poco cual vaya a ser el grupo grande que se acaba anunciando. Este último tipo de asistente, es el más difícil de conseguir, pero a la larga, es el único que permite prolongar la vida de un evento de este tipo.
Se podría hablar también de los festis de un día, de los monotemáticos, de los indoor, de los urbanos, de los rurales, de los subvencionados, de los apoquinados, y sobre todo, de los extranjeros. Todas estas cuestiones nos propondrían infinidad de opciones de debate, en los que podríamos ir desviándonos del principal motivo de este breve escrito, que no es otro, que trazar cuatro ideas fundamentales sobre el ejemplar asunto del festivaleo. El bendito festivaleo.