Adrian Belew Power Trio (+ Glazz)

15 de abril de 2017.

Sala Changó Live, c/ Covarrubias 42, Madrid.

Promotora: Etin Producciones

 

Como quedó claro anoche en la sala Changó, no es un tipo que guste de vivir de glorias pasadas

Adrian Belew cuenta con un currículum a la altura de muy pocos. Frank Zappa, David Bowie, Talking Heads, King Crimson, Nine Inch Nails… su trayectoria puede leerse como una historia condensada del rock de las últimas cinco décadas y sin embargo, como quedó claro anoche en la sala Changó, no es un tipo que guste de vivir de glorias pasadas.

La proliferación de camisetas de King Crimson, Yes, Rush y demás gigantes progresivos dejaba claro por qué la mayoría de integrantes del público se habían desplazado hasta allí para ver al tipo que a principios de los ochenta, en el que probablemente fuera el momento menos propicio para tan difamado estilo, había conseguido revitalizar a la gran institución del prog rock.

Robert Fripp, el iconoclasta líder del Rey Carmesí, siempre ha sido un tipo astuto, y hace cerca de 40 años supo ver en Adrian Belew no sólo a un guitarrista excepcional, sino también a un compositor único; una auténtica esponja musical capaz de absorber todo tipo de influencias para crear un sonido inconfundiblemente propio. Al poner a Belew al frente de los renovados King Crimson, Fripp no sólo consiguió darle un lavado de cara a la banda que respetaba su pasado a la vez que abría nuevas rutas de exploración, sino que afianzó la supervivencia de su grupo y de todo el rock progresivo durante las décadas venideras, sacándolo del ostracismo en el que lo había hundido la explosión punk para convertirlo en un género digno de devoción y estudio para miles de jóvenes músicos y melómanos en todo el mundo.

Sin duda entre esos jóvenes se cuentan los tres miembros del conjunto encargado de abrir la velada, los gaditanos Glazz, a los que no había escuchado nunca y que me volaron la cabeza por completo. Desde la primera nota, el trío hipnotiza con su apabullante y complejo brebaje instrumental que se dispara en cientos de direcciones a la vez. Un momento están explorando un sugerente paisaje lisérgico cercano a luminarias del post-rock psicodélico actual como Causa Sui y al siguiente se lanzan a una épica secuencia de puro jazz fusión que no desentonaría en un LP de Return To Forever o tuercen una esquina para adentrarse en un azaroso laberinto de filigranas progresivas con una proeza técnica inaudita.

Cuando acaban su set y el bajista muestra la pegatina con el logo de King Crimson en la era de Three Of A Perfect Pair que luce en la parte posterior de su Lakland queda claro que el emparejamiento no ha sido casual.

Pocos minutos después, las luces vuelven a apagarse para que Belew salga a escena, decidido desde el primer momento a demostrar que, pese a ser uno de los músicos que más tiempo han aguantado al lado del célebremente intratable Fripp, él es mucho más que el guitarrista de King Crimson. No en vano lleva más de 30 años editando una ristra de soberbios discos en solitario que engloban desde experimentales texturas alienígenas hasta deliciosas armonías Beatle-escas.

Ataviado con un mono verde de albañil y una gorra roja y armado con su guitarra Parker que, por alguna suerte de magia negra no se desafina ni un ápice por más que Belew abuse de su palanca de vibrato, y amparado por dos músicos impresionantes, la bajista Julie Slick, a la que Adrian descubrió hace más de una década en la Paul Green School of Rock cuando apenas contaba con la mayoría de edad, y Tobias Ralph, toda una institución de la batería moderna, el guitarrista abre fuego con “Men In Helicopters”, que da comienzo a un intenso viaje lisérgico que se extenderá a lo largo de dos sets.

Por supuesto, no faltan los guiños al cancionero Crimson (“Dinosaur”, “Frame By Frame”, “Elephant Talk”) que el público celebra como auténticos himnos, pero pronto queda claro que la elección de temas es algo secundario y lo que realmente importa es la interacción casi telepática entre los tres músicos. Slick y Ralph le pisan los talones a Belew mientras éste les conduce a través de apabullantes riffs sincopados, insólitas improvisaciones de minimalismo ruidista, complejos cambios de compás de precisión milimétrica y sesudas construcciones arquitectónicas de loops que conjuran un ejército de Adrians que disparan rayos sónicos a la vez.

A lo largo de todo el concierto, la cercanía del guitarrista y su particular humor absurdo contribuyen a derribar la barrera de respeto reverencial que su virtuosismo sobrehumano pudiera provocar, creando una afable cercanía con el público que recuerda que, ante todo, un concierto ha de ser una celebración.

En un momento determinado, la banda se arranca con un arquetípico riff de blues rock y, después de un par de compases, Adrian se detiene y espeta ante el micrófono “Un momento, nosotros no tocamos esa música. Tocamos rock inteligente”. Yo no podría haberlo expresado mejor.